La Bailarina

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Cada día se consumía más en la absurda realidad en la que vivía. No soportaba que una y otra vez los delirios se instalasen en su cabeza y la gobernasen. Estaba desesperada, angustiada, exhausta.
Los años de medicación, la habían convertido en una yonki de todo tipo de pastillas, que la dejaban flotando en un entresueño del que cada vez más le costaba salir. Las consumía a todas horas, de todos los colores, probando a mezclarlas con alcohol, con marihuana, o con morfina cuando la conseguía. Los cocteles le hacían desaparecer a ratos de entre las rejas de la prisión en la que vivía. Pero no tardaba en volver a chocar consigo misma y su espejo, confrontándola a la realidad de un cuerpo consumido, de una mente enferma, de vivir entre cuatro paredes oscuras que rezumaban a encierro y a ruina.
Cuando abandonaba su encierro, intentaba no rodar escaleras abajo hasta llegar a la calle cogiéndose a los pasamanos de la escalera, venciendo la tentación de dejarse rodar y provocar el final de su agonía. Se protegía los ojos sensibles a la luz con unas gafas viejas que robó de un mercadillo de antigüedades. Eran de pasta, grandes, oscuras, ideales para ocultar unos ojos hundidos y rodeados de penumbra.
Salía al atardecer, buscando no encontrarse con nadie conocido del edificio. Rehuía el contacto social y el físico, aunque a veces se prostituyera para conseguir anfetaminas o morfina. En sus idas y venidas a centros de internamiento, intimó con enfermeros que cambiaban sexo por sustancias, y recurría a ellos cuando sentía la necesidad de volar más allá.
Cuando terminaba de conseguir los medicamentos, las drogas o la comida, volvía lo rápido que sus piernas le dejaban, cojeando cada vez más ostensiblemente, hacia su cueva.

Lo poco que comía por costumbre, le servía para ir arrastrándose hasta la siguiente crisis en la que desaparecer, tirada sobre una cama llena de ausencias y restos de una vida dejada al olvido.

En las noticias apareció una reseña breve de su muerte. Anunciaba el fallecimiento de una de las mejores bailarinas de ballet que tuvo el país, conocida por salir de jurado en un programa de televisión. Luego, desapareció de los medios y poco más se supo. Los servicios sociales encontraron su cadáver en su piso.
Uno de sus conocidos me hizo llegar un cuaderno, en el que había una foto suya como modelo, acompañada de dibujos, textos manuscritos sobre sus delirios, sobre el dolor de un pie destrozado por una profesión exigente que no perdonaba la imperfección el hambre y el dolor.
En una de sus últimas anotaciones, decía haber soñado en uno de sus delirios con volver a hacer ballet, con bailar, con ser libre haciendo piruetas en el aire. Con la necesidad de sentir el escenario bajo sus pies, la luz sobre su figura proyectando una sombra inquieta al compás de la orquesta.
Según me comentó su conocido, la encontraron abrazada a sus zapatillas de punta. Le sorprendió la calma de su cara, como si hubiese encontrado por fin su sitio, su último escenario.

                                                          A Raquel Start, por contar en sueños su verdad.

 

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