
Parte 1
Me prometí a mí mismo hace muchos años no contar nada de ese recuerdo. Lo guardé en lo profundo que mi memoria me dejó y ahí ha permanecido dormido, sin inmutarse, sin salir de su letargo, ausente.
Las nieves de estos días me lo han traído al presente. Lo han despertado de su letargo, haciéndose presente cada vez que miraba por la ventana y veía nevar y como todo se iba cubriendo con un manto blanco.
Mirar al infinito a través de mi ventana, dejando mi imaginación volar a través de la nieve que caía me devolvió la mirada de Isabel en el tiempo. Isabel, Isa, como quería que la llamase, está unida en el recuerdo a un tiempo de incertidumbres resueltas, de descubrimientos de mí que aún me quedaban por realizar, de aprender lo desconocido, de experimentar con lo que va más allá de lo que la moral y lo racional te permiten dentro de lo que se presume como aceptable.
He podido rescatar una vieja fotografía que le hice al poco de conocernos. Aceptó ser mi modelo en mis inicios en el mundo de la fotografía de blanco y negro. Creo recordar que esta foto se la hice durante una de las primeras tardes que se dejó modelar bajo mis indicaciones. En esa tarde, lo que intenté captar es aquello que más me atraía de ella, su mirada.
Durante la sesión, mientras cambiaba de carrete, recuerdo que se asomó por la ventana a ver nevar. Pude captar la imagen sin que se diese cuenta cuando estaba distraída, o eso creí yo.
Esa forma de mirar me llamó la atención. Más que el instante en si de la captura, fue en el de verla según se revelaba y se iba formando sobre el papel fotográfico, sumergido en el revelador bajo la luz roja, que provocaba la reacción química que hizo surgir su cara como por magia.
Guardé la foto en una carpeta con el fin de no perderla, mezclándola con otros documentos que no tenían nada en común, pero con el objetivo de no encontrarla fácilmente. Quería olvidar el recuerdo, dejarlo en el vacío de mi mente, unido únicamente por un fino hilo que diese la opción remota del recuerdo. No quería perderlo. Pero no quería recordarlo.
Durante años así ha sido. Ese recuerdo no ha existido, no ha estado, desapareció. Hasta hace un par de tardes, en el que ese fino hilo que aún lo mantenía vivo me lo devolvió. Entonces tuve la necesidad de buscar y rescatar la foto de Isa.
Al volver a tener delante de mí esa mirada, recuperé de golpe todo lo que significó el descubrir lo que había detrás de ella, de esa forma de mirar y de ver lo que está oculto por cómo nos enseñan a mirar, a ver, a entender, a descubrir.
Cuando al fin pude vencer mi timidez y preguntarle sobre aquella forma de mirar y como me intrigaba, ella me sonrío, me pasó su mano por mi mejilla en forma de caricia y me contestó: pensé que tardarías en darte cuenta, pero veo que ya estás preparado. He de contarte varias cosas, pero necesitamos estar apartados, a solas.
Concertamos quedar para vernos el sábado siguiente por la tarde, en la subida al mirador de la presa.
Al encontrarnos, me sonrió y tras los besos de saludo comenzó a andar en silencio mirando al suelo. Yo la seguí, mirándola de reojo mientras caminaba, en silencio. De pronto paró, me miró fijamente y me dijo: hoy vas a dejar de ser tú para empezar a ser aquel que sueñas.
Le debió hacer gracia la cara que puse porque soltó una carcajada al verla.
No te preocupes, ya verás, es fácil y lo vas a entender.
Recuerdo haberme desconcertado al principio por aquella afirmación, pero conforme caminaba y me iba hablando, la curiosidad me devolvió a estar atento a lo que me decía.
¿Y si yo no fuese quien tú crees que soy…? La tarde tuvo más preguntas y alguna que otra revelación.
Tras esa forma de mirar descubrí mucho más de lo que imaginaba, y empecé a ser consciente de lo que me supuso haber hecho esa simple pregunta.
Ahora, mirando a través de la ventana, es irremediable que su mirada me lleve a revivir todo lo que me descubrió en aquellas tardes y noches, perdidos en un espacio sin tiempo y sin fin. Solo éramos ella y yo, maestra y aprendiz, lo finito y lo infinito, lo presente y lo futuro, unidos por algo a lo que aún tengo miedo.
Las horas en las que me fue revelando el camino que nos había unido y el que continuaría uniéndonos, pasaban sin darme cuenta. Apenas existía otra cosa que el deseo de aprender a su lado, de continuar descubriendo un mundo nuevo, una visión diferente de lo que hasta ese momento creía que era lo normal.
Todo el aprendizaje con ella fue verbal, presencial, existencial. No hubo tareas para después. No quedaban dudas, solo ganas de continuar. Durante algo más de un año, nuestros encuentros, fuesen como fuesen, siempre fueron intensos, concertados por ella en las fechas y lugares que quiso.
Recuerdo uno de los encuentros más intensos y que más me cambió por dentro, haciéndome ver y sentir desde entonces la realidad desde otra esquina, con otros ojos.
Fuimos un fin de semana en tren y autobús hasta Xareta. No logro recordar muy bien el sitio exacto pues era un caserío perdido entre montañas. Allí vivía Sara, su amona, como ella la llamaba. Nos recibió sonriente, acompañada de sus gatos.
Por la noche, mientras hablábamos delante del fuego de la chimenea, Sara se levantó y preparó unas infusiones. Por aquella época yo había empezado a tomarlas, teniendo en cuenta que con mis ingresos como estudiante era de lo poco que me podía permitir casi como extra, así que no puse objeción. Me supo un poco amarga al principio, pero la tomé sin más. Por la noche dormí profundamente, con sueños muy vívidos. Desperté con una sensación de plenitud que me sorprendió y que atribuí a la cama y a las vibraciones que tenía la casa.
Bajé a la cocina. Isa y Sara ya estaban desayunando, me recibieron con una sonrisa de cómplices que terminé por identificar como de alguna trama que se traían entre manos. A lo largo del desayuno me contaron que el viaje no me saldría gratis. El precio a pagar no sería en dinero, sería en participar como paciente en un largo ritual al que me someterían. Me encogí de hombros dejando claro que no me iba a oponer. Sabía que el viaje tendría alguna consecuencia así.
Mientras desayunaba, me contaron que en realidad el proceso ya había comenzado la noche anterior. La infusión que me dieron por la noche llevaba una pócima diluida que abriría mis sentidos para tenerlos más alerta, influyendo en los sueños, en los recuerdos, de modo que mí yo consciente no interfiriese en ellos, si no que los dejase libres de ataduras para los siguientes procesos, que era necesario que así fuese.
Tras el desayuno nos encaminamos al monte. Después de un breve paseo por un hayedo apareció un enorme roble. Dejaron las mochilas que llevaban en el suelo y se fueron hacia él y lo abrazaron. Con un gesto, Sara me indicó que yo hiciese lo mismo. Al principio me sentí un poco ridículo, pero conforme iba pasando el tiempo noté como una enorme tranquilidad se apoderaba de mí. Cerré los ojos y sentí como si mi cuerpo se uniese a la madera del roble y fuese parte de él. Fue mi unión con el elemento tierra, como luego me dijo Isa, lo que había notado. Esa fue la primera conexión con un elemento, aún puedo recordar esa paz al cerrar los ojos y proyectarme abrazado sobre el rugoso tronco.
Tras conseguir un trozo de muérdago del propio roble, bajo sus ramas, Sara me lo puso sobre la cabeza y me dio un beso en los labios, a continuación Isa hizo lo mismo. Supe con el tiempo que así las sorgiñas te abren el camino al amor, y en cierta forma a depender de ellas. El proceso a conectar con el resto de los elementos había comenzado.
Pocos meses antes de dejar de verla por cuestiones de sus estudios, durante unos carnavales, Isa nos ayudó a maquillarnos al grupo de amigos que salíamos disfrazados. Al tocarme a mí, cuando casi había acabado, me miró y me dijo: Estás muy cerca de empezar el camino solo. Ahora te toca a ti avanzar durante un tiempo, sin ayuda. El tiempo hará que nuestros caminos coincidan de nuevo.
Acostumbrado a que me hablase casi siempre con esa forma críptica y enigmática, y de no dar por terminado nada, me sonó como algo habitual. Pero meses después, esa frase se me hizo presente a cada momento. Necesitaba de su presencia, de sus palabras, de sus enigmas, pero no estaba y sabía que no iba a estar.
No pensé que fuese a echarla tan de menos, que mi dependencia anímica fuese tan grande por su ausencia, que me costase tanto superar su desapego. Fueron unos meses en que imaginaba encontrarla por cada rincón, contarle lo que me pasaba, necesitaba de su ayuda para seguir adelante. Pero ella ya no estaba. Nuestros caminos no se encontraban. Me sentía olvidado por ella, dejado, ignorado.
Con el tiempo, se me fue pasando esa dependencia y mi atención se centró en mis estudios. La lectura y la música, que por aquella época llegaban bajo el amparo de la new age, cerraban el círculo de mis rutinas.
Sin darme cuenta renuncié a seguir el camino, a seguir avanzando. Esa ausencia de Isa, me hizo a mí mismo condicionarme a dejar como en el olvido todo lo que aprendí con ella. Eso fue lo que me hice creer, tal vez como modo de auto protegerme. Pero no contaba con que la llama que encendió en mi seguiría despierta muchos años después.
Esa llama, me siguió guiando hasta que retomé mi formación en temas que cubriesen las inquietudes que me iban asaltando en mi proceso.
La meditación chamánica, las regresiones, el Reiki, el Ayurveda, las sanaciones Akashicas, aprender a tocar el didgeridoo, fueron parte de la composición que di al tapiz que Isa había abierto dentro de mí años atrás.
Fue durante un seminario que hice sobre visión aural, en el parque natural de la sierra y los cañones de Guara, donde nos contaron sobre un pueblo un tanto peculiar que estaba de paso, a la vuelta. El pueblo era Trasmoz. Los comentarios sobre su pasado de pueblo de brujas y mágico nos encandiló a todos, y a mí, en concreto, me creó una especie de deseo inevitable de verlo.
Tal como aprendí a lo largo de mi proceso, la intuición es una luz que te llama a ser descubierta, por lo que no dudé de pasarme a la vuelta de mi viaje en solitario.
Mientras recorría la carretera que me acercaba, iba recordando parte de lo que uno de los ponentes nos contó sobre el pueblo.
Sobre el año 1200, el abad del Monasterio de Veruela, enfrentado con los habitantes del pueblo por la apropiación de la madera de un monte, como venganza, excomulgó a dicho pueblo.
Casi tres siglos más tarde, de nuevo el Monasterio de Veruela, dirigió sus iras contra los habitantes de Trasmoz. Esta vez se apropió del suministro del agua del pueblo.
El señor de Trasmoz se enfrentó al abad del Monasterio, ya que el curso del agua circulaba por zonas que pertenecían al convento. Los clérigos de Veruela desviaron el cauce natural del agua y esta no llegaba al pueblo. Las Cortes de Aragón mediaron en el conflicto en favor del señor de Trasmoz. Pero al abad no hizo caso y maldijo al pueblo.
Según cuentan, el abad, en un oscuro ritual, cubrió el crucifijo del altar con un velo negro y recitó el salmo 108 de la Biblia, una maldición de Dios contra sus enemigos. Así, Trasmoz quedó maldita, y se creó a su alrededor una leyenda de brujas y magia hasta nuestros días, como único pueblo excomulgado y maldito.
Durante un rato pasee por las ruinas del castillo. Las vistas del Moncayo desde allí me hicieron recordar una estrofa de una canción de Labordeta: Hacia el oeste el Moncayo, como un dios que ya no ampara.
De vuelta, mientras bajaba hacia el pueblo, iba intentando recordar más frases de la canción. Ensimismado en ir recordando las estrofas, pasé por delante del cementerio y me paré a leer unos versos grafiteados en su tapia:
Y si la luna se deja
de paso al corazón,
nos pillará a la vuelta
de un beso y un adiós.
Y de tu mano a la mía
sin dedos que contar,
te pediré un deseo
por no dejar de amar.
Luego, seguí por una de las calles sin prestar mucha atención. Llegué al rellano delante de la iglesia de la Virgen de la Huerta, al mirar en dirección al banco que está al lado de su puerta mis ojos coincidieron con una mirada que me resultó conocida. Durante unos segundos, mi cerebro luchó a toda velocidad por encontrar el recuerdo de esa mirada en una persona y el nombre de esta. Al pronunciarlo, sentí un escalofrío por todo mi cuerpo. Isa se levantó y vino hacia mí. Nos fundimos en un largo abrazo silencioso. No fui capaz de articular ninguna palabra. Mi corazón latía a mil, sintiendo la calidez de ese abrazo. Al separarnos, sentí una sensación de calma y paz como pocas veces.
Tomando un café en el único bar que encontramos abierto en el pueblo, intentamos ponernos al día de casi veinte años, pero fue imposible. Había tanto que contarnos y que decirnos que no dio tiempo.
Acordamos llamarnos a lo largo de la semana siguiente, y con calma, programar el irnos durante un fin de semana a una casa rural, donde allí sí ponernos al día.
Nos intercambiamos los teléfonos, y al guardar el suyo en su bolso sacó un pequeño envuelto y me lo dio.
Toma. Te lo he traído de Perú.
Reconocí esa forma de hablarme tan críptica, en la que me aventuraba que ya sabía de antemano donde y cuando encontrarme y que me daría el regalo.
Me quedé mirando la pirámide de metacrilato que colgaba del llavero. Dentro de ella había unas bolitas que no logré identificar.
Son semillas de huayruro. Son protectoras, te vendrán bien. Los Incas las utilizaban en sus rituales.
Le devolví de nuevo las gracias por el obsequio y lo guardé con mis llaves.
A las pocas tardes recibí una llamada suya. Me proponía un fin de semana en una casa rural en la que poder recuperar el hilo de nuestras vidas y ponerlos en común. Concretamos la fecha y el sitio sin mucho problema.
Los días siguientes los nervios se fueron apoderando de mí. Quería saber de ella, pero sentía la inquietud de volver a caer en la antigua dependencia y necesidad de tenerla cerca. De precisar su atención, su presencia.
A medida que se aproximaba la cita, una parte de mí sentía la necesidad de verla. Por otro lado, el miedo de que desapareciese renació. Volvieron los agobios de su falta, de sentirme solo sin ella. Fueron días de verdadera lucha contra mí mismo y mis sentimientos encontrados. Me sentía vulnerable.
Uno de sus mensajes próximos a la cita me dejó aún más desconcertado; Ven preparado.
Parte 2
Me costó abrir los ojos. La cabeza me dolía como si me la hubiesen abierto en dos. Sentí mi boca seca y un regusto amargo. Me incorporé sobre la cama y me quedé sentado un rato, intentando recordar donde estaba y porqué, pero mi cerebro no respondía. Necesité coger un impulso para levantarme y salir de la penumbra de la habitación. Las piernas no obedecían las ordenes de andar como yo quería. Iba como si hubiese resucitado en otro cuerpo que no era el mío y al que tenía que adaptarme, rastrando los pies, sujetándome por las paredes, adaptando mis ojos a la luz hacía la que avanzaba.
Al entrar en una sala, Isa, al verme, se levantó de las escaleras en las que estaba dibujando y vino hacia mi a ayudarme. Me cogió del brazo y me ayudó a sentarme en un sillón alto con reposabrazos.
Miré a mi alrededor y empecé a recordar por que estaba allí. Mientras ponía en claro mis recuerdos Isa me miraba seria, sin decir nada.
Me costó humedecer mi boca amarga antes de preguntarle qué había pasado, por qué estaba así, las palabras no salían.
¿Recuerdas a qué viniste? me preguntó.
Seguí uniendo recuerdos unos segundos, hasta que pude hilar recuerdos de mi llegada y mi preparación a la sanación.
Algo recuerdo, me cuesta un poco aún. Me duele la cabeza y me cuesta pensar.
Cierra los ojos un rato y descansa, ahora vengo, me dijo, mientras iba hacia la cocina donde la oí trastear.
La esperé con los ojos cerrados, eso aliviaba un poco mi cabeza y evitaba que la luz me molestase.
Volvió con una infusión y me la puso en la mesa que tenía al lado.
Ve tomándote esta infusión, te animará y te ayudará a reconectar. Da sorbos pequeños.
Fui tomando la infusión tal como me dijo, empecé a notar su efecto inmediatamente. El amargor desapareció de mi boca, y notaba como mis músculos se iban reanimando y mi cabeza dejaba de pesar.
Has estado durmiendo doce horas. El ritual se alargó más de lo que es normal. Vomitaste mucho y al final caíste desmayado. Estuviste con alucinaciones y sudaste mucho. Tuve que ayudarte a llegar a la cama.
Te irás recuperando. Ha sido muy profunda la limpieza y la depuración. Es normal que tu cuerpo se resistiese y ahora esté así, tenías muchos bloqueos. Tómalo con calma. Mañana estarás como nuevo.
Me costó volver a articular más palabras, era como si aún fuese a cámara lenta.
¿Qué me pasa? ¿Estoy como si fuese a otra velocidad?
Me miró fijamente unos segundos antes de contestarme.
Ya te dije que este proceso lo que hace es separar todas las capas de tu cuerpo. Las físicas por un lado y las energéticas por otro. Tus órganos, tus músculos, tus nervios, tu cerebro, tus emociones,…, todo se desvincula, todo se separa. Esa es la primera parte del proceso. Luego empieza la más dura, la de limpiar y sanar cada parte de ti. Esa es la que te lleva a los límites sacando de ti todo lo malo, las enfermedades, las emociones negativas. Después, entras en calma y viene el proceso de reconexión, es el más lento. Lo que tomaste en aquel cuenco provoca en ti una tormenta interior, un huracán que devasta todo lo malo que pilla en su camino, pero la estructura de tu cuerpo sufre durante el proceso. Después viene la calma.
Durante las semanas siguientes tuve sueños muy nítidos, según me contó Isa era buena señal, mi mente iba acoplando lo racional con lo irracional. Formaba parte del proceso de reconexión.
Mantuve contacto habitual con Isa unos meses, en los que hablábamos y nos veíamos a menudo. En ellos aprovechaba para contarle mis avances y ella me indicaba cómo debía seguir mi proceso. Luego, fuimos espaciando el contacto, hasta casi dejar de llamarnos o vernos una o dos veces por año.
En una de las últimas veces, me contó su proyecto de editar un libro que había escrito con sus experiencias en tratamientos y sanaciones, y aunque no le gustaba mucho, empezar a moverse y darse a conocer a través de internet.
Como siempre, nos despedimos enlazando nuestros dedos meñiques como señal de amistad, era una costumbre que mantuvimos desde nuestra época de estudiantes.
La última vez que la vi esa costumbre se rompió. No pongo en claro muy bien el porqué, si las prisas, un despiste, no sé. Sé que no hubo ritual de despedida. Tal vez fue el presagio de volver a perderla.
Fue entonces cuando volví a empezar a echarla de menos, de necesitar más que nunca de sus respuestas, de su apoyo, de su presencia. Pero otra vez noté su ausencia. La ausencia que me impuse yo mismo. La necesidad de no volver a verla. De no aguantar estar cerca de ella y no decirle lo que sentía. Lo que siempre sentí. Lo que siempre callé. Lo que ella siempre supo.
Parte 3
Guardé en lo más profundo que pude su recuerdo y sus fotos. Necesitaba aparcar ese sentimiento, ya sabía por experiencia lo que me podría suponer. Hasta que la nieve me devolvió ese recuerdo y rescaté su foto. Entonces, sentí que bajo la nieve, oculta, está la primavera, esperando que el sol la invite a salir. Mirando por la ventana me vi a mi mismo reflejado, me vi esperando la primavera, esperando encontrar los caminos que devuelvan la presencia de su mirada.
El teléfono sonó y me devolvió a la realidad. Era Isa, quería saber de mi.

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