
El trayecto no se hizo pesado. Tras visitar las Médulas, camino de Ponferrada, pasé por el Monasterio de Sta. María de Carracedo.
En el mostrador de la entrada, un matrimonio de avanzada edad atendía a las visitas y vendían las entradas y dulces que las monjitas, que aún sobrevivían, elaboraban para aliviar la maltrecha economía del que fue uno de los mayores monasterios de la zona.
Al pagar la entrada, me dieron una fotocopia con el recorrido y las explicaciones de lo que aún se podía visitar y ver, fuera del claustro, eso si.
Como casi siempre que puedo hice la visita a la inversa. Me colé por la puerta de salida en dirección a la de la entrada. Es una costumbre que heredé de mi padre, verdadero experto en colarse en saraos entrando por las salidas, evitando casi siempre pagar por la entrada. A parte, veo divertido como a veces me miran por ir en dirección contraria.
Entretenido en el patio del monasterio haciendo fotos, una mano me tocó por la espalda, reclamando mi atención. Era Maribel, una amiga que conocí en un viaje organizado a Galicia, y que hacía siglos que no veía y sabía nada de ella.
Tras saludarnos y reconocer la sorpresa mutua, nos pusimos al día en unos minutos, dándonos cuenta de que coincidíamos esa noche en dormir en Ponferrada. Actualizamos los teléfonos y nos despedimos, quedando en vernos por la noche. Me ofreció unirme a la cena con su grupo si me apetecía, lo que confirmé sin más rogatorias, pues estos la esperaban para proseguir la visita. Yo, continué con mi visita, dándome de cara con un grupo de jubilados que iban en una procesión sonora de risas y chismorreos. Me ratifiqué en mi costumbre de ir a la inversa, así se evita coincidir en las visitas con acompañantes como esos.
A la salida, sucumbí a la tentación y compré unas magdalenas que me recordaron a las que comía en casa, de niño. Antes de llegar al coche, dos de ellas formaron parte de mi, las demás las guardé en el portamaletas. Separé un par de ellas y las guardé en una bolsa, sabía que a Maribel le gustarían y no se negaría a aceptarlas, como buena golosa, aunque pusiese cara de enfado disimulado, argumentando, como solía hacer, que se les quedaban en las caderas y que de ahí no pasaban.
La tarde se aventuraba entretenida. De camino a Ponferrada repasé mentalmente los planes previstos, y como siempre solía hacer, improvisé y los cambié. Decidí, según llegase, irme a ver el castillo templario. Era lo que más me urgía, por alguna oscura razón sentía que tenía que ser así, por lo que hacia allí me encaminé según llegué a Ponferrada.
Cuando compré la entrada, vi que el itinerario no tenía una ruta lineal de entrada y salida, si no que ibas decidiendo que ver dentro del recinto, según te apetecía. Eso me disgustó, pero no tenía otra opción. Así que me instalé en el centro del patio y miré que grupo era el más numeroso, para ir en sentido contrario de ellos, pensé que eso me ayudaría a sentirme cómodo en la visita. Mientras, rebusqué en mi mochila la bolsa de las magdalenas y di cuenta de una de ellas, mientras me cruzaba con un grupo de japoneses que sacaban fotos a todo. Pensé en reponer la magdalena que faltaba a la salida, antes de la cena. Aún estaba con el ultimo bocado en la boca, cuando se me acercó una japonesa del grupo indicándome, por señas, si les podía hacer una foto a todo el grupo. Vieron que llevaba mis cámaras colgadas e imagino que intuyeron que les inmortalizaría bien. La verdad, es que las fotos que les hice quedaron bien, pero las marcas grasientas de mis dedos en su cámara y los restos de azúcar delataban que las hice de mala gana. Me agradecieron con varios thanks y medias reverencias mi acción y siguieron su camino, alejándose de mi, lo que agradecí.
Me di media vuelta y me fui hacia las murallas, presentí que por allí estaría a mi aire, sin mucha gente con la que tropezar, o eso esperaba.

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