
Quedé con Lupe en la cervecería Zeppelin, en Ribera de Curtidores esquina con la calle del Carnero. Insistí en quedar pronto, a primera hora, lo que era incompatible con los horarios de Lupe. Su vida es más nocturna que diurna, por lo que un domingo empieza para ella a partir de las doce de la mañana.
Conseguí quitarle horas de sueño y quedar con ella a las once y media, todo un logro, tras un regateo de antes y despueses que costó acordar. Está visto que lo que se relaciona con el rastro conlleva un regateo asociado.
Apareció por la calle del Carnero, atravesando desde la calle de Toledo, donde vive. Su tía Lupe, madrina suya, le dejó el piso al cuidado al irse a la residencia.
Apareció con un peto morado, de esos que le cuelga el culo, una camiseta blanca y la media melena teñida de azul, con esos andares de ir medio en brincos. Al verme, se quitó unas gafas de sol de pasta enormes, imagino que las debió encontrar en algún cajón de la casa de su tía. Tras un abrazo y besos protocolarios tiró de mi hacia el Zeppelin, donde pidió un café con leche muy caliente – y para este una coca-cola sin nada, que se cuida mucho-, le vociferó a uno de los camareros con el desparpajo de saberse reconocida.
Como siempre, dejé explayarse a Lupe tranquilamente, era lo mejor. La conocí siendo un torbellino y la cosa no había cambiado. Hablaba sin parar, y a veces creo que ni respiraba. No sé si es posible hacer apnea mientras se habla, pero creo que en el caso de Lupe es posible.
Conocí a Lupe cuando ella trabajaba en un estudio de animación. Hacía storyboard para series de dibujos animados.
Nunca me he podido explicar cómo alguien tan nerviosa, con un pulso que no es capaz casi de atinar con el azucarillo en el vaso de café, puede dibujar tan bien. Es como si se transformase cuando tiene un lápiz o un rotulador en la mano, se convierte en otra Lupe. Una Lupe que casi no pestañea mientras su mano se desliza en un baile de líneas y curvas sin pausa, con una capacidad de plasmar las ideas en imágenes que me asombra.
– ¿Bueno y tú qué? – me espetó de golpe, –que no cuentas nada si no te pregunto-.
Tras ponerle al día de mi vida, me contó que ella, ahora, está trabajando en un estudio de diseño, haciendo cartelería para grandes empresas. Que casi siempre trabaja desde casa y que a veces, ayuda a una amiga que tiene una tienda de ropa, haciéndole diseños para camisetas.
–Entre los dos curros, además de pasarlo bien porque es lo que me gusta, gano para vivir. Pago los gastos de la casa de mi tía, me mantengo a mí y a mi gata y puedo darme un capricho de vez en cuando, así que genial-, me guiñó un ojo y dio por acabado el ponerse al día.
No me dejó pagar, y mientras lo hacía ella, me convenció para pasar por una tienda de segunda mano que hay en la calle de Mira el Río Baja.
En una antigua nave industrial remodelada, unas amigas habían montado una tienda de ropa y complementos de segunda mano. La entrada a la nave te obligaba a quitarte las gafas de sol y adaptarte a la pobre iluminación que tenía.
Organizado todo de una forma muy peculiar se puede encontrar desde vestidos de novias, trajes de fiesta, ropa militar de deporte o ropa de abrigo de todo tipo.
Lupe saludó a varias de las dependientas, soltando parrafadas y risas con ellas. Yo, mientras, me entretuve mirando por los expositores la ropa de hombre.
Lo que más me gustó de la propia tienda, tal como le conté a Lupe al salir, era la gente que había pululando por sus expositores. Es como si hubiesen escogido a la gente más peculiar del día que visitaba el rastro y los hubiesen metido allí, de compras.
Lupe, al contarle mi apreciación al salir, me miró entre extrañada y molesta y me soltó un –¿peculiar por qué?-. Me di cuenta, de que no había contado con que el extraño entre todo ese universo tal vez fuese yo.
Intentando aprovechar las sombras a esa hora, pues el sol de mayo era ya sofocante, subimos andando hacia la Plaza de Cascorro y luego serpenteamos en dirección a la Cava Baja, donde me había prometido perder el sentido con una ensalada de fideos con sepia salteada y unas torrijas de leche de coco, en un tailandés que había descubierto.
Lupe, me había invitado días atrás a ir con ella a una exposición inmersiva sobre Joaquín Sorolla en el Palacio Real. Creo recordar que me contó, que alguien que montó los grafismos de la exposición había sido compañero de estudios y le pasó las entradas, con el pequeño inconveniente de que tenía que ser a las cuatro, de ahí, yo creo, que venía la gratitud de la invitación. A caballo regalado… pensé.
En el mundo de Lupe, la orientación era un don que le estaba por llegar, según ella. Había buscado si la podía encontrar en Amazon, pero que ni por esas. Así que recurriendo a unos cuantos “me parece que era por aquí…” llegamos al restaurante tras varias intentonas.
Tenía razón. A parte de ser rápidos, merecía la pena ir a degustar la comida. Al acabar, nos invitaron a un té de no sé muy bien que, que resultó ser un estupendo digestivo.
No puso mucha objeción a dejarse invitar a la comida, prometiéndome luego, a la salida, tomar un café en un sitio espectacular. Miedo me daba.
Estar con Lupe es como poner un programa de tertulia. Siempre hay algo de lo que hablar, comentar, filosofar o reírse. Me recuerda en cierta forma a mi hermano, el silencio estando con él es un bien preciado. No sé de dónde sacan tanta verborrea. Eso sí, los dos te hacen muy fácil pasar el rato.
Llegamos con tiempo al Palacio Real, por lo que decidimos irnos un rato al Mirador de la Cornisa. Aunque hacia calor, el aire que circula siempre por allí hacía agradable el quedarse mirando.
En uno de los pocos silencios que suele dejar Lupe, le pregunté si sería capaz de dormir sola en un palacio o un castillo una noche.
Su contestación fue rápida –si no hay fantasmas sí, que soy una cagona– y se rio. – No veas hasta que me acostumbré a los ruidos de la casa de mi tía por las noches. Al principio se tuvo que quedar mi hermana conmigo, y luego algunas amigas. Lo pase reguleras, no creas. Ahora me apachurro a mi gata cuando me acuesto y como se que me va a defender no me da tanto miedo-. Volvió a reírse encogiéndose de hombros.

A la entrada de la exposición coincidimos con dos amigas de Lupe, a las que también les habían regalado el pase. Como ella, habían estudiado bellas artes, y se les notaba. Sus pintas, a lo lejos, ya indicaban que los criterios de imagen eran similares a los de mi acompañante.
Me las presentó mientras esperábamos para pasar por los arcos de seguridad y eso si que fue una odisea.
Entre las tres, yo creo que podrían poner una tienda de abalorios y piencings andante. No se cómo consiguieron que las dejasen pasar, el escáner pitó cada vez que lo intentaron atravesar. La suerte, es que el vigilante hizo la vista gorda a eso de la tercera intentona de Sara, la primera de ellas. Viendo que las tres llevaban en su cuerpo todo tipo de inserciones dio por hecho que se iba a repetir con las otras dos y las dejó pasar, aunque pitaron. Al hacerlo, les guiñó el ojo, sobre el que un arete colgaba de su ceja. Imagino que entre iguales se reconocen y ayudan.
Siempre me gustó Sorolla, su luz, su color, pero verlo acompañado de tres artistas que te descubren en cada cuadro, en cada imagen, lo que un profano como yo no ve, es especial.
Entre ellas comentaban los detalles de cada cuadro, el porqué de cada color, de cada composición, de los significados. La verdad es que fue muy entretenida y me quedé maravillado. A veces, me cogían entre las tres y me daban clases magistrales de como mirar cada cuadro, como interpretarlo. Fue genial.
En la parte interactiva, casi consiguen que nos echasen. Entrabas a una sala vacía con unas gafas de realidad virtual, que te hacia recorrer espacios en los que interactuabas con las animaciones e incluso con las personas, a las que veías como un muñeco verde con un número. Cuando se dieron cuenta, empezaron a interactuar pensando que eran ellas tres, hasta que descubrieron que eran otras personas. Les dio la risa y no pararon hasta que salimos.
En la tienda, a la salida, mientras seguían muertas de risa contándose la última peripecia, les compré a cada una un marca páginas con una imagen de un cuadro de la exposición, como agradecimiento a su voluntad de iniciarme en la visión artística.
A Lupe le costó poco convencer a Sara y Raquel que se viniesen a tomar un café al lugar que también me había prometido.
El café-bar estaba en la terraza de uno de los edificios que daba a la plaza de Oriente. La verdad es que la vista era espectacular, y estar allí sentado con las tres amigas hizo que el café se alargase hasta casi la puesta de sol. La tarde se pasó en un suspiro hablando y riendo con las tres.
Hace un par de días Lupe me llamó. Se inauguraba una exposición de fotografía en la Fundación Canal sobre Madrid: crónica creativa de los 80. Me confirmó que irían Sara y Raquel, a lo que solo puse un pero, volver a la terraza del cafe-bar después de ver la exposición, a lo que no se negó.
Al colgar sonreí. Las imaginé a las tres pasando por el escáner de la entrada a la exposición y lo que eso supone.

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