
La mañana se dio bien y llegamos con hora de perdernos dentro del monasterio de Saint-Rémy-de-Provence, y así de paso nos resguardábamos del calor, que a esa hora ya comenzaba a ser molesto.
En cualquier parte del recorrido nos fuimos encontrando caballetes y lienzos, sobre los que estudiantes de arte y aficionados buscaban el color que Van Gogh encontró allí, cuando dibujó sus paisajes con ese tono de fondo de la lavanda provenzal.
Ingresado por voluntad propia durante un año, Van Gogh, se sometió allí a tratamientos, tras cortarse la famosa oreja.
Leyendo las guías que ilustraban la visita sobre su estancia, su día a día, sus ataques y delirios, te empiezas a preguntar si alguna vez seremos capaces de entender su universo. El cómo y por qué veía así la realidad. Cómo llegó a dominar esa técnica que le terminó haciendo famoso.
Días después, en la radio, en un programa hablaban sobre como poder entender las acciones o reacciones de nuestros semejantes, cuando muchas veces nos resultan incomprensibles o molestas.
Uno de los contertulios explicaba que somos muy dados, en lo cotidiano, a encontrar explicaciones fáciles a cuestiones complejas y las más, a buscar explicaciones complejas a cuestiones nimias. Que pretender entrar en la cabeza del otro para entender su comportamiento y saber por qué hizo esto o aquello no es fácil. Que hay que ponerse en situación, dentro del contexto personal, de la vida de esa persona, de su psique, para empezar, a partir de ahí, a intentar entender el porqué de sus decisiones y acciones. Y que aun así, seguro que se nos escapa u obviamos algo que es importante o decisivo en el motivo de tomar una u otra decisión. Que muchas veces, nuestras propias frustraciones experiencias o capacidad nos hace incapaz de filtrar algo que pudiera, incluso, ser obvio.
Durante un rato le fui dando vueltas a estas explicaciones, mientras seguía oyendo el programa de camino a la residencia de mi padre.
Sentados en el jardín, hablaba con él de este tema. Más que hablar con mi padre, lo que hice fue soltarle una perorata de lo que yo pensaba, en modo de reflexión. El escuchaba paciente, mirando a un infinito vedado por sus cataratas. Temía aburrirle y que desconectase, que solía ser lo habitual, por lo que le lancé varias preguntas – ¿Y tú, qué piensas de todo esto? ¿Crees que en general somos empáticos, que nos ponemos en lugar del otro para valorar su situación? ¿O qué vamos a lo nuestro y solemos mirar solo donde nos conviene o nos duele…? –
Levantó una de sus manos e hizo un gesto recurrente en él, una mezcla entre como si espantase alguna mosca y señalase que mucho más, adornado de la lentitud que la noventena larga de años le permitía, y comenzó a hablar.
– Mira, contestó pausadamente sin dejar de mirar a su infinito, cada uno es cada uno y piensa por él la mayoría de las veces, no por el otro, sobre todo si te duele el bolsillo o si te sientes herido por algo, que entonces ya apaga y vámonos.
Por naturaleza somos de opinión fácil. Muchas veces ni pensamos lo que decimos, y a veces, la opinión que damos es acertada y otras no, por eso, lo mejor es tener la boca cerrada, como decía tu abuela Pepa, y así no te equivocas.
Tú hazme caso, da tu opinión cuando te la pidan y si no chitón, te guste o no. Es lo mejor.
Sus manos entrelazadas en el regazo, inmóviles, acompañaron un rato de silencio y reflexión tras la contestación.
Seguí mirándole, asombrado de la lucidez que asomaba a su cabeza de vez en cuando. En momentos así, dudaba si esos momentos eran elegidos por él o casuísticos, cosa que no me quedaba clara.
De pronto, se giró hacia mí y con un gesto con la cabeza me indicó el camino de vuelta, – súbeme, a ver si se me va a pasar el turno de la cena –
No necesitaba reloj, su cuerpo sabía la hora que era y que era mejor llegar con tiempo que llegar tarde y quedarse con hambre.
Al despedirme de él, me cogió con una de sus manos por el antebrazo sujetándome y me dijo – hijo, la prudencia es la mejor consejera. Tú a lo tuyo y deja a los demás, que ya bastante tienes. Hazme caso. La vida, al final, nos termina retratando tal cual somos – Hizo un gesto levantando la cejas y el dedo índice oscilante de la otra mano, para dar énfasis a esto último y me soltó.
Me giré para verlo mientras esperaba el ascensor y le vi ya sumergido, como de costumbre, en su infinito.

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