La Puerta del Infierno

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Basado en hechos reales

La mañana había salido fría. El otoño, derrotado, dejaba paso a un invierno que saludaba con ganas de establecerse y hacer de las suyas.
Simón y yo circulábamos callados, concentrados en una canción de Héroes del Silencio, intentando comprender y dar significado a unas estrofas que se nos resistían. 
Simón, que prefería ir de copiloto, iba
enfundado en su chaquetón y con el gorro de lana. De vez en cuando, giraba el mando del aire para repartirlo al cristal delantero y a los pies, o solo al cristal, según se empañase este, aunque por defecto lo prefería en los pies. 
Cuando paraba de regular el aire, volvía su mano izquierda junto a la derecha, entre los muslos, buscando el calor que su propio cuerpo le brindaba.
Cuando la inspiración nos asaltaba, nos decíamos el significado que nos parecía de una de las estrofas o frases de la canción en cuestión, acompañado de alguna ironía que apoyase la traducción.

Al llegar a la rotonda de Lengua Española con Juan de la Cierva giramos hacia el Lidl. Nos sorprendió a esa hora, en la que empezaba a despuntar la claridad, ver las luces azules brillantes de varios coches de la policía en el descampado enfrente del Lidl. Pensamos que habría habido algún accidente y continuamos sin darle más importancia.
Días después nos dimos cuenta, que, de continuo, siempre había apostado un coche de la policía municipal allí. Sabíamos que en ese descampado había chabolas desde hacía tiempo y nuestras mentes calenturientas, enseguida, supusieron que algún delito se había cometido en aquel lugar para que hubiese presencia policial de continuo.
Durante varios días seguimos viendo coches de la policía en la entrada de la explanada, a cualquier hora, lo que se nos fue haciendo normal, aunque se nos quedó cierto regustillo de curiosidad de a que se debería la presencia policial allí.

Uno de los días, que por trabajo, nos vimos con el inspector de la policía local en su despacho, recordé este hecho y le pregunté a qué se debía que hubiese en ese lugar un coche de la policía estacionado siempre.
Miguel, el inspector, sonrió cabeceando. Se puso de pie, sacó unas monedas de su bolsillo y tras contarlas me contestó; – Es una historia curiosa. Os invito a tomar un café, que con este frio apetece y mientras os cuento de que va.- 
Cumplida la promesa del café, mientras lo saboreábamos, más que por el calor que nos brindaba que por otra cosa, nos fue desgranado la historia.
– Hace años, se edificaron construcciones ilegales en esa explanada. Con el tiempo solo ha quedado en pie una, habitada por un tipo de lo más peculiar. 
Primero, empezó a decir que él era Dios. Que tenía un hijo que se llamaba Joshua, y a veces lo buscaba por allí cerca, porque decía que se había ido y no sabía nada de él. 
Alguna vez, nos llamó gente a la que se le había acercado en el parking del Lidl contándole historias de este tipo, y temiendo que se hubiese escapado de algún centro de salud mental.
Nunca le acusaron de pedir limosna ni nada de eso, pero las conversaciones que tenía llamaba la atención de algunas personas que avisaban de su presencia.
Como no hubo denuncias, nosotros no podíamos hacer mucho más que pasar por allí de vez en cuando y ver si aún estaba.
Cuando empezaron a ser preocupantes sus historias, es cuando comenzó a contar que él era el guardián de una puerta del infierno. Que había unos chapones en su parcela que tapaban un pozo que daba acceso a dicha puerta, y que como él era Dios, tenía la misión de no dejar que de ese pozo saliese ningún ser maligno. Que era una misión divina.
Este hombre,
continuó Miguel, vivía allí en una chabola, la única que aún se mantenía en pie, con su mujer y su hijo. Ya no debía estar muy allá de la cabeza y al morir su mujer se le terminó de ir. El hijo es cierto que se piró y nunca más se supo, lo que también le debió afectar, así que el hombre estaba más pallá que otra cosa.
Como Leganés es terreno de huertas, ya sabéis que tiene pozos por muchos sitios, la mayoría con sus tapas puestas y protegidas. Pero en ese descampado hay uno de los pocos pozos que están sin proteger. Tiene el acceso abierto, cubierto con unas chapas y poco más. 
De ahí se abastecían de agua las chabolas y los huertos que había en el descampado famoso.
Cuando «Dios» empezó a contar a los viandantes y clientes del Lidl que entraba y salía del pozo, vigilando para salvaguardarnos del maligno y sus ejércitos, y convenciendo a este cara a cara para que no saliese, saltaron las alarmas y ya hubo que tomar cartas en el asunto. Asuntos sociales se movió y logró internarlo, que no estaba para menos, y a posteriori se ordenó derribar su chabola.
El problema es que no sé por qué duró poco su internamiento, así que temíamos que volviese a las andadas y levantase otra chabola. Por eso lo de montar guardia allí durante algún tiempo, como medida disuasoria.
Veremos como acaba. Por ahora no ha vuelto a aparecer.-
Miguel acabó la explicación levantando las manos con las palmas hacia arriba, con un gesto de dar a entender que no había más que explicar.

A la vuelta de habernos visto con Miguel, el inspector, Simón y yo fuimos hablando de como las enfermedades mentales nos hacen preso y nos diferencian. De la cantidad de enfermos, diagnosticados o no, que hacen una vida corriente y no lo sabemos. Y que cuando lo sabemos les apuntamos rápido con el dedo, marcándolos como diferentes.
Parados en un semáforo, tras un momento de silencio le pregunté; –Simón, de entre tú y yo ¿Quién es el cuerdo y quién el desequilibrado?, Simón me miró y tras soltar un «Ja» cabeceó me miró y contestó; – ¡No compares a Dios con un gitano! ¡Anda, arranca que está verde!-.
Sonreí mientras arrancaba. Las formas de «sentenciar» de Simón siempre me dejaban claro que daba por ganada las pesquisas, pero no así, a cuál de los dos nos apuntarían con el dedo.

A Simón, un maestro de los escenarios. 

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