La mañana iba de prisas. La línea C1 de cercanías volvía a tener retrasos. Camino de Atocha ya lo iban comunicando por la megafonía de los vagones y al llegar allí, en el andén, la gente se agolpaba desesperada, llamando por el teléfono y mandando mensajes de WhatsApp, informando y disculpándose por la tardanza en llegar. Era plena hora punta y se notaba.
Me instalé como pude en las escaleras entre plantas del vagón empujado por la gente que lo iba llenando. Empecé a dudar si sería capaz de llegar a la puerta y bajarme en Recoletos, debido a la saturación y estrechez.
La voz de un pasajero empezó a destacar por encima del murmullo. Reivindicaba un mejor servicio, más puntual y efectivo, sin tantos problemas como había últimamente. Mandaba a la mierda a los directivos de la compañía y a los políticos. Acusaba a unos y a otros de ser unos ineptos y de llevárselo calentito, mientras los putos obreros sufríamos su dejadez. Su voz iba ganando decibelios conforme se sentía oído, acompañando sus proclamas con una mano con la que intentaba dar más empaque a las quejas, y que apenas sobresalía por encima de algún hombro.
Entre el murmullo, una voz de mujer le pidió bajar la voz, y si no era mucho pedir, que se callase, que allí todos estábamos sufriendo el retraso y no lo pagábamos con los de al lado. La corrección encendió aún más el ánimo del reivindicador, haciéndole subir aún más la voz y añadiendo a su discurso que a el nadie le hacía callar y menos una mujer.
Al decir esto, se produjo un murmullo y comentarios de desaprobación hacia el reivindicador, por lo dicho. Cuando el tren paró en Recoletos, había un cruce de insultos entre el reivindicador y varios pasajeros y pasajeras por la falta de respeto a la pasajera y hacia las mujeres.
En el pasillo de salida hacia la Biblioteca Nacional, la voz seguía reivindicando un mejor servicio, más puntual y rápido, que estábamos volviendo a cuando los andenes olían a brea y daban las salidas a los trenes los jefes de estación, sin olvidar a los políticos, a los que ponía a limpiar y barrer las calles, por ser los culpables de todo lo que pasa en el país.
La gente lo eludía como podía, evitando algún cruce de miradas en el que se sintiese oído y se pudiese venir arriba. Decidí acelerar el paso y librarme del molesto reclamador.
El aire fresco de la mañana me despejó al salir, me hizo olvidar el suceso del tren y las prisas por llegar a la consulta a tiempo, mientras cruzaba la castellana.
Como siempre, salí de casa con tiempo de sobra y aun con el retraso del tren, me daba para tomar un café antes de entrar a consulta y que me torturasen manipulando mi trigémino, que andaba otra vez peleón.
Subiendo por Génova, a la altura del Instituto Social de la Marina, me sacó de mis pensamientos otra voz reivindicativa.
Cruzando la acera, descalzo y con un chaleco amarillo, un hombre de unos setenta años, con el pelo greñudo y barbas largas, hablaba sobre el fin del mundo por culpa de las nuevas tecnologías y las políticas de los Estados. De pronto, se paraba y escribía en unas pizarras veleda sobre lo que había hablado. Pensé que me tocaba el día de los reivindicadores, me hizo gracia.
Tras tomar el café subí a la consulta. Tumbado en la camilla, mientras el láser iluminaba mi mandíbula a impulsos sin parar, pensé en el escritor de pizarras. En que extraña patología le hacía hablar y escribir sin parar, para el mismo. Me empezó a crear cierta curiosidad, así que me propuse investigar.
De vuelta a casa, tras la sesión, llegué al portal donde el escritor de pizarras estaba. El vigilante de seguridad del Instituto Social de la Marina le reprendía y le instaba a quitarse de la zona de acceso, pero las obras en la acera le hacían complicado ponerse en otro sitio, cerca de esa pared.
Cuando por fin recogió todo su instrumental y comenzó a bajar Génova hacia Colón, para buscar otro sitio, el vigilante se excusó conmigo, pensando que yo iba a entrar al portal del que se hacía responsable.
-Es que, con la obra, no hace más que molestar el paso. No hay sitio y entorpece a los que entran y salen.
– ¿Sabe Ud. quién es ese señor y por qué se pone aquí a disertar?.
Le pregunté a Pedro, el vigilante, al que así le llamaban los que salían del portal.
–Pues mire Ud. No se muy bien el porqué eligió este sitio, pero me da que es por qué cuando hace frío, por la rejilla que hay ahí en la pared sale aire caliente y se siente a gusto.
Se encogió de hombros al acabar la explicación mientras ponía cara de no saber más.
– No es mala gente, añadió Pedro, el hombre se pone ahí y va y viene con sus discursos, a cuál más catastrofista. Pero no se mete con nadie, ni pide dinero ni nada.
Cuando ya había arrancado con intención de proseguir mi camino oí que me hablaba.
– Lalo, sé que se llama Lalo. Vi que firmaba así un día una de las pizarras.
Le agradecí la información y continué mi marcha Génova abajo. Me hizo gracia. Pensé si el estar en un portal, guardándole, le confiere a uno cierto grado de chismorreo, como si fuese un portero de esos que de todo se entera.
Encontré a Lalo cerca de la salida del metro de Colón. Se había instalado allí y ya estaba con otra disertación, esta era sobre economía. Me hice el turista que fotografiaba la plaza de Colón y a lo distraído le hice algunas fotos robadas, mientras el iba y venía en su discurso.
De vuelta en el tren hacia casa, pensaba en Lalo y en cómo habría llegado a desarrollar esa manía oratoria y escritora. Siempre me atrajo la curiosidad de saber por qué las personas que viven en la calle han llegado allí.
Tal vez, el recuerdo infantil de la historia de un familiar de mi padre, al que la bebida le llevó a vivir así, en la calle, empujado por sus dramas emocionales, siempre me hacía ver en personas de la calle a ese familiar e intentar ahondar en su historia personal, buscando similitudes.
Pensé si volvería a cruzarme con el en dos días, cuando volviese a la consulta, y si sería capaz de entresacarle el porqué de esa vida.
Salí con más tiempo de casa, preparado a abordar de alguna forma a Lalo y de cómo hacer para que me contase algo de su vida.
Lo encontré sentado en la acera del Instituto Social de la Marina. Las obras se habían desplazado acera abajo y ya no había vallas que entorpeciesen el paso.
Pedro, el vigilante, fumaba despreocupado apoyado en la puerta, mirando el teléfono. La distancia de Lalo no entorpecía ya el paso, así que no le causaba problemas el que volviese a ocupar su antiguo sitio.
Al acercarme a Lalo, levantó la vista y dejó de escribir en una de sus pizarras. Le pregunté que si las vendía, por la forma en que las tenía expuestas. Me dijo que no, que ya no vendía nada. Que las ponía así para que la gente las leyese, para informar, nada más.
Intenté leer alguna de ellas, pero se hacía difícil, la caligrafía era muy mala.
Se me ocurrió invitarle a tomar un café, a ver si así le abrían las ganas de contar, pero mirándome muy serio me dijo que no, que el no entraba en bares de esa calle, donde van los que manejan a los demás. Le ofrecí traerle uno, en uno de esos vasos que le ponen tapa y me contestó que solo, largo y sin azúcar.
Nos sentamos en un banco, cerca de donde estaban expuestas sus pizarras. El con su café, solo largo y sin azúcar, y yo con el mío, un espumoso arábico y también sin azúcar.
-¿Cuántas rellenas al día? Le pregunté mirando hacia sus pizarras.
Dio un sorbo y contestó.
– No llevo la cuenta. Hay días que más y otros que menos. Muchas.
– ¿Y cómo te dio por escribir en esas pizarras?
– Una costumbre que conservo de hace muchos años. Me resulta cómodo y rápido. Así puedo dejar constancia de lo que pienso y no olvidarme. Mi cabeza ya no es la que era.
Hablaba despacio, mirando el vaso de café que sujetaba entre las dos manos, inclinado hacia delante en el banco, apoyando los codos en sus piernas.
No quería dejar mucho espacio entre preguntas y respuestas, así que volví a la carga.
-¿Y llevas muchos años rellenando pizarras?
Hizo una pequeña mueca, como si quisiese sonreír y se le hubiese olvidado. Se recostó sobre el respaldo del banco y comenzó a hablar.
-Muchos ya. Al principio, cuando comencé a trabajar en una multinacional americana, en cada despacho y sala había un caballete con un block enorme de papel en el que escribir. En cada reunión se usaba para exponer explicar o dejar constancia de lo acordado. Con el tiempo, llegaron las pizarras, estas que ahorran el papel y se pueden reescribir las veces que se quiera.
Hizo una pausa y dio un sorbo al café.
Ahora sé que se utilizan unas más modernas, de esas digitales que escribes hasta con el dedo, pero a esas ya nos la conocí yo. Me quedé en estas, dijo mirando a las que tenía expuestas en la pared.
Me sorprendió que alguien que llegó a trabajar en una multinacional ahora estuviese vendiendo discursos en la calle, así que decidí contraatacar por ese tema.
-¿Y en la multinacional se ganaba bien?
Hizo un gesto de aprobación con la cabeza y tras otro sorbo comenzó a contarme.
-Sí. Ganaba mucho. En aquella época pagaban bien. Entre fijo y objetivos salía ganado casi doscientas mil pesetas y a veces más. Era a principios de los ochenta. Luego ascendí. Un despacho para mí solo con mi propia pizarra. Mi vida era la empresa y los viajes, no tenía casi vida social. Entré en un bucle de actividad frenética. Siempre de acá para allá. Me movía mucho. Gané mucho dinero. De vivir en un pisito de Chamberí me fui a un pisazo de Arturo Soria. Había que aparentar, lo llevaba implícito el puesto. A mediados de los ochenta llegaba sin problemas a ganar un millón al mes.
Hizo una pausa y volvió a inclinarse hacia adelante, apoyando los codos de nuevo sobre sus piernas.
–Pero ese ritmo de vida con tantas exigencias y estrés te pasa factura. Un día te das cuenta de que eres dependiente del alcohol, o de las pastillas o de la coca, porque necesitas más estímulos para alargar el día y la noche, pero no tienes tiempo de parar y hacer un descanso y retomar la vida de otra forma. Ya eres preso del sistema. Un sistema impuesto por los de arriba para que rindas a tope, mientras te estrujan hasta el último hálito de quien eras para ser un número más en su nómina. Entras en un bucle del que no puedes salir. Vives en una burbuja de trabajo y falso placer, por lo que consumes, sin hacer caso a los pocos que se acercan a advertirte de dónde estás metido. Te crees superior a todos ellos.
Hasta que te das el batacazo, y entonces te das cuenta de dónde estas y que allí ya no hay nadie para ayudarte.
Eso es lo que me pasó a mí. Invertí casi todo mi dinero y el de algunos allegados en una operación con la que pensaba que me iba a forrar. Un chivatazo de un banco. Al final todo fue un engaño. Mi dinero y el de los que habían confiado en mi desapareció. Tuve que vender mi piso y repartir lo que me dieron por el para intentar resarcir mis deudas. Me quedé con lo puesto. Estuve un tiempo en la cárcel, donde me recuperé de mis adicciones y salvé lo poco que de mí quedaba, aunque mi cabeza ya nunca ha sido la misma. Desde que salí, hago lo que puedo para que nadie caiga en lo que yo caí, en las redes del sistema, que te arrastran sin darte cuenta a ser un número más en este mundo que nos han impuesto.
Hizo un breve silencio y terminó de un sorbo largo el café de su vaso.
-Esta es la única droga que tomo ya, me ayuda a mantenerme alerta, por si vienen por mi otra vez, a venderme un Matrix del que ser esclavo.
Se quedó mirando el suelo en silencio, como ausente.
-Bueno, ahora eres libre, me alegro. Le dije.
–Sí, contestó, vivo de una mierda de pensión que me dan porque me consideran loco, y con eso tiro. Tengo una habitacioncilla en un piso ocupa, no muy lejos de aquí. Les ayudo en lo que puedo y me dejan estar allí. Vivo bien, libre.
Arrugó el vaso de papel con fuerza y se levantó.
-Tengo que seguir, me empieza a doler la cabeza porque hay muchas cosas en ella con ganas de salir, y si no me pongo ya luego me duele mucho.
Se fue hacia una papelera y echó el vaso arrugado dentro. Me miró y levantó la mano haciendo un movimiento en señal de despedida y se fue andando hacia sus pizarras, que le esperaban con ganas de ser reescritas con nuevos discursos.
Lo observé mientras cogía una de ellas y la borraba frotándola con la mano. Me preguntaba si tal vez yo era uno de esos presos del sistema, si vivía dentro de un Matrix.
Mientras el láser daba calor de nuevo a mi mejilla repasé la charla con Lalo, intentando no olvidar ningún detalle de lo que me contó. Creo que se merece otro café, y puede que con suerte consiga que me cuente algo más de su mundo.



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