
Encontré al comandante sentado en un sillón, mirando la tarde por la ventana.
Tenía sus manos entrelazadas en el regazo, girando sus dedos gordos en paralelo, en un movimiento circular lento que nunca acababa. Ese era uno de los mudras que solía ejercitar mientras pensaba, concentrado en a saber qué. Otro, era girar el reloj entre los dedos, dándole vueltas mientras su correa metálica hacía un suave sonido acompañando al movimiento.
Cuando me puse a su lado cambió su semblante, saliendo del letargo de sus pensamientos, levantando su mano izquierda en señal de saludo de bienvenida.
– A ti te estaba esperando yo… –
Tras los besos de saludo, pedí ayuda a un auxiliar para cambiarlo a la silla de ruedas y poderlo bajar a la sala de visitas.
– ¿Qué andabas pensando? – le solté mientras esperábamos el ascensor.
Se encogió de hombros e hizo un gesto con la mano, como barriendo el aire, que me indicaba que muchas cosas, tantas que ya ni se acordaba.
Le dejé sentado cerca de una mesita redonda que solíamos ocupar siempre, en una esquina de la sala, donde nadie nos molestase. Sobre la mesita, en fila, como cuando uno se pone las fichas de dominó para la partida, le dejé varias galletas de barquillo de chocolate, mientras pedía en la barra una Coca Cola Zero.
Los años no le habían robado en lo más mínimo su glotonería. Esas galletas de barquillo se le hacían fácil de deshacer en la boca, dándole vueltas hasta que las empapaba y las conseguía ir tragando.
Desde su tercer ictus, había perdido capacidad de hablar y el reflejo de tragar. En el hospital Zendal, tras un mes de ingreso y rehabilitación, volvió a recuperar parte del habla y le enseñaron a volver a tragar, pero a veces, la orden del cerebro no llegaba a tiempo a la garganta, y lo que tragaba se le quedaba en terreno de nadie, obligándole a toser por no asfixiarse.
Le gustaba la Coca Cola fresquita. Yo, se la vendía como vino de pitarra del pueblo, que tenía guardado en una garrafa en la residencia. Sus ojos veían la lata roja como un envase moderno del vino. No se preocupaba en saber si las letras correspondían al nombre de la bodega o al nombre del vino, solo de que el vaso con el que le ayudaba a beber y a racionar el trago no estuviese vacío.
Toda la vida había sido un exagerado a la hora de llevarse las cosas a la boca. Si podía, los trozos grandes eran sus preferidos. Por eso, había que estar siempre vigilante de que no se entrase la galleta entera en la boca, sino que la mordiese, al menos por la mitad.
Entre galletas y tragos de Coca Cola, le contaba lo que se me ocurría para ir pasando el rato. Cualquier cosa le entretenía mientras el azúcar satisfacía su glotonería.
De vez en cuando, en alguno de los silencios se paraba y me preguntaba cómo había ido a verle ese día. Le contaba que con la yegua o con el tractor. Una sonrisa tímida se le escapaba por unos ojos cada vez más pequeños. En sus recuerdos olvidados, esas palabras eran capaces de hacerle revivirlos rescatándoles del olvido.
Luego, aprovechando, hilaba alguna historia que me inventaba contándole cosas del campo. Que si estaba sembrando trigo, que si cogiendo aceitunas, que si cortando leña. Su atención, entonces, se dividía entre tener a la vista más galletas en la mesa, el vaso con líquido y prestar atención a lo que le contaba.
Cuando ya decía que no quería más galletas, le hacía preguntas para que su cerebro reaccionase y se ejercitase, concentrándose y gastando algo del azúcar que había ingerido.
Le preguntaba sobre si era mejor un tipo de aceituna u otra para el aceite, si quince gallinas ponedoras eran bastantes, si recordaba clientes diciéndoles pueblos en los que los visitaba, etcétera.
Se le notaba concentrado tras la pregunta, y contestaba, uniendo como podía, dos o tres palabras en modo de frase cada vez que lo hacía.
El cansancio se le notaba cuando ya volvía a poner sus manos entrelazadas en el regazo y miraba al infinito, volviendo al mudra de las manos entrelazadas y dedos girando.
En silencio, me quedaba mirándole las manos. Siempre me llamaron la atención lo grandes y fuertes que me parecían. La edad las llenó de arrugas y manchas, mientras su cuerpo se iba desinflando.
Siempre vi a mi padre como un hombre grande y fuerte, aunque su estatura no fuese lo que se considera de hombre alto. Su porte, con una espalda ancha y brazos fuertes y musculosos le hacían parecerlo, al menos para mí.
A los doce años, dejó la escuela de Don Manuel Jarone, el maestro del pueblo, para irse con su abuelo José a aprender las cosas del campo. La guerra le quitó a su padre por defender la desigualdad social y a los que pasaban hambre, dejándole a él, a sus hermanos y a su madre con lo puesto.
A esa edad, como dicen los versos de Miguel Hernández, apenas sabía contar su edad, pero aprendió, que el sudor es una corona grave de sal para el labrador.
Al ser el mayor de los hermanos varones no tuvo elección, aprender las cosas del campo a cambio de que no le faltara comida, junto a su abuelo, aliviando en parte la maltrecha economía de la casa.
Aprendió a arar con yunta, a sembrar, a segar, a trillar, a coger aceitunas. A dejar mil y una cicatrices en el suelo bajo la lluvia o bajo el sol, sin horario y sin paga.
Los años de trabajo duro forjaron en él un carácter recio y decidido, moldeando unas espaldas anchas y unos brazos y manos fuertes y capaces.
Hacer la mili en Madrid le sacó del campo durante casi dos años. Allí, abrió sus expectativas a otro mundo, otro que no fuese solo el relacionado con el campo, aprendiendo, que la cicatriz de la guerra se alargaba en el tiempo, negándole el servicio de armas por ser hijo de un represaliado.
Hizo lo posible por amortizar ese tiempo alejado de los suyos y se sacó el carnet de camión. Veía ahí un futuro laboral que lo alejase del campo.
Con el tiempo y las casualidades de la vida, mientras vendía libros puerta a puerta, ya casado e instalado en Madrid, se encontró con un amigo de la infancia, con el que compartió juegos antes de la guerra en la plaza de Zalamea.
Modesto Cano, padre de los hermanos de Mecano, trabajaba de comercial para grandes almacenes de textiles, y mediante contactos, lo presentó en un almacén de al por mayor, en la calle Duque de Rivas, dónde trabajó hasta su jubilación.
Allí comenzó de mozo, empaquetando pedidos y terminando como uno de los mejores vendedores de provincias que tuvo la firma.
Acostumbrado al trabajo duro y al esfuerzo, ahorró e invirtió en lo que fue su gran pasión, crear una finca en la que llevar a cabo su sueño de dejar a sus hijos lo que a él le negaron.
Lo miraba, mientras se perdía en sus pensamientos, y oía su voz enérgica que volvía de mis recuerdos mandándome a hacer algo. La inactividad fue algo que se escapó a su forma de ver y entender la vida.
A veces, he pensado si habría quedado sin estrenar algún bolsillo de sus pantalones o chaquetas. No tengo ningún recuerdo de verle nunca con las manos perdidas en ellos.
Esa actividad y energía de estar siempre proyectando o haciendo algo le creó un aura de persona trabajadora y capaz, reconocida por todos los que trabajaron con él y para él.
El apodo de el comandante se lo puso José el herrero. Decía que siempre estaba mandando, y que le pegaba.
Los tres hermanos herreros, temían los viernes por la tarde. Ver la figura de mi padre entrar por la puerta del taller a esas horas, recién llegado de sus viajes de trabajo, era sinónimo de que el sábado por la mañana había tarea urgente que hacer para el comandante, dejando lo que hubiese que hacer para otro momento.
En su cabeza, siempre había algo pendiente o urgente que hacer. Siempre algo en que pensar. Siempre algún trabajo que comenzar o terminar.
Recuerdo viajar con él en el coche y no dejarnos poner a mi hermano y a mí la radio o el casete, con la excusa de que se gastaba la batería, cuando en realidad, lo que le molestaba, era que le sacaran de sus tribulaciones mientras pasaban los kilómetros en silencio, o como mucho, para hablar de cosas de trabajo.
Cuando lo miraba y lo veía sentado, con la mirada perdida en el infinito, pensaba si aún era capaz de volver a sus tribulaciones o su maltrecho cerebro lo dejaba en punto muerto, conservando el máximo de energía para el siguiente esfuerzo. Esa forma de mirar no había cambiado. Sus ojos aún manifestaban que, aunque poco y lento, algo se movía dentro de su cabeza manteniéndole ocupado.
Le devolví a su sala, después de preguntarme la hora varias veces. El cosquilleo en el estómago le anunciaba que era pronto la hora de cenar, y por nada se quería perder la cita.
En sus pocos y dañados recuerdos, quedaba uno que prevalecía en alguna neurona superviviente y aún funcional, a la que aún llegaba con facilidad, para rescatar de ella la necesidad y obligación de tomar su pastilla para el corazón, “que si no me muero …” como decía.
Curioso, cómo la sinapsis hace que queden recuerdos a mano, a otros cueste rescatarlos y otros haya que darlos por perdidos.
Cuando lo dejé en la sala, mientras me despedía, me preguntó que dónde había dejado la yegua, que se hacía de noche y temía que me perdiese, cogiéndome una de mis manos.
Acaricié su mano y le di unos golpecitos en ella para tranquilizarlo.
– No te preocupes, que llevo luces en la chaqueta… – hizo un gesto de entender la broma y me despidió, barriendo el aire con su mano, mientras lo llevaban a su mesa, a cenar.
Al salir de la sala, la Reme intentó atraer mi atención, dejando uno de sus discursos sobre lo mal que se había portado un tal Ramón con ella.
Aceleré el paso cuando crucé a su altura, manteniendo la mirada fija en la salida, fingiendo no ver su mano apuntando hacia mí, para atraer mi atención.
– Oye joven, oye, oye, …. tu, tu… –
Sabía, por experiencia, que, si miraba o le mostraba atención, me tendría que parar un rato y me haría preso de alguno de sus desvaríos.
Cuando salía por la puerta la oí gritar – anda el gilipollas, pues no va y no me mira ni siquiera… –
Mientras esperaba el ascensor, volví a escucharla en su recriminación al tal Ramón, al que maldecía por haberle robado los dientes buenos.

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