La Joya del Nilo

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Llegar a la joyería del bazar era toda una aventura. Tarek marcaba el paso rápido, acostumbrado como estaba a sortear a la gente que iba y venía por cualquier sitio. Verdaderas corrientes de paseantes, mirones, despistados y, como era mi caso, buscadores de un sitio barato y de calidad donde no se engañase de serie al turista.
Me indicó, levantando el brazo el siguiente desvío. Dejábamos la calle principal y, tras pasar un arco adornado por faroles de colores, entramos a un pasillo que desembocaba en una escalera. Yo iba todo el rato con mi mochila puesta por delante, evitando que alguna mano fuese de paseo por alguno de los bolsillos o por el bote de agua, como me pasó en el poblado nubio, donde me quitaron el bote sin darme cuenta, aunque las risas de las mujeres del poblado me alertaron del hurto, y lo encontré al girarme encima de un muro de adobe.

Al subir a la primera planta, al fondo del pasillo, estaba el taller de Hasani. Era un cuarto minúsculo, lleno de cajas y tableros con las joyas que exponía. Él estaba sentado a la entrada, grabando un nombre en la pulsera que acababa de vender. Sobre un pequeño yunque, forrado, sujetaba la pulseta con una mordaza mientras grababa con un buril, a golpe de martillo enano, el nombre de la propietaria, que esperaba impaciente.
Miró a Tarek por encima de las gafas y sonrió, dándole una bienvenida que anticipaba negocio seguro. Hasani terminó de grabar la pulsera y, tras limpiarla, se la enseñó a la dueña, que no quiso que se la envolviese y se la llevó puesta.
Se levantó del taburete y dejó espacio para dejarnos pasar a Tarek y a mí al interior del cuarto, bajo las miradas de enfado de algunas personas que esperaban. Dentro, guardaba las joyas de más calidad, evitando que las toqueteasen como a las que tenía fuera.
Con la mano me indicó que mirase lo que quisiera, mientras ocupaba el taburete de nuevo y atendía a los que esperaban.

No tardé mucho en decidirme. Cuando vi el brazalete, supe que era lo que quería. Lo cogí y miré a Tarek, que hablaba con Hasani. Este, me dijo en español el precio en euros, al que me negué a pagar, siguiendo las instrucciones previas de Tarek. Tenía que bajar dos veces de precio regateando y entonces, si entraba conforme, dar el sí. Así fue, a la tercera acordamos el precio. El brazalete era un trabajo artesanal hecho con materiales de buena calidad. La recomendación previa de Tarek me convenció, entre otras cosas porque allí era fácil ser engañado y conocer los sitios de buena calidad y confianza no era nada fácil.

Mientras sacaba el dinero para pagar, Hasani envolvió el brazalete en una tela de lino verde y después en plástico de burbujas. Al dármelo, sonrió y me dijo en un español con mucho acento: “Seguro que le gusta, es un diseño que hago poco, pero a quien se le entrega tendrá bonitos sueños”.

Volver fue como la ida; seguir a Tarek por la calle era toda una suerte de quiebros y driblings para evitar chocarse. Cuando se ponía en modo guía, había que estar atento a sus movimientos constantes. Casi no tuve tiempo de agradecerle su ofrecimiento de acompañarme a la tienda, en el rato de paseo libre que nos daba entre cada visita.

Cuando llegué a la habitación, saqué el envuelto y lo guardé en una bolsa con las demás compras, todas envueltas también en plástico de burbujas. Todo lo envolvían en ese material, en previsión certera de viaje turístico de vuelta, como método de protección.

Durante la noche soñé en mil formas de sorprender a Ana con el regalo. Al final, empecé a escribir un texto que pasaría a limpio de vuelta a casa, donde contarle lo enigmático y sorprendente que puede ser un país como Egipto, y cómo en él encontrar algo que te una a quien te ha devuelto los sueños.   

 

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