Lola

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La verdad es que Lola siempre me quiso más que yo a ella. No hacía falta que me lo demostrase, pero sabía hacérmelo sentir. En la cercanía o incluso en la distancia, con las palabras o los silencios, con las miradas que lo decían todo o con las ausencias que no decían nada.


Durante algunos años perdimos el contacto más directo. Creo recordar que la vi por última vez justo antes de la pandemia. Luego, por cuestiones laborales y personales de cada uno, el tiempo se instaló entre los dos, dejando un espacio que disimularon los wasaps y algún que otro meme. Volvió a ponerse en contacto conmigo: anunciaba que estaba de paso por Madrid y que teníamos que ponernos al día. Quedamos para tomar café por La Latina, a media tarde. Nunca supe decirle que no. Verla era una forma de sentirme seguro de que, al menos con ella, había hecho algo bien.


En el metro, camino de la cita, recordé la primera vez que la vi.

Coincidimos en el tren Irún-Hendaya, rumbo al norte. Era el conocido como tren Estrella Media Luna. Era uno de esos trenes verdes, inacabables y lentos, con asientos de skay. El vagón no era de compartimentos, sino de esos con los asientos en dirección a la marcha. Subí en Chamartín y, por suerte, mi plaza era de ventanilla, lo que haría que se me hiciese más ameno el viaje hasta Zumárraga, donde me bajaría.


Al parar en Arévalo, vi en el andén a una chica que debía de ser de mi edad. Se despedía de quienes supuse que eran sus abuelos. 

Me gustó su aspecto. Tenía el pelo negro, ensortijado y cortado a media melena que le caía sobre los hombros. Iba enfundada en un largo abrigo negro abotonado que la protegía de la fría mañana. Me quedé mirándola mientras terminaba de despedirse y se encaminaba al tren, cargando con una maleta de tela de colores, mientras su abuela se secaba las lágrimas al verla irse. La vi entrar en mi vagón y pensé que sería una suerte que se sentase junto a mí. Al llegar a la altura de mi asiento, miró el billete y confirmó que su plaza era la que estaba a mi lado. Me dijo un «buenos días», al que contesté, con entusiasmo reprimido, un «hola, buenos días».

Me levanté y la ayudé a colocar la maleta en el portaequipajes, al lado de mi mochila, cosa que me agradeció. Antes de sentarse, se quitó el abrigo, lo dobló cuidadosamente y lo colocó entre su maleta y mi mochila.


Al sentarse, me di cuenta de que llevaba puestos unos mitones, esos guantes que dejan los dedos al aire. Eran de una tela negra gruesa y acababan en unos remates que parecían tiras bordadas. Se los quitó, los dobló y los guardó en el bolso, que puso sobre sus piernas.


Al momento de iniciar la marcha el tren, le pregunté hasta dónde iba. Me dijo que se bajaba en Irún, pero que allí cogía otro tren hasta Montpellier y, desde allí, otro a Rennes, que era su destino.

Me quedé pensando un rato en el rompecabezas de enlaces y trenes que tenía que hilar para llegar a su destino.


—¿Y cuándo llegas? —le espeté sin pensarlo mucho.


—Pues, si no hay problemas en los enlaces, mañana a última hora. Aunque con los trenes ya se sabe, sobre todo con los españoles, que siempre van con retraso.


Esa última apreciación me hirió en el orgullo patrio, aunque tenía que reconocer que llevaba razón.

Nunca había una hora de llegada fija con esos trenes, sobre todo con el que íbamos, que atravesaba la península de sur a norte, acumulando desfases horarios a medida que Castilla se iba quedando atrás. Nunca supe muy bien por qué en esa zona era donde siempre se acumulaban más retrasos. Raro era que, al bajarme en Zumárraga, el tren no llevase ya una hora de retraso o más, lo que me hacía ir temblando por si perdía el autobús que tenía que coger para llegar a Éibar, que era mi destino.


Lo poco que habíamos hablado había dejado patente en mi interlocutora un sutil acento francés. Hablaba un español correcto, aunque en sus frases aparecían algunas palabras castellanas ya en desuso, mezcladas con esa forma de pronunciar que empezó a gustarme oír.


—¿Has venido de vacaciones? —pregunté, volviendo a la carga.


—Sí. Tenía vacaciones en el liceo y vine a ver a mis abuelos. Ellos ya no viajan, son muy mayores, y no suelo coincidir con mis padres cuando vienen a principios de verano, porque me voy a Londres a trabajar de au pair.


Mientras hablaba, movía las manos y los dedos acompasadamente. Me fijé en sus dedos largos y delgados. Llevaba las uñas cortas y sin pintar.

Se giró hacia mí y me preguntó, mirándome fijamente:


—¿Y tú, adónde vas?


Le conté que estudiaba en un pueblo del norte y que mi parada era Zumárraga, donde cogía un autobús, si los retrasos lo permitían. Si no, me tocaba esperar varias horas a un tren muy lento de vía estrecha que me acercaría a mi destino. Sonrió mientras miraba distraídamente al fondo del vagón.


El traqueteo sobre las vías creaba un hilo musical que, con los kilómetros, terminaba por hacerse casi imperceptible.

En aquellos años aún no habían llegado los walkman, así que, para distraerse, lo mejor era llevar siempre algo de lectura. En casa había encontrado un libro que imaginé que había dejado mi hermano. Lo cogí sin saber mucho sobre su contenido ni si me gustaría. Era La insoportable levedad del ser, de Milan Kundera.


Mi acompañante llevaba un rato con los ojos cerrados, aunque sé que no dormía. Los abría de vez en cuando y miraba hacia fuera de reojo, a través de la ventanilla, como queriendo saber por dónde iba.


Comencé a leer, sacando el bonobús que me indicaba dónde había dejado la lectura anterior. Me sumergí un largo rato en el libro, hasta que decidí parar. Metí el bonobús entre las páginas y cerré el libro. Debí soltar algún pequeño resoplido de cansancio al hacerlo, sin darme cuenta, mientras apoyaba la cabeza en el respaldo.


—¿Te resulta pesada la lectura? —me preguntó mi acompañante.


—Pues un poco sí —le contesté, encogiéndome de hombros.


Ella sonrió y asintió, moviendo la cabeza.


—¿Lo has leído? —le pregunté.


—Sí. El curso pasado nos lo pusieron como lectura obligatoria en el liceo. Tuve que hacer un trabajo sobre él —sonrió al acabar de hablar y se encogió de hombros—. No te contaré nada, para que mantengas la intriga —dijo con gesto de no querer adelantarme la trama, y volvió a sonreír.


Fuimos hilando una conversación que nos mantuvo entretenidos bastante tiempo. Hablamos de todo: de lo que estudiábamos, de la música que nos gustaba, de lo que hacíamos en vacaciones y de cómo nos entreteníamos cada uno en nuestro pueblo en verano. Hasta que paramos sin más, como si hubiésemos agotado todos los temas, y dejamos pasar muchos kilómetros sin decir nada.


Cuando llegó la hora de comer, sacamos cada uno nuestro bocadillo y, tras desearnos buen provecho, nos pusimos a comer, sentados cada uno en su asiento.

Tras la comida y la visita al baño, volvimos a sentarnos y cruzamos alguna frase más, hasta pasar al silencio, que solo rompía el traqueteo del tren.


Cuando mi destino ya estaba próximo, me giré hacia mi acompañante para indicarle que iba a salir al pasillo, pero vi que estaba profundamente dormida. Tenía la cabeza hacia atrás, apoyada en el asiento, la cara relajada, con una leve sonrisa, y las manos cruzadas sobre el bolso que descansaba sobre sus piernas. Me dio pena despertarla y no me lo pensé: salté al asiento de atrás, que estaba vacío en ese momento. Bajé mi mochila del portaequipajes, intentando no hacer ruido, y me enfundé el anorak. Cuando me iba hacia la puerta del vagón para esperar la parada y bajar en la estación, saqué un cuaderno y escribí en una hoja mi nombre y mi dirección. En ella me disculpé también por no despedirme, excusándome en que no había querido despertarla.

Doblé la hoja y la sujeté en el cenicero que tenía enfrente de su asiento, a la altura de la cara. Me dio ternura verla dormir. Me giré y me encaminé a la puerta del vagón con la pesada mochila a cuestas.


Un mes más tarde recibí una carta de Francia. El franqueo era de Rennes y en el remite estaba escrito «Lola», sin más.

Tuve que leer la carta varias veces. La ilusión y el subidón que me produjo la sorpresa hacían que me costase concentrarme en lo que había leído.

Lola se disculpaba por haberse quedado dormida y no haberse despedido. Agradecía que hubiese tenido la idea de dejarle mis datos para poder escribirme.

En la carta me relataba el inicio de su trimestre en el liceo y me contaba que iba a ser su último curso antes de ir a la universidad. Me hablaba de lo mucho que le gustaba ir a España a ver a sus abuelos y, del breve y agradable recuerdo de nuestro encuentro. En el encabezado de la carta, siguiendo la costumbre tradicional, había puesto su nombre completo y su dirección.


Mantuvimos correspondencia más o menos asidua durante varios años. En nuestras cartas nos contábamos de todo. En algún momento dejaron de ser cartas para convertirse en diarios.


Por mi costumbre estudiantil, escribía siempre en folios blancos, por las dos caras y a bolígrafo. En cada folio, iba sumando párrafos que escribía siempre que tenía algo que contarle o que se me ocurriese. Era gracioso ver cómo, en cada párrafo o grupo de párrafos, la escritura y la tinta del bolígrafo cambiaban debido al tiempo transcurrido entre unos y otros.


Cuando llegaba a los tres folios, los enviaba. Tenía comprobado que, con el peso de los tres folios y el sobre, el franqueo era de un valor que, creo recordar, era de veinticinco pesetas. Si me pasaba de ese peso, el franqueo era el doble.


En mi caso, acabé juntando varias carpetas con sus cartas, que fueron a parar a un baúl en el pueblo, donde las guardaba.


Nunca he sabido cuál de los dos escribió más al otro. La verdad es que lo hacíamos por gusto, como quien quiere dejar por escrito una parte de sí mismo para que quedase constancia de nuestra vida en el otro. Eso era lo que nos apetecía: que cada carta no fuese una contestación a la anterior, sino un recuerdo de todo lo que nos pasaba, algo que dejábamos por escrito, para que el otro supiese un poco más de nuestra vida, ya que la distancia no hacía posible que nos lo contásemos de otra forma.


A finales de los noventa se puso en contacto conmigo por teléfono. Me anunció que venía a España por trabajo y que estaría en Madrid durante un tiempo. Había estudiado Gestión Cultural y trabajaba en una productora que traía espectáculos a España. Dado su bilingüismo, la productora no tuvo dudas a la hora de mandarla a ella.

Quedamos en vernos cuando pudiese librar algún día, una vez instalada. Desde entonces, fuimos alternando quedadas y llamadas de teléfono en las que nos poníamos al día.

Por su trabajo viajaba mucho por toda Europa, pero siempre hacía lo posible por venir a España y aprovechar para vernos, cosa que le agradecía.


Siempre tuvimos claro, sin necesidad de hablarlo, que lo nuestro era pura amistad y nada más. Nunca hubo más interés ni pretensiones de otro tipo por parte de ninguno de los dos. Lo pasábamos bien juntos y el tiempo que compartíamos era como estar con alguien muy cercano, como de la familia.


Un verano me invitó a Rennes para pasar una semana en la que coincidíamos de vacaciones los dos. No lo dudé: saqué un billete en cuanto pude.

Después de cuatro horas y media de vuelo, Lola me esperaba en la terminal con un «Bienvenue en France» y dos besos en las mejillas, a la española.


El autobús que cogimos en el aeropuerto nos dejó en el centro, cerca de la catedral de San Pedro. Luego cogimos el metro hasta su barrio. Era uno de esos barrios que aún conservan la arquitectura antigua, muy poco modernizada.

La entrada a su edificio se hacía por un pasillo angosto y largo que comunicaba la calle con un gran patio central comunitario. Desde el patio, se accedía a cada uno de los edificios que conformaban la estructura. Subimos a la segunda planta, donde tenía el apartamento. Al entrar, nos esperaba Élodie, su pareja. Me saludó en un perfecto español, aprendido en el liceo y que practicaba a menudo con Lola.


La semana se me pasó volando. Me tenían preparada toda suerte de visitas y actividades, en las que las dos hicieron de cicerones. No me dejaron pagar nada, aunque en ciertos momentos me mostré en desacuerdo por ello. Dijeron que se resarcirían cuando fuesen a verme a España.


Alguna noche se nos pasó hablando a los tres hasta el amanecer, tirados en el sofá, a la luz de una lámpara de sal que creaba una atmósfera intimista en la que hablar y reír era el guion no escrito de lo que nos apetecía.




Cuando salí del metro, Lola me esperaba acompañada de Élodie, cuya tripa ya insinuaba más que un incipiente embarazo. La sorpresa fue doble. Tras los saludos y después de expresar la ilusión que me hacía verlas juntas, no podía quitar la vista de la tripa de Élodie. Se rieron de lo que imagino que fue mi cara de sorpresa y, cogiéndome de los brazos entre las dos, prometieron contármelo todo, advirtiéndome de que, ahora sí, me tocaba pagar a mí.

4 respuestas a “Lola”

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