Leyendas de Ujué

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El final del pasillo da paso a la cripta. El sonido de sus piedras, soportando toda la presión del peso del altar mayor sobre ellas, revela a quien sabe oírlo, el dolor que siglos de olvido entre sus condenados muros han pasado inadvertidos.
Ritos y ceremonias a escondidas, festejando la llegada de un nuevo poder entre los vivos, enfureció a un obstinado inquisidor, que sin ningún escrúpulo, mandó quemar a los celebrantes y selló la entrada para evitar tentaciones posteriores. El tiempo devolvió la luz a sus espacios, pero el dolor no ha podido ser eliminado. Si oyes el silencio, sentirás entre sus muros vacíos los lamentos que aún perduran.

Las piedras del claustro han guardado durante siglos enigmas que solo unos pocos han sabido descifrar y mantener en secreto. Los guías, cuando hacen las visitas cuentan sobre lo visible y más llamativo, pero no sobre las verdades que encierran símbolos figuras y frases grabadas en las piedras. Si tienes la suerte de coincidir con el hermano Zósimo y le caes en gracia, te puede sorprender por la cantidad de datos e historias que guarda y atesora tras una mirada dulce y complaciente, y a veces pícara, cuando guiña un ojo en forma de complicidad.
Los hermanos, tenemos un viejo libro escondido en la biblioteca. En él, a través de los años, hemos ido escribiendo y documentando todo lo que sabíamos del monasterio o hemos ido descubriendo. El libro solo lo pueden leer los hermanos que llamamos canosos, los que pasan de cincuenta años. En el libro, durante siglos, los hermanos de la orden, hemos ido documentando hasta el más mínimo dato que se sepa sobre el monasterio. Sobre su fundación y todo lo que en él haya pasado. Por ejemplo, estáis sentados debajo de una inscripción que hace referencia a un versículo del Eclesiastés, para todo el mundo es una cita reconocible. Aunque tiene un error, no es del Eclesiastés 23-36, sino del libro de Zacarías 5, versículo 3-4. Puede quedar como una anécdota, pero no es así. En realidad tiene un porqué. El número del Eclesiastés (23-36) es en realidad una fecha. Indica la fecha del 23/9 (3 + 6=9) que es el primer día del equinoccio de otoño, y la luz ese día ilumina esa pared justo hasta la inscripción. Son curiosidades, como las llamamos los hermanos.
La tarde se hace corta en su compañía, pena que los rezos de vísperas le reclamasen. Además de revelarnos algunos secretos de un claustro que iba oscureciendo, nos regaló una talla de madera pequeña con una Eguzkilare.
Ponedla sobre la puerta de casa, ya sabéis por qué. 
Se despidió con esa sonrisa plácida, guiñándonos un ojo con su gesto de complicidad al darnos la talla. Tras agradecérselo, desapareció con su caminar lento hacia los oficios. Los muros mientras tanto, seguirán guardando celosos sus secretos.

El final del corredor daba a una sala orientada al poniente. La luz del sol de la tarde se colaba por entre los ventanales y los arcos, dibujando geometrías por los muros y el suelo. El hermano Cirilo andaba rápido, sin hacer caso a los dibujos que adornaban todo a nuestro paso. Era el hermano más joven del monasterio, aunque ya formaba parte del grupo de los canosos. Su rapidez al andar denotaba aún su buena forma, en parte por la genética y en parte por haber sido montañero en su tierra. Ahora era el encargado de las puertas, de organizar las visitas y tocar para los servicios.
Os dejo abierto, cuando salgáis tiráis de la puerta. Volved por donde hemos entrado ahora. Yo estaré en la entrada. Cuidado al bajar la escalera de caracol, os podéis marear, es muy larga. No os dejéis impresionar por las historias de los murales. Lo que paso ahí abajo fue bastante peor. En realidad fueron celdas y naves de tortura. Hay mucho sufrimiento entre esos muros. Si miráis bien, veréis marcas que los retenidos entre estos muros hicieron con las uñas en las piedras, mientras estaban atados. Bueno, no os entretengo.  
Se dio media vuelta y nos dejó al lado de la escalera que bajaba a los sótanos. El frío se hacía más intenso según bajábamos, como el olor a humedad. Al entran en la sala se veían huecos en la pared de piedra, un cartel anunciaba que era donde los reos dejaban sus ropas, bajo una inscripción premonitoria que les indicaba que al dejar sus pertenencias allí también dejaban su vida en busca de otra mejor. El olor ayudaba a entrar en escena entre las sombras de los muros y los arcos, pasando por celdas en las que argollas colgando eran los únicos adornos visibles a primera vista.
Si mirabas detenidamente podías encontrar cruces e iniciales rayadas en las piedras del suelo. Al final de la primera galería el peso sobre nuestras cabezas se hizo más notable, las piedras nos empezaban a advertir del sufrimiento que guardan aún y el aire se hacía irrespirable. Aislados completamente de todo lo exterior, la verdad es que era fácil imaginar cómo debió ser estar encerrado allí. Sin luz, sin aire, sin nada que te indicase qué hora o qué día era. Ceder a las torturas o al delirio debía ser lo fácil, lo difícil sería salir de allí.
Fue al llegar a la tercera nave cuando por cosas del destino, o no, las luces fallaban parpadeando. La sensación era extraña y un poco tétrica. Era la que llamaban las salas de las torturas. Aunque sólo quedaban algunos potros y útiles de tortura intentando crear un ambiente de lo que fue, las penumbras transitorias te metían en ambiente. Imaginar los ruidos de aquellos artefactos funcionando, junto con las voces desgarradoras de quienes padecieron allí sus usos, impresionaba. Ver los murales de cómo se extraían las confesiones te hacía poner cara de desagrado fácilmente, así como sentir esa atmósfera cerrada y la presión de la profundidad.
De pronto, una voz nos sobresaltó por inesperada. Era el hermano Zósimo, que apareció de la nada.
Esta nave está endemoniada. Fueron muchas almas las que se separaron de sus cuerpos aquí. El sufrimiento se nota en el frío que hace. Aquí se cometieron verdaderas atrocidades. Cosas que no se pueden poner en los murales. Se torturaba hasta la extenuación, más allá de las confesiones. Se amputaron dedos y órganos sexuales, se sacaron ojos, se cortaban tendones, se violaba, mientras las pobres almas se iban separando de los cuerpos…. y todo en nombre de una religión y una fe… ¡Que barbaridad!
Los hermanos de la orden rezamos por esas almas, por las que se fueron y por las que aún están aquí buscando su camino, para que lo encuentren y dejen ese sufrimiento.
 
La mirada seria del hermano Zósimo nos impactó y un leve escalofrío recorrió como un calambre nuestro cuerpo. Nos hizo una seña con la mano según se giraba para que lo acompañásemos. Nos llevó hacia una sala pequeña, al final del todo. Una luz muy tenue la iluminaba. Se apoyó de espaldas sobre un tablero que cubría la pared y cedió, dejando abierto el paso a una galería que subía. Le seguimos en silencio hasta salir a la luz del día, bajo el arco de un pasillo que estaba cerrado al paso de las visitas.
Mientras nuestros ojos se habituaban al regreso a la luz, nos contó que esa era la entrada secreta de los inquisidores, o más bien de los torturadores. Pero que teníamos que guardarle ese secreto. Nos guiñó un ojo con ese gesto suyo tan particular de complicidad sonriendo y nos acompañó hasta la salida. Al despedirse, nos volvió a mirar serio y nos dijo: Oíd las piedras, ellas siempre cuentan la verdad. 
El silencio nos acompañó hasta salir a la calle, aunque el murmullo dentro de nuestras cabezas no cesó hasta alejarnos de esos muros, condenados a guardar en sus piedras la verdad de lo que pasó, para quien pueda oírla.

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