Marchenito

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Marchenito no volvió a casa después de la mili. La paleta que a él le gustaba era la del flamenco a todas horas, sobre todo en los saraos nocturnos, y esa paleta era incompatible con la que su padre le intentaba dejar en herencia.
Huyó de su Málaga natal a la Córdoba de los omeyas. Allí encontró trabajo como ayudante de un decorador de escaparates, con el que además aprendería a vestir, a tocar la guitarra y a disfrutar de la carne de un igual.
Cuando lo conocí, su Luisito ya se había ido. La ausencia le dejó una mirada nostálgica, una guitarra que lloraba por las callejuelas de Córdoba la ausencia de su amor, y un olor a vino peleón de vuelta a casa en la madrugada.
Tal vez lo encuentres acariciando las cuerdas de su gitana en alguna esquina o plazuela, si es él, si lo encuentras, echa unas monedas en la funda de su guitarra, esa noche en el vacío abrazo de su cama, su Luisito estará más cerca.

 
 
 
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