Los murmullos fueron en aumento hasta que se oyeron voces. El ir y venir de la tripulación hacía ver que en el pasaje de primera pasaba algo. Al final, la intervención de uno de los pilotos calmó el altercado. Al poco de volver el piloto a la cabina, varias personas de primera salieron y se distribuyeron en asientos vacíos que las auxiliares de vuelo les fueron adjudicando.
Yo, ocupaba un asiento al lado de la ventanilla y los dos a mi lado estaban vacíos, así que fueron ocupados. Cuando levanté la cabeza para ver quien iba a ocupar la plaza a mi lado, coincidí en un cruce de miradas con la suya. Me sonrió con un Hi, mientras ocupaba el asiento.
Era una chica de color con unos ojos negros enormes y unos dientes blancos que contrastaban con el negro de su piel. Iba ataviada con un mono de color negro y una chaqueta verde a juegos con sus botines. Me llamó la atención el trenzado minucioso de su pelo, que caía en una melena que casi llegaba hasta su cintura.
Volví a enfrascarme en mi libro, invocando que el espacio tiempo se volviese a mi favor y que el vuelo ya fuese según lo previsto, sin más alteraciones ni retrasos.
En esa época, aún no existían los teléfonos móviles, e internet apenas acababa de comenzar a extenderse. Temía que los retrasos hiciesen esperar mucho a mi hermano, que iría a recogerme al aeropuerto. Aunque por otro lado, sabía que eso no le supondría mucho desvarío, siempre se hacía acompañar de lectura, así que lo imaginé enfrascado en un libro, sentado en algún banco del aeropuerto, controlando el horario de mi vuelo en algún monitor.
Al poco de iniciar el vuelo, fui a bajar la bandeja para dejar mi libro y coincidí por casualidad con mi vecina de asiento en el mismo gesto. Nos sonreímos, cuando nuestros brazos derecho e izquierdo se rozaron al hacer la misma maniobra y al mismo tiempo. Tras el incidente, por darle algún nombre, me di cuenta de que mi vecina era zurda. Todo lo que manipulaba sobre la bandeja o su bolso lo hacía con la mano izquierda. Vi, que en la muñeca de su mano derecha llevaba una pulsera de cuero trenzado, parecida a una de las que yo llevaba en mi muñeca izquierda. Descubrí qué me pilló observándola y tuve que admitirle que me llamó la atención dicha coincidencia. Me sorprendió que la explicación me saliese tan rápido en inglés, casi de forma automática. Mientras me explicaba por la coincidencia le mostraba mi muñeca, en la que dos pulseras de cuero daban fe a mi explicación.
Al terminar mi disculpa, me contó que siempre le gustó llevar algo de cuero, que era algo que le daba buenas vibraciones. – Esta, me contó, me la regaló una amiga, las consigue en una tienda al lado del teatro del Soho, en Londres.-
La conversación duró hasta casi el aviso de que íbamos a aterrizar y teníamos que abrocharnos el cinturón. Mi cabeza estaba muy pesada por el esfuerzo de hablar en inglés tanto rato. Tras el silencio de escuchar el aviso, me costó buscar la forma de pedirle quedar en Londres para tomar algo. Mi cabeza no ayudaba a mi timidez, así que me costó hilar una argucia que convenciese a mi vecina de asiento para que aceptase quedar.
Como pude, le propuse si quería quedar un día para que me enseñase la ubicación de la tienda que me había referido al principio de nuestra conversación, aunque el verdadero interés era otro.
Durante el trayecto me dio tiempo a explicarle mi dificultad con el inglés, y que de echo, iba durante unos meses a practicarlo y mejorarlo, mientras trabajaba en un almacén de mercancías, aprovechando las vacaciones de verano.
Mi hermano, había movido unos contactos en la Universidad para buscarme un trabajito temporal durante los meses de vacaciones, buscándome además un cuarto en un edificio donde alquilaban habitaciones a estudiantes, para evitar que estar con él interfiriese en mi proceso y eso me hiciese pensar en español, como me decía.
La verdad es que terminé agradeciéndoselo, aunque al principio no me hizo gracia. De cualquier forma, estaba acostumbrado al ambiente de las residencias de estudiantes, por lo que no eché de menos el tenerle cerca.
Al contarle mi periplo, y que aún no sabía muy bien dónde iba a parar, tras pedirle la cita, me sonrió y escribió un número de teléfono en el interior de la contraportada del libro que tenía en mi bandeja. Al hacerlo, me miró, sonrió de nuevo y escribió a continuación del número su nombre; Lucy.
De lo que hablamos en el avión, recuerdo que me contó que el escándalo se había producido porque viajaba de incógnito Elton John, o eso intentaba, hasta que alguien lo descubrió y empezaron a acosarle con fotos y autógrafos, a lo que reaccionó de malas maneras, montando un espectáculo grosero de voces e insultos. La tripulación decidió aislarlo de alguna forma, pidiendo por favor a parte del pasaje que lo dejasen solo en una parte de la zona de primera, a cambio de pasar a otra clase y compensarlos con algún vuelo gratis.
Una de las damnificadas fue Lucy, a la que al poco compensaron con un vuelo gratis de ida y vuelta a Palma de Mallorca, según me contó.
También, me contó que estudiaba piano y canto en el conservatorio, y que actuaba en garitos, cuando surgía, con un grupo de rock, tocando los teclados y haciendo los coros, para sacarse algo de dinero.
Nos despedimos con un adiós con la mano en el aeropuerto, del que siempre me arrepentiré. Creo que me tendría que haber lanzado a darle un par de besos a la española, o uno solo, pero la situación pudo conmigo. El cansancio, los nervios de verme ya allí, …, en fin, su good bye, acompañado de una sonrisa que me acompañaría en el recuerdo varios días, fue el inicio de un verano que se abría de una forma muy distinta en mi vida.
Mi hermano me esperaba casi como lo había imaginado, con su bolso negro en bandolera y un libro en las manos. Me soltó un ¡Hola hermano!, que fue lo único que le oí decir en español en todo el verano, el resto lo hizo en inglés. Vi que no me iba a dar ninguna facilidad, pero ya venía en preaviso.
La primera semana se me pasó volando, no recuerdo muy bien que hice esos días, pero no paré. Me instalé en mi cuarto y presenté los papeles que aún me quedaban por entregar para el trabajo. Al tercer día ya estaba trabajando. Me organicé los horarios para ir dos días a la semana por la tarde a clases de inglés para extranjeros en una academia. Trabajaba media jornada, por lo que las tardes las utilizaba para ir a la academia, salir y hacer turismo, intentando practicar y soltarme con el idioma, que es para lo que había ido. En el trabajo me relacionaba poco, no había oportunidad. Estábamos tres personas en una nave enorme, repartiendo la mercancía en muelles de carga con unas carretillas, sin parar, atentos a las órdenes que continuamente nos daban. Tuve que esforzarme mucho en las dos primeras semanas para entender lo que me decían y cómo. El encargado era un pakistaní cuyo acento no me ayudaba a entender sus voces y órdenes. Al final, a base de repetir las mismas palabras le fui entendiendo, aunque sé que alguna mercancía acabó en otro destino.
Los primeros sábados pude quedar con mi hermano para vernos y comer, aunque él también tenía vacaciones en la universidad y desapareció pronto.
Hacía varios años que llegó como profesor de apoyo de literatura española a la universidad, y lo que presumía que iba a ser para un par de años se habían convertido ya en seis.
Un par de semanas después de llegar, ya más calmado y con mis rutinas en marcha, retomé el libro que había olvidado, en el que encontré el teléfono de Lucy. Tardé en decidirme a llamarla, pero no quise estar peleando con la duda y me aventuré. Al otro lado del teléfono una voz de hombre contestó, me quedé un poco cortado, había previsto una conversación tipo y que era ella quien descolgaría el teléfono. Reaccioné preguntando por ella, pero me contestó que llegaba más tarde. Agradecí la información y dije que la llamaría después. Cuando volví más tarde a la cabina del edificio de la residencia tuve que esperar. Dos chicas coreanas que siempre iban juntas a todas partes, también llamaban a la vez, tardando una eternidad en sus alocuciones. Era gracioso oírlas hablar en coreano y como gesticulaban, sentadas en las cabinas. Mirándolas desde la distancia, parecía que interpretaban una coreografía a la par.
El auricular estaba ardiendo cuando por fin una de las cabinas quedó libre, me resultó desagradable el utilizarlo. Pulsé sobre el teclado el número y tras unos tonos la voz de Lucy me sonó conocida al otro lado. Quedamos en vernos el domingo siguiente por la mañana, en la salida del subterráneo entre Regen St. y Oxford St.
No me costó reconocerla cuando la vi salir de subterráneo, llevaba la melena suelta, luciendo su pelo trenzado y esa sonrisa que me empezaba a gustar recordar. Esta vez, improvisé un beso de saludo y alguna frase de que al fin una cara conocida, lo que le hizo gracia.
Pasamos la mañana paseando por el centro, visitando la tienda que su amiga le había referido y tomando algo en un pequeño pub.
Mientras hablábamos de todo, incluida una puesta al día de mi vida en la city, por la que se interesó, cosa que me sorprendió, me contó que iba a grabar unos coros en los estudios de Abbey Road, para no sé que producción. Vio la sorpresa en mi cara y sonrió. Le mostré mi fascinación por lo que rodea a esos estudios y me dijo si quería ir a acompañarla, que tal vez pudiese estar en alguna de las grabaciones. Mi sí fue instantáneo. Me aseguró que intentaría llevarme con ella. Se lo agradecí, invitándola a un helado en una heladería cercana a Piccadilly Circus.
Dos semanas más tarde, al entrar en el edificio de la residencia, de vuelta del trabajo, encontré un papel en el cuadro de conserjería con mi nombre, comunicándome que me había llamado Lucy, que le devolviese la llamada. Así lo hice, a la hora que me indicaba en la nota. Me contó que podría acompañarla y estar fuera de la sala de grabación, viéndola a través de la ventana de la sala de control, mientras grababa. Conocía a uno de los técnicos de sonido, y por intermediación de este había conseguido colarme. Al colgar el teléfono no me lo podía creer. Pisar los estudios donde grupos como los Beatles o Pink Floyd grabaron discos como Sgt. Pepper´s o The Dark Side Of The Moon era más que un sueño. Esa tarde estaba eufórico, no hacía más que pensar en verme allí dentro.
Unos días más tarde, volvimos a hablar por teléfono y me dijo que acudiese a primera hora de la tarde del día siguiente, que la esperase en la puerta de entrada, en las escalinatas de los estudios. Así lo hice. Comí rápido en el trabajo y volé a mi cita.
Llegó acompañada con otra chica de color que me presentó, también cantante que iba a grabar con ella. Me indicó que fuese silencioso y obedeciese lo que el técnico me dijese, para que no se notase mucho mi presencia. Le aseguré que así sería.
Nos identificamos a la entrada y subimos a la primera planta, donde estaba el estudio. Con los nervios, me entraron unas ganas enormes de ir al baño. Había bebido mucha agua por la mañana y no podía aguantarme más. Entré a uno de los servicios, pensando si era buen augurio empezar así la tarde, me convencí de que era lo mejor, y que así no tendría que ir en un buen rato, sin tener que molestar.
Al salir, sujeté la puerta para que entrase un hombre que me pareció muy grande, no solo por su estatura, y cuya cara me era conocida. Mientras esperábamos para entrar a la sala, en el pasillo, volvió a pasar. Lucy vio que me quedé mirándole con cara de incertidumbre. Es Alan Parsons, me dijo en voz baja acercándose a mi oído. En ese instante creo que fue cuando empecé a soñar despierto. No podía dar crédito. Estar en Abbey Road y coincidir con alguien a quien escuchaba a cualquier hora, en un viejo walkman, mientras pasaba mis apuntes a limpio, intentando quedarme con las letras de sus canciones. Mi cara debía ser un poema, Lucy sonreía mientras me miraba.
La grabación duró más de lo esperado. Eran varios coros que duraban poco más de treinta segundos y se repetían, por lo que con una sola vez bastaría grabarlos, luego los repetirían en producción. Pero algo no gustaba al productor, y la grabación se alargó toda la tarde repitiendo una y otra vez las mismas tomas.
Cuando salimos era ya de noche y yo madrugaba al día siguiente para ir a trabajar. Al intentar despedirme de Lucy, tras agradecerle la experiencia en el estudio, me dijo que iba con su amiga a tomar algo y me propuso acompañarlas. El no que había pensado se ahogó antes de salir, cuando su sonrisa remató la invitación.
Accedí, no pude negarme, aunque argumenté mi intención de irme pronto, pues madrugaba y mucho al día siguiente.
Las pintas, hicieron que mi timidez y mis prisas se quedasen en el fondo espumoso de alguna de aquellas jarras.
Andrea, la amiga de Lucy, y al igual que ella, eran descendientes de padres jamaicanos. Aunque sus tonos de piel diferían en la tonalidad, las dos eran altas y esbeltas. Andrea llevaba el pelo rapado y tenía más acento que Lucy.
La velada fue amena. La conversación derivó en cómo les gustaba España y sus islas. Como islas se referían a las baleares, pues desconocían las canarias.
En un momento que Andrea fue al baño, despojado de mi timidez, e intentando que mi inglés fuese entendible por la acción del alcohol que siempre me ha costado digerir, le propuse a Lucy quedar en otro momento y horario, lo que me confirmó con un of course que remató con una sonrisa, que fue la que terminó por bajar mis defensas y reticencias.
Fue un beso corto, sus labios y los míos sellaron el acuerdo, justo antes de que Andrea volviese y nos pillase sellándolo.
La verdad es que la tarde se me pasó en un suspiro, sentado en una esquina de la sala de control, viendo el tejemaneje mientras grababan. Creo que no se me borró la sonrisa durante varios días, recordando la vivencia y el deseo de volver a encontrarme con Lucy.
Al poco, me contó que le habían salido actuaciones fuera de Londres con su grupo, por lo que estaría fuera al menos dos semanas, que me avisaría a la vuelta. La noticia me dejó un poco desanimado. Había puesto esperanzas en tener una cita con Lucy, en la que poner en claro si mi inglés bastaría para dar a entender mis intenciones hacia ella.
Me centré en estudiar y practicar lo que pude durante esas semanas, esperando, cada vez que pasaba, un aviso en el panel de entrada que me indicase la vuelta de Lucy.
Las dos semanas fueron tres al final, pues le salieron más actuaciones y las aprovecharon.
Al poco de volver, me dejó un aviso con otro número de teléfono y hora, para contactar. Se había cambiado a casa de Andrea, que estaba más céntrica, dejando la anterior que compartía con su hermano, en el extrarradio.
Cuando la vi me sorprendió. Se había cortado la melena a la altura de los hombros, lo que la estilizaba aún más, y hacía que su sonrisa fuese, o eso me parecía a mí, aún más cautivadora.
Durante las semanas que estuvo fuera, ensayé frases para decirle lo que sentía por ella y como me gustaba. No hicieron falta. Al salir del pub donde habíamos quedado, tras tomar unas pintas, jugué con su pelo mientras esperábamos que un semáforo nos dejase cruzar. Se giró mirándome fijamente. La besé, sin más, sin pensarlo. Al separar nuestros labios, ella, sujetó mi cara con sus manos y me volvió a besar, acercándose a mí. El semáforo cambió de color y nos hizo separarnos para cruzar.
La tarde había estado plomiza, y comenzó a caer una lluvia fina que empapaba. Decidimos irnos a su piso, que estaba más cercano, comprar algo de comida y llevárnosla para comerla allí.
Desperté abrazado a ella, cuando el sonido de la puerta del piso cerrándose sonó. Era Andrea que volvía. Miré mi reloj, eran la cuatro de la madrugada. Me inquietó la hora, pero caí en que era viernes y que el sábado no trabajaba. Al moverme, Lucy se movió, se acurrucó a mi lado y volvió a quedarse dormida, igual que yo.
Quedé varias veces más con Lucy cuando estaba en Londres, entre viaje y viaje. Durante el verano le fueron saliendo conciertos con su grupo.
Me invitó a un par de ellos, cuando los hacía en Londres, tras los que la noche se unía con el día, despertándonos de los abrazos en que el deseo nos hacía ser uno.
Nunca pude decirle lo que sentía por ella, porque no hizo falta. Ella lo sabía, como yo, y que nuestros mundos se separarían al final del verano.
Los dos meses pasaron volando, más de lo que imaginaba. Cuando me di cuenta estaba de vuelta en casa, preparándome para volver a mi último curso en la universidad. A Lucy, siempre la tuve en mente durante los meses posteriores. Nos hablábamos por teléfono y siempre quedaba la propuesta de una visita en el aire, pero nunca la hicimos. En mi caso, terminar la universidad me absorbió más de lo que creía en el año posterior, y por lo que supe, su vida de música con su grupo y colaborando con otros grupos y artistas le llevó de aquí para allá sin parar.
El contacto, se fue espaciando hasta que terminó por no existir. El vago recuerdo de que siempre me hubiese gustado llegar a más con ella me acompañó mucho tiempo. Luego, la vida rellena renglones en los que posterga esos recuerdos al trastero de los sueños, hasta que algo los saca de allí, por alguna causa.
Hace un año, mientras visitaba una gran superficie, en una televisión de esas enormes que tienen tanta calidad que parece que estás dentro de ella, se reproducía un concierto de Pink Floyd. Mis hijas, me dejaron deleitarme delante de la televisión, mientras rebuscaban los enésimos auriculares inalámbricos que les compraba. En el escenario, David Gilmour hacia unos de los mejores solos de guitarra de la historia del rock en Comfortably Numb. La cámara enfocaba a las coristas, que se movían al ritmo del solo de la Fender Black Strat. Mi sorpresa fue mayúscula cuando descubrí a Lucy entre ellas. Dudé incluso si lo era, pero en otra toma, en la que las iban sacando en primer plano, constaté que sí era ella. Investigué que concierto era, y cuando llegué a casa, buscando en youtube, encontré el video completo del concierto.
Buscando en Google encontré documentación del concierto, y efectivamente, aparecía el nombre de Lucy en los créditos. Desde entonces, he recopilado varios videos en los que sale acompañando en los coros a Pink Floyd, y a David Gilmour cuando actúa en solitario. Incluso, llegué a buscar si aparecía información personal o profesional en internet, para poder contactar con ella, pero no encontré mucho, tan solo algunas referencias a artistas a los que solía acompañar, y la referencia de una agencia de modelos con la que había colaborado meses atrás, pues aún se conservaba esbelta y con una presencia que la hacía destacar, con esa melena de pelo trenzado que siempre tanto me gustó.
Pensé, que no perdería mucho si mandaba algunos correos, explicando mi interés en contactar con ella, en los sitios en los que vi algo de información suya. Una tarde, redacté un texto explicando mi interés en ponerme en contacto con ella, por ser un antiguo conocido que quería saludarla. Hice un copia pega en varios correos y los mandé.
A las dos semanas, mientras compraba, el teléfono me advirtió que había recibido un WhatsApp. El remitente era un número procedente de reino unido. Al parecer era de su representante, que explicaba que había recibido el correo de una agencia y que le pasaba la información a Lucy, que sería quien devolvería la llamada, si lo tuviese a bien.
Por un lado, me alegró saber que mis correos habían tenido efecto, pero por otro, me quedó la duda de si al final, Lucy, me recordaría después de más de treinta años y querría contactar conmigo.
A los dos días, mientras conducía, la pantalla del manos libres del coche me anunció una llamada de teléfono. Un número de móvil desconocido me llamaba. Dudé si podría ser un spam, pero algo me llevó a pulsar el botón de descolgar. Al otro lado sonó un Hi, Manuel..? que me trajo la cara de Lucy a la memoria.
