De qué están hechos los sueños

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Despertó el instante anterior a que sonase el despertador. Lo apagó rápidamente y se incorporó quedando sentada en la cama.
Se sorprendió de lo despejada que se sentía, en comparación del sueño habitual a esas horas de la madrugada, que eran las que marcaban el comienzo de su rutina laboral.
¡Ea!, pensó, otro día a poner las calles.

Se puso de pie y fue al baño, al inicio del ritual. Mientras hacía pis se dio cuenta de que recordaba el sueño de la noche a la que decía adiós.
Este sueño no había sido tan intrincado como el último, que le había hecho darle vueltas y vueltas buscando analogías en Google. – Un perro con un bulto que… Joder, el de esta noche lo recuerdo casi entero y no es tan críptico. –
Siguió recordándolo mientras se limpiaba y pulsaba el botón del inodoro.
Viajaba por una ciudad que no reconocía, sola. Miraba a todos lados intentando no perder ningún detalle, de captar todos los matices que la ayudasen a recordar. Últimamente tenía problemas para recordar los viajes y los sitios visitados.
Me esforzaré en quedarme con todo para poder recordarlo, se decía. De pronto, una figura de entre la gente que pasaba por la plaza que visitaba se le hizo familiar. – Pero, … Ese es… ¡Joder!… ¿Cómo se llama?… Mierda memoria tengo… Pero es él… .- Así que, sin pensarlo, se dirigió hacia la figura que había reconocido, figura que se le hacía más familiar a medida que se acercaba.
A punto de tocar en la manga del conocido sin nombre él se giró, y tras su cara de sorpresa al verla a ella exclamó su nombre, y abrió sus brazos para fundirse en un abrazo que la dejó atrapada en una sensación entre cálida y perturbadora. – Sara, ¿pero qué coño haces tú por aquí?… Hay que joderse, no te veo en tu pueblo nunca y te encuentro a tomar por culo, ¡Qué fuerte! –. – Sí, eso digo yo -, balbuceó mientras dudaba si no separarse totalmente del abrazo que la dejó algo perturbada, o darle un beso como marcan los protocolos habituales en estos casos. Optó por lo segundo, y el beso protocolario se convirtió en otro acto que la perturbó aún más que el abrazo. Las comisuras de sus labios sellaron casi un beso más de labios que de mejillas. Sintió un leve calor por su cara, aunque supo distinguir que este no era debido a la maldita menopausia, que la hacía de cambiar de color y temperatura al antojo de alguna miserable hormona, a la que estaría dispuesta a dar caza y eliminar si pudiese.
Se separaron lo suficiente para mantener una conversación, sin que ninguno de los dos invadiese ese terreno del otro, que te hace ponerte a la defensiva o ceder a lo que el otro desee sin más resistencia.
En pocos minutos se pusieron al día someramente de sus vidas y consensuaron volverse a ver a la vuelta del viaje, sin excusas.
Tras despedirse, ella se giró volviendo sobre sus pasos, se fue hacia el que aún la miraba. Rebuscó en su bolso y sacó un bolígrafo y un billete usado de tranvía y escribió su nombre y su número de teléfono. Se lo guardó dentro del bolsillo de la chaqueta sin que él opusiese resistencia. Al hacerlo, le guiñó un ojo y le sonrió, quería asegurarse de que no tendría excusa para evitar el encuentro. Se giró y prosiguió su camino.
Tras la sonrisa y el guiño, él supo que necesitaría el resto de su vida esa mirada para entender que el futuro te lleva allá donde el azar dictamina, y que seguir esos caminos, esas pistas, hacen que las casualidades no sean tales, sino causalidades. Supo que esa era una de ellas, supo que esa mirada cautivadora que años atrás no pudo confrontar y de la que huyó, ahora le había dejado preso.

El sonido del timbre del microondas la devolvió a la realidad. Notó calor recorriendo su espalda, notó esa sensación perturbadora y el escalofrío consiguiente recorriéndola camino a su cuello, y supo que no era por la menopausia. Distinguió que las emociones que acompañaban a esa sensación le provocaban un estado de euforia y deseo camino del corazón.

Vaya, hoy sí que ha sido nítido el sueño -, pensó.
Sintió como si el efecto de una sustancia extraña recorriese su cuerpo y elevase su nivel de energía, su ánimo, sus ganas de salir a la madrugada a disfrutar del aire frío en sus mejillas, a comerse el mundo.
Entre sorbo y sorbo de café, pensaba que si pudiese guardar la receta de ese sueño y revivirlo cuando quisiese, cuando estaba de bajón o de mal rollo, como molaría. Haría de ese recuerdo el mejor de sus medicamentos.
Sonrío mientras dejaba la taza en el lavaplatos y salía de la cocina rumbo al baño. Mientras se cepillaba los dientes oyó que le entraba un WhatsApp en el móvil.
Terminó, fue apagando luces y si se dirigió hacia el zapatero, sobre el que siempre dormían las llaves del coche y el móvil.
Al ir a abrir la puerta para salir recordó el sonido del mensaje, y antes de guardar el teléfono en el bolso lo encendió para leerlo.
¿Quién coño mandará mensajes a estas horas de la mañana? – Sus ojos y su boca se abrieron con una expresión de asombro al leer el remitente del mensaje. Le costó releerlo un par de veces para creer lo que veía.
¡Buenos días petarda! ¿Tienes tiempo para un café hoy o te pido vez?
El intruso sin nombre del sueño le reclamaba su atención para ir a tomar un café, justo cuando terminaba de rememorar el sueño nocturno, muchos años después de su último encuentro físico.
Justo cuando había puesto el sueño en modo pausa hasta volver a recordarlo en otro momento y ponerlo a estudio, como solía hacer.
– Joder –, exclamó – ¿pero esto es de verdad o es que estoy soñando aún? –
Cerró la puerta contando los tres giros de la llave que marcaban el blindaje de esta. Salió del portal a la calle y fue hacia el coche, con la inquietud de saber si el mensaje era de verdad o se lo había imaginado.

– Otra jugada de mi memoria –, pensó.
Subió al coche y volvió a leer el mensaje. Levantó la cabeza y miró al infinito a través de la luna del coche goteada de la lluvia nocturna.
– ¿Y ahora qué hago? – pensó.
Arrancó y empezó a circular por las calles desiertas, en la madrugada de un noviembre que le haría recordar que los sueños y los deseos, si se unen, pueden cumplirse.

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