El Anti dios

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La historia que aquí cuento ha permanecido oculta durante milenios.
Narra la historia del dios Haris, un dios peculiar. Más que peculiar, fue un anti dios.

No un anti dios en el otro extremo, lo que vendría a ser un diablo. Era un anti dios porque no ejercía como tal, sino como un ser antisocial, un ser anti gregario, anti milagro, anti cuidador de la humanidad.
Solo miraba por él, por sus deseos, por sus intereses, por su satisfacción.
Tal vez haya sido el único dios que se excluyó él solo del Olimpo para hacer vida independiente, apartado de fama gloria y prebendas.
Nació dios, y aunque era consciente de lo que ello suponía, nunca quiso ejercer como tal. Iba a lo suyo.
En su dejadez de funciones, contrario a lo que se le supone un dios, se hacía galante de pasar inadvertido ante todos, porque nunca se supo que hacía, donde estaba o que tramaba. Así nació la anti leyenda de este dios totalmente desconocido, del que os cuento.

Su existencia llegó a mí en una lluviosa mañana de verano, en una visita en la sierra de Arnero, viendo la cueva del Soplao, donde un trasgo, con el que hice trato, me lo confió.
Miraba las conformaciones de estalagmitas y estalactitas, apartado del grupo de visita, del que me fui separando para quedarme a hacer fotos a mi aire. Observé que entre un grupo de estalactitas algo se movía.
Me quedé quieto un largo rato, algo a lo que estaba acostumbrado hacer, por mis acechos fotográficos al mundo de los animales. De pronto, surgió de entre unas sombras una figura pequeña y peculiar que se me acercó. Nos contemplamos unos instantes en silencio, luego me hizo un gesto para que le siguiese a un hueco fuera del recorrido.
Allí, oculto entre helictitas, me hizo saber de esta y otras historias de las que se hacía portador.
El tiempo pareció detenerse mientras me confiaba sus secretos, y como es tradición, me pidió algo a cambio, con esa forma tan juguetona que tienen los trasgos de relacionarse. Me desanudé el pañuelo que llevaba en el cuello y se lo ofrecí. Lo cogió, lo olió, soltó un ruido gutural y de un salto desapareció.

Al volver al grupo del que me había separado, me di cuenta que el guía seguía en el mismo punto de la explicación que contaba cuando dejé el grupo. El tiempo para ellos casi no había pasado, pero para mí, fue lo extenso que da el tiempo que pasé con el trasgo, y el de confiarme la historia que aquí os relato.

El dios Haris, fuera de toda relación, gustaba de apartarse en lugares remotos e insospechados. Aprovechándose del trabajo de otros dioses, recorría lugares creados por ellos en los que desaparecer.
Cuando encontraba un sitio en el que se sentía a gusto, dejaba pasar el tiempo disfrutando de las creaciones, sin más.
A veces, era descubierto por otros dioses o divinidades que le recriminaban su pasotez, el no ayudar ni crear nada, y para no tener que enfrentarse a ellos y reconocer su poco ánimo corporativo hacía algo, y creaba algún lugar o influía en su construcción.
Eso ocurrió, por ejemplo, en la creación del monte de Egáleo, donde participó, y donde milenios más tarde, Heródoto, cuenta que el rey persa Jerjes puso su trono para ver la batalla de Salamina.

A diferencia de los demás dioses que trajinaban continuamente creando y controlando, a Haris, únicamente lo que le gustaba era crear espacios en los que sentirse a gusto.
Esos espacios, que para él no contaban como trabajos propiamente, eran adaptaciones al mundo que él iba creando a su capricho por los lugares que pasaba.
Le gustaba quedarse mirando los horizontes y sus líneas, y si algo no le convencía o encontraba molesto, para su gusto, lo cambiaba. Era típico en él recortar los horizontes y adaptarlos como si fuesen ventanas.
Así, las conformaciones de acantilados y barrancos que fue transformando, para romper horizontes, aún hoy pueden verse en muchos sitios, como en Noruega, los de Preikestolen, en China los de Huashan o los de Ticino en Suiza.

Había ocasiones en las que desaparecía aún más, recluyéndose en huecos y cavidades que creaba en el interior de la tierra.
Allí podía desaparecer sin más, creando espacios en los que sin otra influencia que su propia visión de la realidad, creaba mundos subterráneos, como la cueva de Longyou, considerada la novena maravilla del mundo antiguo.
Esa caprichosa adaptación de lo existente a su mundo, fue dejando constancia perdida de su existencia.
La eternidad, enfadada con el antisocial dios Haris, a la hora de aportar trabajos comunes con el resto de dioses y divinidades, le castigó no dejando constancia de su existencia en forma de efigies grabados o escritos.
Lo poco que se sabe de él ha permanecido en la tradición contada por seres como los trasgos, cuyas revelaciones nos hacen saber de su existencia.
Tal vez, la única forma que tengamos constancia de su existencia es saber, que, cuando estemos sobre un acantilado, un barranco, una cueva, puede ser que sea obra de este anti dios, que pasó por allí y transformó el horizonte embelleciéndolo a su modo, dándoles formas de las que asombrarnos al verlas, recorriendo lo que su imaginación creó para él, o sin darse cuenta creó para los demás sin querer.

Confieso que he vuelto a recorrer cuevas, apartándome de los grupos y compañías, deseando volver a encontrar otro ser que me confíe historias con la que descubrir lo oculto.
Pero el destino no ha vuelto a confiarme esa suerte, aunque tal vez, la suerte haya sido ir acompañado por quien me hizo entrar en ellas, sabiendo que las historias hay que descubrirlas para contarlas.
De su mano, acantilados, valles, cuevas, montes, lugares perdidos en cualquier lugar, la verdadera historia sea vivirla a su lado, mirando de reojo, eso sí, por si aparece algún otro ser que me confíe para vosotros lo qué, tal vez, quede por saber.

                                              A mi hija Miren, por enseñarme a ver otros mundos.

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