La Invitación

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Fueron unos días de pocas palabras y muchos silencios. Me invitó a lo que se suponía iba a ser una desconexión de las rutinas diarias, lejos del bullicio de la capital. En realidad, fueron unos días de mirar dentro de nosotros.
La casa de su familia, que tenía en la costa, era muy acogedora. Invitaba a tomarse la vida a otra velocidad, a dejarse llevar, sin la esclavitud de un reloj.
Los muros, guardan celosos aún, las pocas palabras y el mucho amor que dejamos entre las noches y los días que pasamos de un agosto soleado.
El ancla tatuada en su hombro, le recuerda, la promesa de no olvidar los atardeceres en el espigón, mirando al infinito. A mi, el darme cuenta, que sin ella, no hubiese descubierto el saberme preparado.

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