El movimiento del tren, al arrancar, la sacó del ensimismamiento. Hasta ese momento había evitado el presente.
No quería pensar en lo que estaba haciendo ni lo que se le ve aventuraba. Sintió un nudo en el estómago, un nudo que le apretaba y la doblaba de dolor atravesándola de un lado a otro. Se tapó la cara con las manos y comenzó a llorar, sentada, en silencio, mientras el tren con su traqueteo la mecía en su esquina de dolor. Lloró amargamente, dejando fluir toda la desesperación, todo el dolor.
Los pañuelos de papel, se emborronaron del negro del rímel y del maquillaje, que fue desapareciendo de sus ojos, dejando a la vista una mirada perdida, de miedo, de desesperación, de derrota.
Fue acumulando pañuelos en las manos, pero el dolor del estómago no se le pasaba. Sintió una necesidad urgente de fumar, necesitaba calmar el dolor, los nervios, la desesperación.
Cogió el bolso y se fue al baño, donde se encerró a escondidas. Encendió un cigarro y dio una calada profunda, exhalando lentamente el humo, con los ojos cerrados. Quería drogar todos los sentimientos que la ahogaban, dejarlos en coma, y si fuese posible, morir allí mismo envuelta en una nube de humo, con el único placer que aún le quedaba.
Fumó como si fuese su último cigarro, saboreándolo en su escondite, como la prebenda que dan en el último deseo al reo condenado a morir. Así se sentía. Condenada a un viaje de muerte del que no sabía si sobreviviría.
De vuelta en el asiento, intentó componer un texto, con el que explicar por WhatsApp a las personas que quizás le pudiesen echar de menos en su decisión.
Tardó un rato en terminarlo, escribiendo y borrando, hasta que derramó en él todo lo que le quedaba de cordura y fuerza:
“Me es muy difícil escribir estas líneas. Pero más difícil me ha sido tomar esta decisión.
No quiero que me compadezcáis. No quiero que me llaméis. No quiero nada. Sólo quiero desaparecer.
Otras veces he huido con el alcohol o con las pastillas, pero no del problema sino de mi misma. Y no he conseguido nada. Me he quedado en el mismo sitio, con los mismos problemas y con la mente turbia.
Ahora quiero huir lejos. Dejar los problemas y quien los causa.
Soy muy cobarde para quitarme de en medio para siempre. Lo he pensado y las ganas han sido compañeras de viaje estos años, pero en el último momento siempre me vuelvo una cobarde.
Quiero empezar de nuevo, o al menos vivir separada de ese cáncer que me está comiendo por dentro, que me destruye desde hace mucho. No hay nada peor que el amor que sientes por alguien que te está destruyendo, que te está rompiendo en pedazos y del que no te puedes desprender.
Haber dado la vida a quien te la está quitando, te rompe de una manera de la que no hay forma de recomponer los pedazos.
Ni siquiera el amor incondicional que como madre se me supone puede con ello. Lo he intentado de todos los modos, de todas las formas que se, pero a cada intento ha surgido otra distancia entre nosotros, otro universo que ha traído más dolor y más caos a la relación.
Vosotros habéis sido en algún momento testigos de cómo todo ha ido evolucionando, pero testigos de una parte, no del todo.
Habéis vivido, como desde niño, se fue convirtiendo en lo que es hoy. A veces pensabais que yo exageraba cuando denunciaba su actitud agresiva, su impulsividad, su falta de empatía, y otras, las reconocíais y justificabais como parte de su personalidad, como algo normal.
Sé que mi carácter y el suyo son muy parecidos en cuanto a que no cedemos, a la tozudez, a que saltamos a la mínima.
Pero yo nunca intenté imponerme y marcar territorio como siempre ha hecho él. Nadie en la familia y menos su padre se ha enfrentado a él.
Siempre yo, como baluarte y defensa de lo que entendía como familia, como convivencia, como armonía, como respeto.
Y así me ha ido. Hostias por todos los lados. Por parte de él, porque me enfrentaba. Por parte del padre, para que no hubiese broncas con él. A veces incluso de vosotros, porque pensabais que lo quería coartar.
Pero no veíais a la persona que yo veía y que es. No veíais mis miedos y mi dolor en su mirada, en sus empujones, en sus puñetazos a las puertas, en las macetas volando. No los veíais.
No veíais como su carácter se fue agriando aún más con el alcohol y las drogas. Como su subidones y bajones los sufría yo.
Solo veíais al encantador de serpientes, que acudía a saludaros en vuestras visitas, con esa mirada dulce que sabe a quién poner, mientras yo ocultaba mis cicatrices con maquillaje, con pastillas, con alcohol.
Huyo para salvar lo poco que de mí aún queda. Me voy lejos, no lo suficiente. No hay distancia bastante para romper este dolor, para deshacer el amor que me ata a él.
Necesito que mi cabeza recupere algo de paz, necesito intentar romper vínculos que no me aportan nada bueno. Lo necesito, me ahogo.
Antes de naufragar del todo necesito alcanzar otra playa, otra isla, buscar la calma. Puedo vivir con dolor físico, con mis cicatrices, con mis canas, encerrada en mi rincón. Pero no aguanto más con el dolor de mi corazón que se desangra sin remedio, que se abre en dos, con cada día que vivo en la guerra de enfrentarme al hijo al que le di la vida y que me la está quitando. Al hijo que dejó en mí al nacer una cicatriz que atraviesa mi vientre, pero que no es la que duele, esa es la que me recuerda el dolor de todas las demás.
Sabréis de mí. Ya os contaré. Ahora dejarme ir. Dejarme sobrevivir “
Respiró profundo y dio al botón de mandar el mensaje. Luego apagó el teléfono. Se desconectó del mundo.
El dolor del estómago se fue deshaciendo mientras miraba por la ventanilla pasar la tarde.
En el horizonte, las vías del tren, se unían en el destino que la alejaba del dolor para llevarle hacia el sur, hacia una casa perdida en el campo, donde intentar comenzar otra etapa, donde crear un oasis que le devolviese las ganas de levantar la mirada al futuro, sin miedo, sin dolor, sin rencor, sin sentir en su espalda la sombra que la perseguía y la hacía presa.
Cerró los ojos y se abrazó al bolso, lo apretó contra su pecho, como queriendo llenar el espacio que quedaba vacío en su corazón, según avanzaba el tren. Dos lágrimas rodaron por sus mejillas, dejando dos cicatrices de dolor que el movimiento del tren acompañaba en su viaje.
Se supo libre en la distancia, libre de no enfrentarse a quien le estaba quitando la vida, libre por haber elegido huir, libre por poder respirar sin pedir permiso, pero se supo presa por el dolor que sabía que la seguiría acompañando el resto de su vida.
Dedicado a quienes no saben, no pueden, o han iniciado ya el camino hacia la libertad.

