
Merodeé durante meses la fortaleza. No negaré que me llevó un tiempo, incluso, poder llegar a su proximidad.
Durante jornadas enteras, estudié la forma en que acometer mi decisión de presentarme y poder entrar, de conocer lo que sus murallas tan imponentes escondían.
De a poco, me fui colando como uno más, cada vez que había ocasión de llegar a su alrededor, escondido entre las gentes que a su presencia llegaban.
Fui consiguiendo, que mi presencia me diese a conocer y resultase, cada vez más, habitual en su entorno. Fue un trabajo arduo y lleno de momentos escogidos. No quería arruinar mi firme propósito de verme dentro.
Fue en unas navidades, cuando, armado de valor, me presenté en su puerta y solicité acceso. El consentimiento para acceder, reforzó lo que mi deseo de tanto tiempo había deseado, entrar y conocer la fortaleza, sus murallas, sus almenas, sus dependencias, sus torres, sus defensas.
Lo que nunca pude llegar a imaginar, es que terminaría siendo conquistado por la propia fortaleza. Por todas y cada una de sus partes, hasta llegar al extremo de desear quedarme a vivir en ella, lo que hasta ahora he conseguido, pasando de ser un conquistador a un mero conquistado.
Ahora, mis días, ahogados en felicidad, hacen el camino de sus rincones a diario, disfrutando de la belleza que me depara, de lo que nunca imaginé que podría encontrar tras las murallas de esa fortaleza que tantas veces miré de lejos.
Alojado en lo más cálido de sus estancias, la vida, se tiñe de un color que antes nunca vi, el color de verme en los ojos de quién allí me retiene.
