
La tarde era lluviosa. Madrid se deshacía en charcos que hacían imposible transitar las calles. Me refugié en el viejo café, donde esperaba a que abriesen la taquilla del teatro.
Sentado al lado de una de las ventanas, la tarde se volvió oscura en muy poco tiempo, quedándome acompañado de la luz de la lámpara que había sobre la mesa. Fuera, el brillo de los neones del teatro se reflejaba en los ríos que cruzaban la calle.
El café humeante me hizo ameno el rato que esperé, a ver desde lo lejos, que la taquilla del teatro abría.
Fue casual pasar por allí y ver el anuncio de la obra. Pensé en hacer tiempo y llevarme ya la entrada, mientras me resguardaba de la lluvia, ahorrándome, además, los gastos de gestión de comprarlas por internet. Sabía, que el regalo la sorprendería, aunque no tanto en como me sorprendió a mi la forma en que me lo agradeció.
El modo en que me miraba a la entrada el día del estreno, esperando, pagó la aventura de haber atravesado un Madrid inundado. Ella es así. Paga con creces las esperas y los regalos, tan sólo con mirarme y atravesar con su mano lo que de mí la separa.
Bajo la lámpara, dejé la fecha con su nombre escrito sobre una servilleta de papel, doblada en triángulos, como había que hacer para crear deseos. Funcionó.
