La Herencia

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La gitana barajó las cartas, pero no llegó a extenderlas. Dejó el mazo de las cartas a un lado de la mesita y le pidió a Alicia su mano izquierda. Miró su palma de la mano durante un instante y la cerró. La miró fijamente a los ojos, luego al cuello y al pelo, y su mirada fija, sin pestañear, la asustó. La mirada intensa de la gitana la inquietó, la hizo sentir vulnerable.
-Eres tú. Llevamos esperando este momento muchos años. La maldición ha terminado.- Alicia se quedó perpleja oyendo lo que la gitana le decía, sin entender nada.
La gitana se levantó y le indicó que la siguiese. Dudó durante un instante que hacer, mientras salía del asombro que le producía la situación. La gitana la cubrió con un chal de color negro al llegar a una salita anexa y le indicó que la esperase de pie, mientras desaparecía detrás de unas cortinas.
A pesar de la situación no se sintió inquieta, comenzó a dejar de sentirse vulnerable, y comenzó a sentir que una especie de calma la iba inundando. Se fijó en un incensario del que salía un humo denso en la esquina de la salita en la que la gitana la había dejado.
Vio, que las cortinas por donde la gitana desapareció se movían, apareciendo esta con otra mujer muy mayor. Vestían muy parecido. La mujer tenía aspecto de rondar los noventa años. Andaba encorvada, ayudándose de un bastón de caña.
Al llegar a la altura de Alicia levantó unos ojos grises apagados, fijándose en la visita que la esperaba de pie. La expresión de la vieja gitana cambió al enfrentar su mirada con la de Alicia. Su cara expresó una sorpresa que acompañó con unas palabras que sonaron ininteligibles. Levantó la mano y cogió de la barbilla a Alicia, girando la cara de esta y viendo la marca de nacimiento en su cuello, luego, se giró mirando a la gitana más joven y asintió con la cabeza.
Cogió la mano de la mujer cubierta con el antiguo chal de las ceremonias y le dijo: – Sígueme. Te tengo que contar algo. Llevamos muchos años esperándote. No temas. Hoy empezarás a saber quién eres en realidad.-
Las tres entraron en una sala pequeña, pasando bajo unas cortinas muy pesadas por donde habían aparecido antes las dos mujeres. La penumbra de la sala y el olor a aceites esenciales y mixturas le llamaron la atención.
Se sentó en el sillón de mimbre que le indicaron. Alicia se sintió diferente, una paz embriagadora comenzó a recorrer su cuerpo, dejándose abrazar por el viejo sillón. La vieja gitana lo notó y Alicia, por primera vez, la vio sonreír. No iba a ser la última vez que los viejos ojos grises de la hechicera gitana le devolvieran una sonrisa.

Alicia pasó unos días raros. No sabía muy bien a ton de qué, notó, que todo a su alrededor giraba a una velocidad y de una forma que le sorprendía.
Tras el ritual en el que tomó unos brebajes y las confesiones de la vieja gitana, había dejado de dormir profundamente, como solía. Al acostarse no conseguía leer más de dos páginas sin que el sueño la abordase, cuando lo normal era estar hasta una hora, lo que achacó en un principio al cansancio por el trabajo, por tener que hacer las tareas suyas y la de la compañera que estaba de vacaciones.
Después de dormir un par de horas, entraba en una especie de duermevelas, en la que en ninguna posición duraba más de media hora sin tener que cambiarse de postura, desesperada por no volver a coger un sueño profundo. Esto le hacía estar un poco zombi durante la mañana, hasta que lo arreglaba en parte con una pequeña siesta después de comer.
A la vez de notar que le había cambiado el sueño, empezó a notar como una extraña sensación, la de saber con quién se iba a cruzar o quien llegaba cerca de donde estaba. Al principio no le dio importancia, tal vez por el cansancio o porque lo achacó a la pura casualidad, pero se terminó dando cuenta de que cada vez más, esa sensación se le hacía más intensa.
También, notaba de las personas que estaban cerca, una rara sensación en su estómago debido a la proximidad. Terminó dándose cuenta de que era influencia del estado de ánimo de dichas personas. Sentía, una sensación de cosquilleo agradable cuando la persona que estaba cerca trasmitía buenas energías, y, como si le hundiesen el estómago cuando dichas energías en esas personas eran negativas.
En su casa, su gata, la empezó a perseguir según llegaba, allá por donde fuese, refregándose y buscando caricias continuamente. A veces, se ponía muy pesada y no la dejaba ni descansar ni dormir el rato de siesta. La llegaba a desesperar, pero descubrió que con unas caricias y algún mimo, esta, la dejaba tranquila, aunque no terminaba de alejarse de su compañía.
Pensando el porqué de la actitud de la gata, creyó, que podría deberse o bien a la luna llena que acababa de pasar, o, que andaría con el primer ciclo de período, pues era aún cachorro, o eso creía.
A la semana de la visita a las gitanas se despertó con mal cuerpo. Era domingo y lo quería dedicar a terminar cosas pendientes que tenía en casa, pero a medida que avanzaba la mañana se sintió más revuelta. Era, como si dentro de su cuerpo se fuesen desencajando de su sitio los órganos, haciendo que su cuerpo funcionase mal. A medio día, reconoció una vieja sensación en su tripa que hacía seis meses había olvidado, pensando que por fin, la menopausia, se había hecho cargo de ella, a cambio de ciertos sofocos indisciplinados que no conseguía doblegar. No le hizo nada de gracia tener que rebuscar un tampón, y prever, que tal vez volverían a estar en la lista de la compra.
Había quedado por la tarde, pero las molestias eran más que las ganas de salir, así que decidió mandar un WhatsApp pidiendo disculpas, argumentando que se encontraba mal y cambiando la cita. La contestación la tranquilizó, sintió, que por lo menos algo funcionaba a su alrededor. Se tumbó en el sofá y la gata se le acurrucó al lado de su vientre. Se quedó dormida un largo rato, en el que la vieja gitana la visitó en sueños. Le contó, que en realidad, lo que le pasaba era todo un mismo proceso debido a los cambios que se iban a producir dentro de ella. Que esos cambios no eran solo emocionales si no también físicos. Que no se preocupase, que durarían unos días más y pasarían. Después, se sentiría mucho mejor.
Despertó, y la gata continuaba acurrucada a su lado. Le hizo una caricia y notó el ronroneo de confirmación que le había gustado. Sonrió y ella también se notó mejor.
Sonó el teléfono y se incorporó de mala gana a cogerlo. Era Gertru, la gitana más joven. La voz al otro lado empezó a serle familiar cuando la oyó. La citaba para el domingo siguiente.
No traigas puesto nada de metal. Trae el pelo suelto y ropa fácil de quitar y poner. Vente sobre las cinco. Te mando por WhatsApp la ubicación.
Se despidieron y volvió a dejar el teléfono sobre la mesita. Su gata la miraba fijamente sentada sobres las patas de atrás, entendió, por su mirada, que sabía para que la habían llamado.

Apenas durmió la noche del sábado. Los nervios la envolvieron en una espiral de preguntas que no sabía responder. Le producía inquietud el dejarse llevar por las gitanas a las que había llegado, pensaba que por casualidad, al principio, pero que ya intuía que no había sido así, y no sabía muy bien para que tenía que volver a verlas.
Recordó, que Irene, la compañera de trabajo, la convenció para que fuese a que una gitana de su barrio le echase las cartas. A ella, y a otras conocidas, se las había echado ya, con buen atino. Casi todo lo que les predijo se cumplió.
Venga, Alicia, anímate, ya verás. No sé por qué tienes tanto reparo. Vas allí, le dices que vas a que te echen las cartas y ya está. ¿Qué te puede pasar, qué no acierte nada?, ¿Qué pierdas veinte euros?, ¿Venga, no seas tan sosa?
La constancia de Irene dio sus frutos y Alicia consintió en ir a regañadientes, aunque puso como condición que Irene la acompañase, para que luego la dejase colgada por un tema familiar, como casi siempre. Después de aceptar, volviendo a casa, le daba vueltas a lo de ir que le echasen las cartas, sentía una sensación rara, como de unos nervios que se le concentraban en el estómago y además le hacían palpitar más rápido el corazón. Le sorprendía esas sensaciones, hacía muchos años que no sentía nada así.

Su vida, fue una constante lucha para salir de los problemas, encarando sola las curvas y las cuestas que la vida le había ido poniendo por delante, venciendo los nervios y decepciones, a las que dejó de lado. Empezó a trabajar muy joven, para ayudar en una casa donde cada uno aportaba lo que podía, alejando así el fantasma de la necesidad. Siempre quiso haber seguido estudiando, no se le daba mal. Siempre soñó con terminar estudiando interpretación o danza, y cuando soñaba despierta, se veía en una sala dirigiendo a un grupo de chicas en una coreografía. Pero las circunstancias, la obligaron a tomar el camino de las duras madrugadas llegando a trabajar, siempre con una sonrisa por delante, siempre pensando que todo iría a mejor. Incluso, cuando tuvo que criar a su hija sola, dejándola casi recién nacida en casa de los tíos y los abuelos para que la cuidasen, no perdió esas ganas de comerse el mundo.

Pensaba, mientras caminaba, que debía tener bajas las defensas para que algo así le afectase de esa manera, cuando lo que estaba es acostumbrada a vencer situaciones de este tipo, sin que le mermasen las fuerzas lo más mínimo.

Tal como acostumbraba llegó un rato antes. Paró el coche delante de la puerta de la casa y bajó. Temía perderse, nunca había ido por esa carretera, y menos, para terminar en una vieja pero cuidada casa de piedra en la sierra. Al cerrar el coche y girarse, Gertru, ya la esperaba sonriendo en la puerta.
Dentro de la casa la esperaban la vieja gitana y dos mujeres más, que por lo que pudo deducir por sus rasgos y ropas eran gitanas también.
La saludaron por turnos, cogiéndole cada una las dos manos a la vez y apretándoselas. Luego, le indicaron que se quitase la chaqueta y se sentase cerca de la chimenea, en una sala, donde el fuego, además de calentar el espacio la iluminaba.
Alicia, debes estar preparada y tranquila. Lo que hoy vas a hacer te va a conectar con tu verdadera esencia, con la mujer que de verdad eres.- Las palabras de una de las gitanas que acababa de conocer le provocaron un pequeño escalofrío por el cuerpo. La gitana lo notó y acercó su silla a la de Alicia, tomó las dos manos de esta entre las suyas y Alicia notó una calma interior como pocas veces había sentido.
No tienes que preocuparte. No es nada malo, ni te va a pasar nada.-
Mientras le hablaba, la gitana miraba fijamente a los ojos de Alicia que apenas parpadeaba, viéndose reflejada en aquellos ojos tan verdes y tan grandes.
-Verás,- continuó la gitana, – tú procedes de una estirpe muy especial, la de los Ramallo. Son una de las ramas gitanas más antiguas que proceden del norte de Europa, de Hungría. Un bisabuelo tuyo, por parte de padre, enviudó. Era viajante, trataba con cuerdas mantas y lanas. Estando de viaje de trabajo, por la zona de Galicia, conoció a Dika, hija del patriarca de una comunidad asentada a las afueras de Lugo, con el que tu abuelo tenía tratos. Allí la conoció y se enamoró perdidamente de ella. Dika, era por aquel entonces muy joven y muy guapa. Tenía muchos pretendientes, gitanos de su mismo asentamiento y de otros, que la solicitaban a su padre. Ahí se cruzó tu abuelo, pidiendo al padre de Dika que se la diese para casarse. Le prometió que la cuidaría y la mantendría, sacándola de ese mundo. Pero las leyes y tradiciones de nuestro pueblo eran muy tajantes y cerradas, no les consentirían estar juntos ni que Dika se fuese.
Dika, había sido iniciada en los ritos ancestrales de su pueblo, en los que al nacer mujer y con las tres marcas, sería portadora de los poderes que solo a unas pocas les eran concedidos, nacer con los ojos de color azul claro, pelo rizado y rojo y la marca de la luna en el cuello.
Tu bisabuelo se dio mañas para encandilar a Dika. Era un hombre alto y fuerte, con una voz muy grave y mirada penetrante. Tenía los ojos claros y la tez oscura, de viajar a la intemperie.
Consiguió, entre visita y visita al asentamiento, que Dika se fijase en él y se enamorase, aceptando escaparse a escondidas en una noche de luna negra.
Así pasó. Tu bisabuelo ya tenía preparado todo, temiendo que los buscasen y hubiese represalia. Tomaron un tren nocturno hacia Madrid. Una vez llegaron, consiguió ocultarla en casa de unos parientes, y a través de contactos por sus negocios conseguirle papeles con otro nombre en el registro, ya que al ser gitana no los tenía.
Unas hechiceras, en esa misma luna negra, maldijeron a tu bisabuelo y a Dika por huir. Tu bisabuelo murió sin conocer a la hija que tuvo con Dika, y ella, cargaría con una niña mitad paya mitad gitana en un mundo que las señalaría como diferentes. Sólo hasta que la línea de sangre de las hechiceras no se rompiese, como estaba escrito en los antiguos libros, la maldición de los poderes en las mujeres descendientes del linaje de Dika permanecerían ocultos. Y así ha sido hasta ahora. Hace unos meses, las dos últimas hermanas, descendientes de las hechiceras que formularon la maldición, murieron. Con ellas se acaba su estirpe. Eran las que mantenían la maldición de tu linaje. Al morir ellas, la maldición se extingue. Ahora, tú ya podrás recobrar lo que te va en la sangre. Estarás conectada con los tuyos, con tu verdadera esencia, con las fuerzas de la naturaleza, comenzarás una nueva vida, y tu hija, también será portadora de los dones.
Alicia, había estado escuchando boquiabierta. No daba crédito a lo que le había contado la gitana. ¿Qué ella era gitana? ¿Qué tenía poderes? ¿Qué se iba a conectar a quién? ¿Qué una maldición le había quitado qué..? En su cabeza empezó a ebullir un remolino de preguntas sin respuestas. Se puso de pie y miró a las mujeres que la miraban serias y en silencio.
– No entiendo nada. No sé de qué va esto. ¿No será una broma, verdad? –
Una de las gitanas, que hasta entonces había estado en silencio, se dirigió a Alicia con voz muy pausada, con un marcado acento gallego.
– Alicia, lo que Alba te acaba de contar es la verdad. Nosotras solo queremos devolverte lo que es tuyo. Esto no es ninguna broma, es algo muy serio. Cada una de nosotras, hemos venido de lejos para hacerte un ritual en el que esta noche de luna negra te sea devuelto lo que en otro momento se te negó. Nada más. Somos guardianas de una tradición milenaria de nuestro pueblo, y queremos que continúe la tradición, que tú seas parte de ella.-
Alicia las miró y volvió a sentarse. Hubo un largo silencio en el que Alicia se quedó mirando fijamente las llamas de la chimenea, solo se oía el crepitar de la madera que se consumía, hasta que volvió a romper el silencio.
¿Y de qué trata el ritual? ¿Y después,…, que va a pasar? ¿Qué tengo que hacer? –
Alba se puso de pie y fue al lado de la gitana más anciana, poniéndose detrás de ella y posando sus manos en los hombros de esta.
– Alicia, es normal que te sientas desconcertada, esto que te hemos contado te debe parecer una película, pero no es así, es la verdad. Nosotras hacemos lo que la tradición manda, nada más. Lo que has notado estos días, desde que viste a Gertru y a madre Tera hace unas semanas, cuando te dijeron que algo grande y bueno te iba a pasar, y te dieron a tomar aquel te, no es más que el principio. Por eso has notados cambios dentro de ti, por ejemplo, sabes con anticipación quien llega donde tú estás, el por qué tu olfato se ha vuelto mucho más fino, por qué los gatos buscan tu compañía, la conexión en los sueños recibiendo mensajes,… esto no es más que el principio. Confía en nosotras. Con el ritual de hoy te despojarás de todas las capas que cubren a la verdadera Alicia. Serás una persona nueva, una más de nosotras. Tu espíritu será liberado de la prisión de la maldición. Lo que pase después es cosa tuya.-
Alicia, miró una por una a las mujeres que la miraban en silencio a ella, acabando enfrentada a los ojos grises de madre Tera. Era la segunda vez que la veía sonreír, no le hizo falta decir que accedería al ritual. Madre Tera miró a Gertru y le hizo un gesto, le indicaba que debían pasar a hacer el ritual.

En una habitación, habían puesto un barreño redondo grande en el centro, rodeado de doce velas negras y doce velas blancas, colocadas como en disposición horaria. Las velas negras estaban en el círculo interior y las blancas en el exterior. En un lateral, había un espejo grande cubierto con una gasa, orientado hacia el barreño.
Ordenaron a Alicia que se desnudase completamente y se cubriese con un pañuelo de gasa muy grande que la cubría por completo, mientras, llenaban el barreño con agua caliente que traían en cubos. Cerraron la puerta de la habitación y el postigo de la ventana, y ataron la manivela de la puerta con un pañuelo anudado. En un incensario de cobre quemaron hojas de laurel con sal. Luego, le ofrecieron a Alicia una taza con una infusión humeante, que le recordó a la que bebió semanas antes cuando fue a ver a las gitanas. Cuando acabó, encendieron el círculo de velas negras y echaron en el barreño el contenido de una bolsa de tela que parecían ser hojas secas. Gertru, apagó la luz de la habitación, que se quedó solo iluminada con las velas, e indicó a Alicia que se quitase el pañuelo y se metiese dentro del barreño, sentándose sobre sus talones. Las cuatro mujeres, entonces, rodearon el barreño y arrodilladas, comenzaron a lavar el cuerpo desnudo de Alicia, recitando algo en una lengua que ella no entendía. Cada una, cogía agua entre sus manos y la derramaban sobre el cuerpo de Alicia, que empezó a dejar de sentir vergüenza por la situación y a dejarse llevar por algo parecido a una mezcla entre placer y éxtasis. No se dio cuenta del tiempo que pasó, estaba como sumergida en una burbuja que la hacía disfrutar del momento y de el goce de sentir el agua y las manos de las gitanas sobre su cuerpo.
Sintió que tiraban de ella para que se pusiese de pie, y al hacerlo, la comenzaron a secar. Alba presionó sobre el pubis de Alicia con una toalla y le indicó que la sujetase. Al hacerlo, miró instintivamente hacia abajo y vio que había sangre en la toalla, procedía de su sexo. Alba la consoló diciéndole que era normal, que formaba parte del ritual, que no se asustase.
Se quedó de pie dentro del barreño, sujetando con las dos manos la toalla. Entonces, las mujeres apagaron las velas negras y encendieron las blancas. Se separaron y fueron hacia el espejo, donde madre Tera lo descubrió.
– Alicia,- le dijo, esta que ves ahora en el espejo es la Alicia que siempre has llevado dentro, la que a partir de ahora serás. Haz un giro sobre ti hacia la derecha y otro hacia la izquierda. Sal y ven. Enfréntate a ti misma.-
Alicia hizo los giros como le habían indicado y salió del barreño. Gertru, le quitó la toalla que aún llevaba tapando su sexo y la acompaño hacia el espejo. Noto que dos hilillos de sangre caían por una de sus piernas desde el sexo hasta el suelo, dejando gotas de sangre al lado de las pisadas mojadas. Cuando se acercó al espejo y se miró se sorprendió. Veía a una Alicia más rejuvenecida, sin manchas en la piel, con el pelo totalmente rojo, no castaño como lo llevaba, y en su pierna no había rastros de sangre, aunque si la miraba si lo veía. Entendió que lo que el espejo le devolvía era la imagen de su interior, la Alicia que había emergido y se había liberado de la antigua maldición.
Fue entonces cuando todas se fundieron en un largo abrazo en el que Alicia comenzó a llorar. Alba, la cubrió con una toalla y la llevaron cerca de la chimenea, para que no se enfriase. Mientras, las cuatro mujeres recitaban al unísono una especie de mantra corto, a la vez que apagaban las velas blancas y encendían una lámpara pequeña.
Alicia, permaneció abrazada a la toalla mirando las llamas en la chimenea un largo rato. Luego, se puso de pie para ponerse la ropa que le traía Alba. Se sonrieron, denotando la conexión que se había establecido de Alicia con el mundo, al que muchos años atrás se le había negado acceder.
Al terminar de vestirse, vio, sorprendida, que podía diferenciar el verdadero aspecto de las gitanas, no solo su cuerpo físico, sino también el verdadero, que a la par que ella, las mostraba con unos rasgos muy parecidos y definidos; mismo pelo rojo y rizado, mismos ojos, la misma marca en el cuello.
Sintió una paz profunda, y de su garganta, salió una expresión de gozo acompañada de palabras que pronunció en un antiguo dialecto zíngaro. Sabía el significado, como también sabía, que a partir de ese momento su vida estaría marcada por ser la nueva Alicia, hija de una tradición que la llevaría a descubrir el verdadero significado de su existencia.

 

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