Coillure

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La mañana amaneció nublada, pero la señora que servía el desayuno en el hotel de Figueras, donde nos hospedamos, nos advirtió que el día estaría despejado, aunque al ser enero habría que tener cuidado con la temperatura.
Cruzamos la frontera por La Junquera en dirección a Le Boulou, allí nos desviamos a Argelés sur Mer y tomamos el desvío a Coillure.
Al llegar seguimos las indicaciones de un parking donde dejamos el coche. Bajamos andando la calle hacia el centro. De paso, entramos en un pequeño bar-croissanterie, a tomar un café y un pequeño bollo que lo acompañó.
Mientras lo servían, releí las notas que había recopilado de aquí y de allá en mi cuaderno de viaje sobre los últimos días de Antonio Machado.

Salió desde Cataluña hacia Francia junto con miles de republicanos derrotados que formaban una inmensa columna, hostigada por la aviación alemana al servicio de Franco. Iba con Ana, su anciana madre, con su hermano José y Matea, la mujer de este.
En un cuaderno de notas poco conocido, su hermano José, que era pintor, relató los últimos días del poeta. Cuenta las penalidades del camino hasta llegar a la localidad de Cerbére, donde se refugiaron en la cantina de la estación. Allí, en la cantina, el espectáculo que se ofrecía a los ojos era desolador. Los españoles agotados y deshechos, sin dinero, eran tratados por los mozos del establecimiento con tal desprecio, que lo primero que preguntaban era si tenían dinero con que pagar. En caso negativo, no les daban ni un vaso de agua.
En los andenes de la estación, todavía peor, se sufría el acoso de los gendarmes, que no se ocupaban más que de reclutar gente para los campos de concentración, separando a los hijos de los padres y a las mujeres de los maridos. Y todo esto de la manera más bárbara y brutal.
En el cuaderno de notas que escribió, ya en Chile, para sus hijas y su hermano Manuel, añade José que “fue un verdadero milagro que escapásemos a las garras de estos esbirros, verdadera vergüenza de la especie humana”. Se refugiaron en un vagón arrumbado en una vía muerta.
Al atardecer del día siguiente cambió su suerte. Corpus Barga, uno de los mejores amigos que los acompañaron en el éxodo, logró llegar a Perpiñán, y regresó con algo de dinero para llevarlos al cercano pueblo de Colliure. Barga, llegó hasta el punto de tener que coger en brazos a doña Ana y llevarla desde la estación de Coillure al pueblo por la calle que lo cruzaba y que terminaba en el mar. Siguiendo este camino, llegaron a la plaza principal, donde, ante un pequeño arroyuelo, se levantaba el pequeño hotel Bougnol-Quintana, en el que quedaron alojados. Los Machado carecían absolutamente de todo al llegar a Francia. En Cervià de Ter tuvieron que abandonar parte del equipaje y el resto en el puerto de Belitres. Así que llegaron a Colliure «con lo puesto», según la expresión de Matea, esposa de José Machado. Llegaron el 28 de enero a la que sería la última morada del poeta.
En esos días, recibió del secretario de la embajada española en París, los medios para hacer frente a las necesidades más apremiantes.

Transcurrieron unos días, añade José, en los que el reposo pareció aliviarle la afección del corazón a su hermano. No obstante, veía claramente que se aproximaba el final de su vida.
Los sufrimientos físicos y morales que tuvo que soportar Antonio Machado desde que salió de Madrid agravaron una salud ya precaria. Gran fumador y bebedor de café, enfermo del corazón, el poeta ve con toda claridad que tiene un organismo gastado. Dos años antes, en 1937, escribió a David Vigodsky: «Soy viejo y enfermo […] viejo, porque paso de los sesenta, que son muchos años para un español; enfermo, porque las vísceras más importantes de mi organismo se han puesto de acuerdo para no cumplir exactamente su función».
No podía sobrevivir a la pérdida de España. Tampoco, sobreponerse a la angustia del destierro. Este fue el estado de su espíritu el tiempo que aún vivió en Colliure.
Unos días antes de su muerte, mientras trataba en vano de arreglar sus desordenados cabellos, le dijo a su hermano José: “Vamos a ver el mar”. Esta fue su primera y última salida. Allí se sentaron en una de las barcas que reposaban sobre la arena. El sol de mediodía no daba casi calor.
Al cabo de un largo rato, el poeta, señalando una de las humildes casitas de pescadores, le dijo a su hermano: «¡Quién pudiera vivir tras una de esas ventanas, libre ya de toda preocupación!». Después se levantó trabajosamente y, en silencio, regresaron al hotel.

Debido a su estado de salud cada vez más deteriorado acabó sin fuerzas para levantarse de la cama. Estuvo cuatro días muy agitado e inquieto. Se veía morir. A veces se le oía decir: «¡Adiós, madre, adiós, madre!», pero doña Ana, que estaba en otra cama, a su lado, no le oía porque estaba sumida en un coma profundo.
Cuando Antonio murió, como la habitación era pequeña, tuvieron que sacar el cadáver alzándolo sobre la cama donde doña Ana estaba inconsciente. Antonio estuvo de cuerpo presente en otra habitación.
También se ha repetido que su madre murió tres días después sin enterarse de la muerte de Antonio, y tampoco es cierto. Apenas habían sacado el cuerpo sin vida de Antonio, doña Ana tuvo unos instantes de lucidez. Miró hacia la cama de su hijo y preguntó, como si la naturaleza le hubiera avisado de lo sucedido, con voz débil y angustiada: «¿Dónde está Antonio? ¿Qué ha pasado?» Y José, conteniéndose como pudo, le mintió diciendo que ya sabía que Antonio estaba enfermo y que se lo habían llevado a un sanatorio. «Allí se va a curar», le dijo. Luego cerró los ojos y tres días después moría.

La noticia de la muerte se propagó rapidísimamente, añade José, y en las primeras horas de la mañana siguiente recibió una carta del escritor Jean Cassou, solicitando en su nombre y en el de los escritores franceses, que el entierro se hiciese en París. Pero declinando este ofrecimiento, José, mirando más que nada la sencilla y austera manera de ser del poeta, decidió que el entierro debía ser en Colliure.
Al entierro se sumó todo el pueblo, con su alcalde a la cabeza. Pero lo más emocionante fue que seis milicianos, envolviendo el féretro con la bandera de la República española, lo llevaron en hombros hasta el cementerio. Para realizarlo tuvieron que escapar del castillo de Colliure, donde estaban retenidos.
Antonio Machado murió pasadas las tres de la tarde, un miércoles de ceniza, el día 22 de febrero de 1939. Había traído consigo una pequeña cajita de madera con tierra que había recogido antes de cruzar la frontera y una tarde, hablando con la dueña de la pensión que lo acogió a él y a su familia, le dijo: “Es tierra de España. Si muero en este pueblo, quiero que me entierren con ella”.
Su hermano José y su cuñada Matea cumplieron su deseo, y en el ataúd, vertieron la tierra que el poeta había traído consigo.
Antonio fue enterrado en un panteón en el que quedaba sitio, cedido por una amiga de madame Quintana, la dueña del hotel, pensando que sería temporal por que antes o después sería devuelto a España para ser enterrado en su tierra. Pero no fue así, al necesitar la familia el sitio, hubo que sacar los restos de Antonio y ponerlos con los de su madre, en la misma tumba, donde descansan desde entonces.
Algunos días después de la muerte de su hermano, José halló un papel arrugado en el gabán del poeta. En él había escrito a lápiz tres anotaciones. La primera reproducía en inglés las palabras con las que comienza el famoso diálogo de Hamlet: ‘Ser o no ser’.
La segunda tenía solo un renglón. En el renglón se veía escrito el último verso que escribió en vida; ‘Estos días azules y este sol de la infancia’.
Y en la tercera y última, reproducía completos estos versos suyos, ya publicados, pero en los que introducía una corrección:
‘Y te daré mi canción:
Se canta lo que se pierde
con un papagayo verde
que la diga en tu balcón’
La corrección consistía en decir ‘te daré’ en vez de ‘te enviaré o te mandaré mi canción’.

 

Al salir del bar, seguimos las indicaciones del mapa que me había preparado dentro del cuaderno y llegamos al cementerio. Era a media mañana y estaba solitario. El sol iluminaba a medias la tumba sobre la que había algunas flores rojas y violetas, unas placas conmemorativas y otra con el último verso que escribió.
Escribí un recordatorio sobre una hoja en blanco de mi cuaderno, intentando sintetizar en ella lo que después de tanto tiempo sentía al estar allí, sentado al borde de la tumba del poeta del que memoricé sus poemas al oírlos incansablemente de la voz de Serrat, en una de las primeras cintas de casete que mi hermano compró.
Al acabar arranqué la hoja del cuaderno y la doblé, metiéndola después en el buzón que hay al lado de la tumba. Sonreí al hacerlo, recordando la ocurrencia que tuvo mi amiga Charo de abrir el buzón y leer los escritos que allí se amontonaban, y cómo uno de ellos la emocionó.
Un exiliado, derramó sobre una hoja la decepción que sufrió al retornar a la España liberada, en la que se sintió extraño, excluido, desconocido. Nada de lo que guardaba en su recuerdo estaba ya. Todo era distinto, diferente. Perdió en pocos días de visita la ilusión de toda una vida por volver a su pueblo, con su gente. Se sintió extranjero en su tierra, con el dolor que eso conlleva. Decidió quedarse a vivir en Francia, donde con los años logró ser alguien y tener amigos. En el escrito, compartía el dolor de haber tenido que huir; …don Antonio, solo los que tuvimos que salir así sabemos el amargor que llevamos dentro y que nunca se quitará… …es mejor estar aquí, guardando los recuerdos de cuando fuimos felices allá, que no tener que revivir allí el dolor de sentirte extranjero otra vez…

El silencio se vio roto por un grupo de visitantes, que al igual que nosotros, buscaba ver la tumba del poeta.
Salimos en dirección a la playa de san Vicente, pasando delante del hotel Quintana. Me sorprendió el color del mar y del cielo, el de la luz que iluminaba las casas, el de las barcas en la playa. Sabía que pintores como Matisse, Picasso o Chagall entre otros, también habían quedado prendados por esa luz.
Aprovechamos la mañana soleada en dar una vuelta por el centro del pueblo, antes de volver para comer en Figueras, donde por la tarde nos esperaba la visita al teatro-museo Dalí.
Al volver hacia el coche, miré en dirección al cementerio y supe que no sería la última vez que volvería allí. Supe, que hay más letras para mi cuaderno que acabarán escritas a los pies donde reposa uno de los que hace posible que estas líneas y otras hayan sido escritas.
                                                                         El Cuaderno de Viajes – Coillure

     A Merche, para que descubra el azul de Coillure.

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