
Salió a la calle con ganas de llorar y se reprimió mientras caminaba la calle abajo. La mezcla de dolor desesperación frustración y pena se apoderaron de él. Caminó sin rumbo durante un rato, dejándose perder entre las calles del pueblo.
Caminaba con la cabeza inclinada mirando al suelo, no sentía ganas de dejarse sorprender por la luz de la mañana, como solía hacer. Quería olvidar, desprenderse del dolor que sacó de aquel despacho al que la herencia de su tía le había llevado.
Nunca una firma en un papel le supuso tanto dolor. Nunca imaginó que enfrentarse a los suyos le supusiese el coste de sentir que algo por dentro se había roto.
Se sentó en un banco de madera, delante de la biblioteca del pueblo. Se sentía derrotado, cansado, necesitaba reponerse del desgaste que los nervios le habían producido. Encontrarse con los que hasta ese momento habían sido su familiares más cercanos y queridos, con los que había convivido durante años, con los que había celebrado y disfrutado, y que ahora los sentía enfrente por las decisiones de como él, al haber heredado la potestad de gestionar los bienes, había dispuesto según su criterio el reparto, secreto que guardó hasta el último momento.
Sabía que podría haber desacuerdos, pero nunca imaginó que llegaría a tener que enfrentarse a la avaricia, el orgullo y la arrogancia de los que le dieron la espalda dentro de su propia gente, por algo en lo que había trabajado en silencio para que todos saliesen beneficiados por igual.
Ese empeño en no querer hacer el mal a ninguno de ellos, sopesando el cómo hacer para que todos tuviesen una parte equivalente le llevó mucho tiempo, mucho esfuerzo. Y la decisión final le pareció la mejor, por ser la más simple y tomada desde el afecto que le unía a todos.
Pero las desavenencias no tardaron en llegar. Al comunicar la lectura de reparto y hacerla pública, hubo quien directamente le mandó a la mierda y le amenazó con acabar en juicio, decían sentirse traicionados por no haber sido informados antes. Hubo quien mostró su desacuerdo en un principio, pero terminaron aceptando, y hubo, los menos, que se mostraron por la labor de acabar cuanto antes e intentar que todo terminase lo mejor posible.
Se incorporó hacia adelante en el banco, apoyando los codos en sus rodillas, cubrió su cara con las manos, sentado, hundido en sí mismo. Estuvo así hasta que comprendió que hizo lo correcto y que no tenía que martirizarse más por ello.
Cuando se incorporó y abrió los ojos, se dio cuenta que había un libro a su lado en el banco, del que no se había percatado.
Era un libro viejo, de tapas duras y manoseadas, cuyo título apenas se dejaba leer. Lo cogió y lo hojeó distraídamente, mirando en las hojas el tipo de letra y el contenido. Encontró varias hojas con dobleces, y una de ellas hizo que se separasen más las hojas al pasarlas. Entonces encontró remarcadas unas líneas de texto que intentó leer, pero no pudo. El tamaño de letra era pequeña y no las conseguía ver.
Le dio pereza sacar las gafas y lo pospuso hasta llegar a un bar cercano, en el que había mesas de terraza libres, al sol, en las que acompañado de uno de los cafés que le daban la vida, seguro, podría leer ayudado de las lentes.
El libro era de Emil Cioran, y en él, se destripaba en forma de biografía partes de su trayectoria y trabajos. Buscó la página marcada y leyó el párrafo subrayado; Nuestro rencor proviene del hecho de haber quedado por debajo de nuestras posibilidades sin haber podido alcanzarnos a nosotros mismos. Y eso nunca se lo perdonaremos a los demás.
Le hizo gracia el texto, pensó si era casualidad haberlo encontrado justo ese día. Cerró el libro y fue saboreando el café humeante que le devolvió a la vida, al presente, intentando no quedar por debajo de sus posibilidades.
Recordó la tienda de artesanía de cobre, cuyos brillos le llamaron la atención al pasar y a la que no pudo entrar, por que estaba cerrada. Pensó, que ir a curiosear le serviría de terapia para olvidar el mal rato que había pasado.
Terminó el café y pidió la cuenta, mientras guardaba las gafas y el libro en su mochila, seguro que tiene algún párrafo más que me vendrá bien leer, pensó.
