– El tiempo, el tiempo es el regalo de la eternidad. Es el premio de los dioses para los mortales. –
Patricia se calló durante un rato, mirando hacia las montañas. Su perfil a contraluz me recordó que no tenía la cámara a mano, lo que me frustró. No quería perder ese momento, quería inmortalizarlo, pero no quería moverme para ir a buscarla y que Patricia dejase la pose en la que estaba, ensimismada, perdida en su mundo.
Siempre me gustó observarla en silencio. Era cuando más me daba cuenta de lo mucho que me atraía, del deseo tan fuerte que tenía de estar con ella.
Se giró hacia mí, me guiñó un ojo y sonrío. Su cara empezó a brillar y perdió el rictus de trascendencia en el que había estado sumida. Eran esas expresiones la que más me hacían sentir mis deseos por ella. De cogerle las manos, de abrazarla. De traspasarle todo el amor que en esos instantes me hacía sentir.
La abracé en un abrazo profundo, lento, hundiendo mi nariz en su cuello, absorbiendo toda su esencia a través del olfato, del calor de su cuerpo, de sentir nuestros latidos desacompasados.
Lloré. Lloré desde lo más profundo de mi ser, por sentirme envuelto en puro amor, por ser uno con ella en ese abrazo, por sentir que el tiempo se había parado, por oír mi nombre en sus labios, por sentir sus brazos apretándome en un abrazo que me traspasaba. Me sentí feliz como pocas veces. No quería moverme, perder ese abrazo, esa unión.
Patricia separó su cabeza de la mía deshaciendo el abrazo y me besó.
Musitó de nuevo mi nombre, mientras sujetaba mi cara entre sus manos y me dijo un te quiero desde lo más profundo, secando a la vez mis lágrimas con sus pulgares. Sus ojos castaños se encharcaron al volver a besarme.
– Siempre te querré, no lo olvides. Siempre estarás en mí – me dijo mientras separaba sus labios de los míos.
El despertador sonó, sacándome del sueño profundo. Me senté sobre la cama, y mientras dejaba que mi cuerpo asimilaba el cambio de posición, recordé lo que había soñado.
Hacía mucho que no dormía tan profundo y que mantuviese el recuerdo de los sueños al despertar, lo que me sorprendió.
Mientras desayunaba, releí los WhatsApp de la noche en el teléfono. Había uno de Patricia, lo que me sorprendió aún más.
Me contaba que pasaría por Madrid y que le apetecería verme, si era posible. Me quedé embobado mirando el teléfono sujeto en una mano y con la taza de café en la otra. Los latidos de mi corazón impulsaron a mis dedos a contestar que a mí también me apetecería verla. Que me dijese cuando vendría.
Apuré el café, mirando en la pantalla del teléfono si el mensaje le había llegado y como se bloqueaba la pantalla, mientras esperaba la contestación.
De camino al trabajo, en el coche, oí que me entraba un mensaje en el WhatsApp. Miré de refilón en el reloj, para ver de quién era el mensaje, y vi que era de Patricia.
Mandaba un texto largo, así que pospuse el intentar leerlo hasta llegar al trabajo.
La mañana se iba abriendo mientras avanzaba hacia un sol perezoso del primer día de invierno, en un diciembre que ya olía a Navidad.
A Patricia
21 diciembre ’21
