El Puente

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Al subir al puente encontré a Felipe sentado sobre uno de sus petriles, de espaldas al sol, con las piernas cruzadas y su antebrazo derecho apoyado en la pierna, descansando el peso de su espalda sobre ella. En su mano, un paquete de ducados y un cigarrillo encendido.
Mientras yo iba y venía, haciendo fotos, me seguía con la mirada. Al parar a cambiar el objetivo, a su lado, me comenzó a hablar de lo bonito que era el entorno, y como de él se podían hacer muchas fotos y donde las mejores. Me habló del puente sobre el que estábamos, de origen medieval, aunque muchos lo atribuían a los romanos, pero que el hijo del Satur, que tiene estudios, decía que era un error. Que era por la forma de construcción por lo que parecía romano, pero que era medieval, de hace mucho tiempo. Remarcó lo de mucho tiempo moviendo la mano del cigarrillo al aire, como queriendo dar un valor añadido a eso del tiempo. Dio una calada al cigarrillo y volvió a su pose.

La larga barba blanca, que amarilleaba cerca de la boca por la nicotina, disimulaba una boca de dientes escasos, lo que hacía que a veces costase entender lo que hablaba.
Su piel tostada daba a entender su vida al aire libre entre idas y venidas. Decía que a el la casa no se le caía encima, que siempre estaba con algo entre las manos. A sus pies, a la sombra, señaló un manojo de espárragos trigueros.
Con tono jocoso, decía que estar jubilado en el pueblo es tener tiempo para todo. Que uno puede hacer, y cuando quiera, lo que le apetezca.
Hoy, me levanté a las siete o así. Me hice unos huevos fritos con panceta y café. Listo para toda la mañana. Como sabía que iba a hacer bueno me fui para el monte, a espárragos. Y mira, ya tengo para comer.
Así es la vida aquí.
Lo remarcó con un gesto de sus manos abiertas al cielo y dio otra calada al cigarrillo.

Me habló, que desde que hicieron la presa, rio arriba, el problema del agua en el pueblo había mejorado mucho, y que se notaba en verano, cuando se triplicaba la población. Que antes, con la escasez del agua en el pueblo venían pocos veraneantes.
Pero que en invierno estaban los cuatro de siempre. Que el pueblo estaba medio muerto. La falta de trabajo y servicios espantaba a la juventud hacia las ciudades.
Mi muchacha, desde que murió la madre, viene menos. Se deja caer algún fin de semana cada tres o cuatro meses. Dice que le agobia el pueblo. Que necesita salir y ver gente y que aquí se pone mustia, que viene por mí. Esto es así. Los que no hemos visto otra cosa estamos hechos a ello. La juventud quiere marcha.., dijo cambiando el semblante y sonriendo.

Al levantarme, ya para irme, después de otro rato de confidencias, me indicó que fuese a hacerle fotos a las fuentes, que estaban muy bonitas y limpias, indicándome con la mano por donde las encontraría.
Le agradecí las indicaciones y le desee un buen día, a lo que me contestó con un vete con Dios, que me hizo recordar esa coletilla en otros tiempos, en un pueblo lejano del que hui, buscando de lo que ahora huyo.

 

 

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2 respuestas a “El Puente”

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