En Tercera Persona

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I
Apuró todo lo que pudo el rato de sol que pasó en el banco del parque, se lo tomaba como un pequeño premio que se auto merecía. Mientras, Chiki, correteaba asustando palomas bajo la mirada ausente de su dueña.
A Rosa, los ratos así le daban la vida, como reconocía a veces cuando compartía un café y confesiones con las amigas.
Esos ratos en los que partía la rutina y paraba, le servían para desconectar. Había aprendido, con el tiempo, a romper la dinámica dura y estresante del día a día e intercalar, siempre que podía, ratos así, en los que no estar, en los que dejar al reloj sin sentido y a su cabeza divagar en lo primero que se le ocurriera, pero sin prestarle atención. Era como ver la televisión pero dejando a su cabeza estar en otra parte.

Chiki vino hacia ella reclamándole agua, tanta carrera persiguiendo palomas la había dejado seca.
Rosa sacó de su mochila la botella bebedero y ofreció a Chiki un agua que le supo a gloria. Al acabar, Chiki se sentó y Rosa entendió que el paseo por el parque había acabado. Le enganchó la correa en el collar y las dos emprendieron el camino de vuelta a casa.
Al entrar en el portal de la urbanización, Rosa abrió el buzón y le sorprendió ver un sobre que no fuese de propaganda. Era de la abogada de la “Asociación por la Recuperación de la Memoria Histórica”, a la que sus hermanas y ella habían recurrido con la intención de localizar y recuperar los restos de su bisabuelo Basilio.
No pudo esperarse y abrió allí mismo el sobre y leyó el contenido, mientras Chiki, sentada, la miraba.
En el escrito la citaban a ella como representante familiar a una reunión, que podía ser presencial o por videollamada. En dicha reunión se explicaría cómo iban las indagaciones de donde se presuponía que estaba su abuelo y otros más, detenidos a la vez en el frente de Gandullas, en la sierra de Madrid, al final de la guerra.
Cuando subió a casa, lo primero que hizo fue apuntar en la agenda la cita, para que no se le pasara, y después, hizo una foto al escrito y se lo mandó a sus hermanas y a su madre en el grupo familiar de WhatsApp que tenían, para que estuviesen al corriente.
Se duchó y se puso la ropa de casa. Preparó el filete de pescado y la ensalada que le tocaban en la dieta, mientras oía de fondo en la televisión las noticias del día.
Le puso a Chiki su ración de pienso, mientras pensaba que las dos estaban “a plan”, como le decía su madre.
Tomó un café rápido, mientras recogía la cocina y ponía el lavaplatos. Chiki la miraba, mientras se relamía tumbada en su mantita.

Mientras se maquillaba, Rosa hizo un repaso mental de la tarde, preparándose e intentando que no se le olvidara nada. Pensó, que a la salida del hospital podría llamar a sus hermanas y comentar a ver cómo hacían con lo de la asociación. Había visto que esa tarde libraba y podría ir a la reunión, pero supuso que sería más conveniente juntarse las tres para hacerla por videollamada y así enterarse mejor.
Mientras terminaba de darse los últimos retoques, le daba vueltas si contarle a su madre o no lo de cómo reunirse o dejarlo para después, para que no les estuviese preguntando todo el rato. Temía que no les iba a dejar en paz, sin parar de preguntar.

Se puso unos vaqueros y una camisa, con la cazadora roja de piel que le encantaba. En el hospital solo se tendría que poner los zuecos y la bata y no tendría que cambiarse. Hoy le tocaba, como responsable de equipo, contactar con los pacientes y familiares para explicarles cómo iba a ser el proceso del alta tras su estancia en el hospital.
Se despidió de Chiki, dejándola en su cama de la sala. Apenas la miró cuando salía hacia el pasillo, le podía ya el sueño de la siesta.

Algunos rayos de sol animaban a una tarde que se había vuelto casi gris. Le sorprendió el cambio de tiempo, en comparación a una mañana que había sido soleada y casi primaveral. El viento la volvió aún más desapacible y agradeció haber cogido el pañuelo para cubrirse, al bajarse del coche en el aparcamiento y cruzar hacia un Zendal que cada día le parecía más grande y vacío.
Mientras circulaba por la M-40 volvió a pensar en el escrito que había recibido, sobre la lucha que comenzaron años atrás sus hermanas y ella esperando aclarar de una vez el paradero de los restos de su bisabuelo. Pensó en las frías tardes que su bisabuelo Basilio había pasado en las trincheras, esperando que pasase la claridad del día para empezar a cavar a la luz de un farolillo de queroseno, a escondidas, otro tramo de trinchera, agazapados y protegidos por la oscuridad.
Se imaginó a una cuadrilla de rudos hombres de campo, albañiles y canteros, como su bisabuelo, cavando en una tierra pedregosa y desagradecida, a las horas en que el cuerpo pide descanso.
Con las primeras luces del alba, lo imaginaba acarreando las piedras extraídas por la noche a las zonas donde los albañiles construían parapetos, nidos de ametralladora o puestos de vigilancia, moldeando piedras a base de martillo y puntero, para adaptar las formas a una sierra que les enfriaba el tuétano si se paraban.
Sabía, por los supervivientes, que las tareas nocturnas y matutinas paraban en la comida. Dormían si podían por la tarde y hasta bien entrada la noche, cuando volvían al tajo.
En las visitas guiadas que había hecho con la asociación de “El Parapeto de Gandullas”, donde Ángela explicaba con todo detalle cómo y cuándo se hicieron todas las trincheras y construcciones, sus tripas se encogían y sus ojos se volvían lacrimosos viendo el trabajo al que se habían sometido su bisabuelo y otros voluntariamente.

En las fotos que pudo rescatar de él, a través de toda la familia, se le veía siempre en una pose tranquila y sonriente. En la imagen que Rosa había conformado de su bisabuelo en su imaginación, a través de las fotos e historias familiares, lo veía como una persona noble y dulce, leal a los suyos y a sus ideales. Una imagen que se le quedó grabada y se le reproducía en su retina automáticamente cada vez que salía su nombre a colación.
Mientras circulaba por una M-40 cada vez más concurrida por la hora que era y más gris, sintió que tal vez estuviese próxima a resolverse la localización y exhumación de los restos de su bisabuelo.
Las tres hermanas habían heredado de su madre el empeño de querer dar descanso a los restos de su bisabuelo en una tumba con su nombre y apellidos, con un epitafio que dijera “Asesinado por defender la libertad”, como un acto de justicia a lo que hicieron con él.
Su abuela Higinia les contó siempre lo buena persona y cariñoso que era su padre con los suyos y los demás. De que siempre se preocupaba de que a nadie de su alrededor le faltase de nada, y como ese afán de dar le hizo meterse en política en su pequeño pueblo de Galicia, terminando por afiliarse a la CNT.
Luego todo vino rodado. La sublevación del ejército como respuesta a una creciente inestabilidad política le hizo apuntarse a combatir como voluntario, pesando más su voluntad de justicia y miedo a lo que podría pasar, que al amor infinito que le tenía a su mujer y a su hija y las consecuencias que podría tener.
Eran tiempos duros, difíciles, en los que los ideales se hacían valer y te definían como persona.

Se cambió rápido, agradeciendo la temperatura del interior del vestuario. Se dirigió a la sala de enfermería, donde Alba, la jefa de turno, le puso al corriente de las incidencias del día. Hablaron un rato del trabajo, mientras tomó un café que le encendió el ánimo enfriado a la entrada.
Como enfermera de continuidad asistencial, tenía que atender a cinco pacientes a los que se le daría el alta próximamente. Se ocupaba de contactar con el paciente y familiares para explicarles cómo iba a ser el proceso y proporcionarles los informes médicos y la ayuda que se precisase.
En la mayoría de los casos, eran pacientes con afecciones derivadas de ictus, y que tras un periodo de estancia y rehabilitación en el hospital aún mantenían pequeñas secuelas que no les permitían valerse y ser autónomos, por lo que en muchos casos se les terminaba llevando a residencias de estancia temporal hasta que se recuperase o, directamente volvían a sus casas.
En otros casos, todo se complicaba por el hecho de tener, además, afecciones de tipo neurológico, como alzhéimer, etcétera.
Rosa explicaba todo con una claridad y paciencia que lejos de agobiar o producir estrés, calmaba y daba ánimos a la vez que todo tipo de detalle e instrucciones de una forma muy cercana y amable.
Tras estudiar enfermería y empezar a ejercer, Rosa, notó que, en muchas ocasiones debido al trabajo, y en su vida particular también, necesitaba más herramientas emocionales con las que defenderse, por lo que optó por estudiar psicología. Se fue matriculando por asignaturas y sin prisa y sin pausa, mientras trabajaba y vivía, acabó la carrera.
Ahora, ese complemento le había servido para socializar y empatizar con los enfermos y familiares de una forma extra, lo que le reportó reconocimientos laborales y personales.

La tarde se le pasó volando. Cuando se dio cuenta era ya la hora de salir y ni había parado a merendar, como solía hacer. Notó que empezaba a tener hambre y sintió ganas de llegar pronto a casa y cenar. Sonrió pensando en que, como siempre, Chiki la recibiría moviendo el rabo y lanzando unos gruñiditos de alegría.


II
Ángela, fue dándole patadas a la lata de refresco vacía que encontró al salir de su casa, en su puerta, hasta el contenedor de basura, donde la recogió y la echó dentro, maldiciendo en voz baja a los «manos flojas» que no tienen ni fuerzas ni ganas para hacer lo que ella acababa de hacer, tirándolo todo en mitad de la calle o del campo.
Sacó la bolsa de tabaco y se pertrechó con lo necesario en sus manos para liarse un cigarro. Mientras, recitó un par de veces más el mantra de maldiciones dedicado a los «manos flojas». Lo terminó de liar y lo encendió, dándole una calada profunda que le apaciguó el cabreo.
Se giró y comenzó a andar en dirección a la parada del autobús, cuando vio a lo lejos a Lisardo con su burro. A esas horas de la mañana ya venía con una carga de leña. –¿Este hombre, pensó, de dónde sacará aún esas fuerzas con noventa años?
Al cruzarse con él no quiso decirle más que un – Buenos días, vamos al lio – y no entretenerse, pues sabía que Lisardo, como la demás gente del pueblo criados allí, contemplaban el tiempo de otra forma que los que son esclavos del reloj.
Lizardo le contestó con un – Buenos días – levantando la mano y no tuvo tiempo de más, Ángela ya se le había cruzado y le daba la espalda.
Mientras esperaba el autobús a Buitrago y apuraba el cigarro, repasó los WhatsApp con Elena, la secretaria del registro, que era quien le conseguía, en ratos perdidos, los datos a los que Ángela siempre estaba persiguiendo.
Le confirmaba haber encontrado el libro donde constaban algunos registros de los muertos en el “Frente del Agua”. Ángela, quería cotejar esa lista con lo que, por otro lado, ella había investigado, a base de ir preguntando a familiares y a algún que otro superviviente, llamando a puertas que a veces no se abrían, o en las barras de baretos de pueblo, en las que convidaba para saber, refrescando memorias.
Le tenía intrigada la historia de un supuestamente fusilado y enterrado en una fosa común, al que en otro registro aparecía como desaparecido y posible huido a Francia.
Según historias que recabó, el desaparecido fue un maquis de los que pasaron por la “Cueva del Maquis”, cerca de Mataelpino y estuvo en el comando de “Los Cazadores de la Ciudad”, bajo las órdenes de Vitini. El susodicho era conocido como «El Mellao», pero no quedaba claro su verdadero nombre, que era lo que Ángela quería investigar, porque al igual que le pasó en vida, mostraba facilidad para aparecer y desaparecer sin dejar rastro, lo que la tenía intrigada.
Mientras releía lo que le había dado tiempo a pasar en un documento, le llegó un WhatsApp de Isa, informándole de que para la ruta del sábado a la “Peña del Alemán” contase con ella, una pareja amiga y otra conocida que aún tendría que confirmar.
Le contestó con un –Ok, sin problema. Aún quedan plazas-. Lo apuntó en su agenda y la guardó en la mochila.
Al volver a poner la mochila en el asiento de al lado del que ocupaba vio un papel manuscrito doblado y lo cogió, la curiosidad innata le pudo y lo desdobló para leerlo; “Allí donde no le entiendas, en los espacios blancos, en los huecos, pon: Te quiero. Elena Poniatowska”.
Le sorprendió encontrar una cita de la escritora allí. Imaginó que a alguna estudiante en edad de ver el amor por todas las esquinas se le cayó la nota.
Hizo memoria y recordó haber leído un libro de la escritora, “Debate Feminista”, tras haber sido premiada con el Cervantes. Metió la cita dentro de la agenda y volvió a dejar la mochila en el asiento. El autobús descubrió un Buitrago que empezaba a despertar.

III
Ángela iba tirando del grupo cuesta arriba, con su inseparable bastón en la mano para ayudarse, mientras comentaba con Isa el porqué de “La Peña del Alemán”. – Ahora, cuando lleguemos arriba lo cuento con más detalle, para que se entere todo el mundo.-
Apenas recuperó el resuello sacó la bolsa de tabaco y se empezó a liar un cigarro, mientras esperaba que el grupo se reuniese en derredor suyo. Dio un par de caladas y comenzó a hablar, mientras exhalaba el humo tragado.
Lo de “El alemán” viene porque aquí combatió un alemán que se llamaba Max Salomón. Este alemán de ascendencia judía fue militar en la primera guerra mundial. Después, fue destinado a España como trabajador de la AEG, donde terminaría casándose con una española. Luego montó un negocio de recambios de bicicletas que le funcionaba bien.
Era conocido por sus ideales socialistas, y tras el fracaso del golpe en Madrid, decide enrolarse en las milicias populares, acabando en la sierra de Madrid, en Buitrago de Lozoya. Desde ahí, los milicianos se organizaron para defender todas las posiciones de la sierra.
Una de esas posiciones era este cerro, cuyo verdadero nombre es “Cabeza Velayos”.-
Mientras explicaba con detalle, Ángela movía arriba y abajo el bastón, indicando y acentuando todo lo que contaba.
Como sabéis, y si no os lo cuento yo, este fue el primer y último frente de la guerra. Aquí se paró a Mola, cuando intentó entrar desde Somosierra. No lo consiguió en toda la guerra, y mira que dio vueltas.
En una de esas trifulcas, en estos riscos en que estamos ahora, fue herido Max Salomón en el pecho. Cuando lo bajaron a Buitrago iba fatal, dándole casi por muerto. Lo llevaron a Madrid, donde se recuperó de las heridas y meses después regresó al frente. Eso, imagino que infundiría ánimos en el colectivo de los que luchaban aquí, viéndole regresar casi como un héroe. Debido a eso, pues ya sabéis, con el tiempo este sitio se conocía más por lo del alemán que por su verdadero nombre entre los combatientes-.
Encendió de nuevo el cigarro, que con tanta explicación se le había apagado, y le dio varias caladas, como recuperando fuerzas para proseguir.
De entre el grupo, la voz de Rosa se superpuso a algunos comentarios, al preguntar:
¿Y qué fue de Max Salomón, El Alemán? ¿Murió en la guerra?
Ángela exhaló la última bocanada y prosiguió, – ¡Qué va! El hombre este, al final de la guerra acabó en un campo de concentración. De ahí cuando salió se fue a Francia. De Francia a la República Dominicana, donde las pasó muy putas. Gracias a un ex trabajador suyo (porque este hombre se hizo querer por su gente en su empresa), un tal Félix Fernández, consiguió visados para él y su familia y pudo irse a México, donde terminó viviendo-.
Ángela continuó dando explicaciones, dibujando un mapa de historias difícil de olvidar.
Al final, uno de los integrantes del grupo, preguntó ya de vuelta si había algún sitio donde vendiesen mucha cerveza, que estaba seco, lo que provocó carcajadas y adhesiones a la pregunta.

Sentados en una terraza de Buitrago, ya rehidratados, Rosa comentaba con Isa sobre lo importante que es mantener viva la historia, los recuerdos, los datos, a través de asociaciones como la de Ángela u otras, para que no se pierda o tergiverse la verdad, lo que es un peligro. En su trabajo en el hospital, vive a menudo la experiencia de escuchar historias de personas mayores, que derraman retazos de su vida cuando se les acerca y las coge de las manos, preguntándoles un ¿qué tal?
Sabes Isa, siempre he pensado que la historia, los recuerdos, la verdad, hacen que lo vivido no se cuente en tercera persona, sino en primera, porque lo hacemos también nuestro, parte de nosotros, porque somos lo que somos por lo que pasó-.
Isa atenta a lo que decía Rosa, movía afirmativamente la cabeza, sin perder detalle. En la distancia, Ángela, prestaba atención también a Rosa, cuya explicación de no vivir en tercera persona si no en primera para hacer nuestra la herencia le pareció acertada.
¡Coño!, pensó Ángela, creo que me ha dado una idea para escribir otra obra de teatro…-.

Los personajes que aparecen en el escrito son reales, como los hechos históricos narrados, el resto, con permiso de las citadas, es ficción.

Dedicado
A Rosa Ángela Fajardo, por mantener viva la llama que alumbra la verdad.
A Rosa M. Sánchez, por el calor de sus palabras y su trato en un entorno tan frio.

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