Catalina, Cata, como le gusta que la llamen, se presentó media hora más tarde de lo que habíamos quedado.
Desde la terraza del Bang Bang, mirando el puerto, especulé con un más que posible plantón.
Habíamos quedado a las diez. A cinco minutos para las diez y media aún seguía esperando y mirando el WhatsApp, incapaz de reclamarle atención con algún mensaje para no parecer impaciente.
Vi, desde lo alto, que un coche llegaba y aparcaba a la americana, ocupando el único hueco que quedaba según llegaba, sin maniobrar más que para bajarse y cerrar. Era Cata.
Cuando la vi entrar en la terraza y dirigirse hacia mí di por perdonada la espera, la expresión de pedir clemencia que me brindó hizo efecto inmediato.
Me abrazó el cuello con su brazo izquierdo y me dio un beso en la mejilla que me dejó rastros de sus labios.
-Discúlpame, de verdad. A última hora tuvimos en mi turno unos ingresos por colisión y tuvimos que enyesar a tres pacientes. Nos llevó un buen rato.
Salí disparada a casa, para arreglarme, y no quise parar ni para escribir un WhatsApp para no tardar más. Me agobia que me estén esperando. Para compensarte te invito, ¿vale?, no quiero que tengas una mala impresión mía.-
Cata hablaba rápido, presa aún de los nervios y la impaciencia por haber llegado tarde.
Le dije que no se preocupase, que no pasaba nada. Que el sitio ofrecía buenas vistas, que estuve entretenido y que agradecía que hubiese reservado allí.
Puso su mano sobre mi antebrazo y me soltó un gracias que zanjó el periodo de disculpas.
Cata es médica por vocación. De pequeña, lo único que pedía a sus padres eran disfraces e instrumental de médicos para jugar. Los padres lo tuvieron claro, la profesión de Cata se veía venir.
Raro era el día que no les montaba una consulta y les auscultaba, diagnosticando y recetando sin parar.
Su hermana mayor, siempre contaba entre bromas que fue una niña sana, porque su hermana la tenía vigilada y a la más mínima le recetaba cualquier cosa que pillase por casa, desde una infusión a bicarbonato o reposo.
Ahora, Cata, tiene una plaza de traumatóloga en el hospital, y sigue siendo igual de pesada según confiesa con la salud de sus padres y su hermana.
Mientras los pescaditos fritos y la sepia desaparecían de nuestros platos, las impaciencias y los nervios se volatizaron volviéndose una conversación calmada y llena de confidencias.
Nos hicimos un selfi para guardar memoria de la cita, y agradecer a Charo que nos hubiese presentado, remitiéndole el selfi por WhatsApp.
A la salida, bajamos andando hasta un paseo marítimo lleno de gente que iba y venía, intentando encontrar un poco de brisa que hiciese menos pesado el ambiente de calor y humedad, que a esas horas aún te arrebataba hasta la respiración.
Tomamos unos helados en un Ferreti del paseo, al que me llevó, previo consenso de que esta vez pagaba yo.
Le hizo gracia la velocidad con que acabé mi helado, mientras ella se deleitaba con cada lamida del suyo.
Paseamos hasta el final del paseo por poniente y dimos la vuelta, hablando y transpirando bajo una luna creciente y húmeda.
De pronto, sentí que cogía mi mano y me detenía. Cuando la miré me soltó un –¿y cuándo me vas a besar?-, al que respondí con un no tardando.


Qué bonita historia 😍
Alright, jogodotigre777… names a mouthful but the games look fun. Don’t get lost in the jungle and pace yourself. jogodotigre777