La Llamada

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El abrazo duró una eternidad. Tras él, sus manos enlazadas, fue el único contacto que quedó junto a las últimas palabras antes de despedirse.
– … no mentiré. Esperaba que el destino nos hubiese permitido caminar de la mano. Soñaba que te tenía entre mis brazos, y que te apretaba hasta que me decías sonriendo que dolía. No, no mentiré.
Sí, pensé que tú y yo seríamos de esas miradas que se pierden la una en la otra. Me imaginé dueño de tu sonrisa, y también imaginé esas tardes con tu cabeza en mi hombro viendo al sol irse a acostar. Y lo sigo soñando, solo que ya he entendido que hay historias que por más que se las sueñe no fueron escritas para ser verdad.

Me gustaría pensar que voy a volver a verte. No sé en qué lugar ni en qué estación o circunstancia. No sé si hoy, mañana, en unos años o en alguna otra vida. No sé si siendo niños, jóvenes o ancianos, en forma de personas, de agua y piedra, de flor y tierra o lluvia y cielo. Solo pensar que voy a poder verte de algún modo, en algún tiempo en que nuestros destinos coincidan nuevamente. Solo pienso en eso. Me gusta pensar que volveré a verte…
No sé cuándo ni cómo me enamoré de ti, pero fue el amor más imposible del mundo.
… te llevo en mi alma.-

Ella, levantó los ojos y dejó de mirar sus manos enlazadas, a través de una cortina de lágrimas, y con la voz rota, pudo hilar algunas frases:
– … no tengo palabras que puedan consolar tu alma, eres mi complemento imperfecto. No siempre hemos pensado lo mismo, tenemos gustos muy distintos. Tú eres calma y yo desorden y peligro. Tú eres el día y yo la noche.
Pero si de locura se trata somos iguales, somos un par de locos que se encontraron, un par de locos intentando encajar por amor. –

Por las mejillas de los dos se deslizaron, casi al mismo tiempo, lágrimas de dolor. Del dolor que ya provocaba la ausencia anunciada.

Sus miradas en silencio se mantuvieron fijas, intentando ocultar, sellar lo que a sus corazones se les escapaba.
Pero era imposible fingir. Se confesaron todos sus sentimientos sin palabras, todo su amor, todo lo que les unía a través de lo que sus ojos se dijeron.

El mensaje de la megafonía reclamando a los pasajeros del vuelo, les hizo parpadear y romper el enlace tan íntimo que durante instantes habían mantenido en sus miradas.
Ella, se abalanzó sobre él, soltando las manos, le besó en los labios mientras se abrazaba a su cuello. Fue un beso intenso, húmedo. Sus lenguas apenas se tocaron. Quiso decirle a través de ese beso el adiós que sabía que no podría de palabra. Quiso decirle, todo lo que había callado en la despedida para no provocar más dolor, quiso derramar las emociones que le brotaban enjugadas en lágrimas.
Se separó rápidamente, soltándose, y se giró avanzando hacia el control de embarque. Huyó del dolor sin palabras, sin últimas miradas, sin adioses, sin te quieros.
Pero el dolor no es fácil de esquivar, nos espera, nos acecha y nos hace presa en cualquier momento a su antojo.

Buscó en su bolso el billete con el número de vuelo. Tuvo que enjugarse los ojos para poder ver el código del vuelo y localizarlo en la pantalla, para buscar la puerta de embarque. Según avanzaba hacia la puerta, sintió que la presión en su pecho iba aumentando, que el dolor se quería apoderar de sus últimos instantes en tierra.
Sabía que el dolor te caza, llega cuando algo te lastima y que ese daño se queda cuando te aferras a ese dolor.
Se sentó, esperando la llamada que le retornaría al país que cambió su vida, al país que la enfrentó a sí misma y la transformó, en lo que un día descubrió que ya era.
Se cubrió la cara con las manos. Ralentizó su respiración y quiso transformarse pero no pudo, no enlazaba con su otro lado, su otro yo. El ruido, los nervios, el dolor en el pecho… No conseguía desdoblarse.
En su cabeza surgió de golpe una de las primeras enseñanzas de su maestra Narel (1);

   … En el camino debes aprender que:
   Si te vas a calentar, que sea el sol,
   que si vas a engañar, que sea al hambre,
   que si vas a llorar, que sea de alegría,
   que si vas a mentir, que sea sobre la edad,
   que si vas a robar, que sea un beso,
   que si tienes que perder, que sea el miedo.


Siguió recordando parte de sus enseñanzas, cuando su maestra le hablaba de las formas del tiempo, la diaria y el ciclo infinito espiritual, «tiempo del sueño».
Que cada persona existe de una manera esencial en el soñar. Que esta parte de cada uno de nosotros existe desde antes de que la vida del individuo comience, y continúa existiendo cuando esa vida acaba.

Sintió un cosquilleo en la espalda, donde la serpiente arco iris se fundió con su piel, cuando se la tatuaron en el ritual que ponía fin a su iniciación en la tribu Arunta.
Seguido al cosquilleo, fue el escalofrío por todo el cuerpo. Reconoció entonces que su conexión, su desdoblamiento, estaba en proceso.


Volvió a la realidad cuando sonó el tono de un WhatsAp.
… Y cuando llegue ese día que esté contigo, te tomaré por sorpresa. Será tan inesperado que te robaré uno o mil besos. Estarás tan desprevenida que no podrás evitarlo, y llegaré a desnudar tu corazón y quitaré tus miedos sin decir palabras. Y con una mirada, sabremos lo que tanto buscamos… –
El final del mensaje se fundió con los recuerdos de la última noche.
Abrazados, sudorosos, recorriendo cada uno el cuerpo desnudo del otro, buscando zonas sin besar, sin lamer, donde provocar un placer que acallase la urgencia, la necesidad de entregarse de cada uno ante el adiós que se aproximaba. En el recuerdo, sintió un cosquilleo en su clítoris, donde la reciente inserción del piercing estaba aún entre el dolor y el placer, y como en su sexo el calor dio paso a la humedad que le trajo el recuerdo de las contracciones del último orgasmo, del último adiós.
No recordaba cuando fue la última vez que algo hizo temblar así su alma. Temió olvidar, de tal forma, que la distancia volviese a separarla de sus recuerdos.

Una adolescente sentada cerca oía música por el altavoz del móvil y atrajo su atención. Alguien cantaba:
   Your task is not to seek for love
   but merely
   to seek within yourself
   all the barriers
   you’ve built against it (2)

Mientras se abrochaba el cinturón para el despegue, recordó otras de las enseñanzas de su maestra:
Las personas no se conocen por casualidad, todas están destinadas a cruzarse en nuestro camino por alguna razón. –
Apagó el móvil, cortó la conexión con el espacio y el tiempo que aún le apresaban, cerró los ojos y la presión en el pecho se disipó. Sintió entonces que la llamada a su reconexión, a volver a encontrarse con todos sus yo pasados la volvió a poseer, a demandar su presencia en las tierras rojas meridionales, a encontrarse otra vez con ella en el otro camino de la existencia. Notó que a cada momento, a cada segundo, estaba más cerca, más próxima de sentir como volver a vivir a través del alma dejando su cuerpo atrás.
Sabía, que su maestra Narel estaba detrás de todas estas sensaciones, reclamándola para continuar su adiestramiento, su perfeccionamiento. Se dejó llevar, se vio flotando en un mar de nubes, en un estado indistinguible de realidad y sueño transportada, como si levitase.

 

El canguro de su colgante se deslizó por el cuello. Las cosquillas del roce le hicieron abrir los ojos.
Se encontró con los de él que la miraba.
– … ¿sabes?, te llevo mirando un rato. Estabas como feliz, como flotando… –
– … Sí, soñaba que volvía a Australia… ¿Sabes…? –
Miró fijamente los ojos de él, que seguían clavado en los suyos:
… Me vuelvo, no sé… tengo que irme… que volver… ¿Tú…?… –
El selló sus labios con un dedo callándola:
… Yo… no tengo más ambición que poder tocarte el corazón… –
Sus labios se unieron, sellando un acuerdo de vida, diciéndose sí a todo.
El colgante dejó marcados en sus pechos su contorno, por la presión del abrazo, tal vez como aviso del pacto sellado, tal vez como aviso de que la llamada había llegado.

(1) Narel: mujer que viene del mar

(2) Tu tarea no es buscar el amor,
       sino simplemente
      buscar dentro de ti
      todas las barreras
     que has construido contra él.

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