La Máscara

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El viaje en avión no se me hizo pesado. Mientras hacía el embarque, comencé a leer el dossier que la oficina de prensa de la organización me había mandado sobre la exposición, y lo terminé de leer poco antes de aterrizar. El dossier era muy completo, lleno de textos e imágenes que recorrían la historia de La Polinesia. Me quedé absorto en la lectura del libreto durante el viaje, en la forma en la que presentaban textual y gráficamente a los pueblos originarios del archipiélago Polinesio.
Al aterrizar, un VTC enviado por la organización me esperaba ya. Me sorprendió, que la propia organización se ocupase de toda la gestión de mi pasaje transporte y hospedaje para cubrir el evento.
Mi periódico, me envió a cubrir la exposición con el fin de incluir en el semanal un reportaje amplio de la muestra, incluyendo textos y fotos. Con motivo de la guerra de Ucrania, en la redacción escaseaban los fotógrafos, así que tiraron de mí, que me desenvolvía con la cámara casi igual que con el bolígrafo, y así se ahorraban tener que contratar algún fotógrafo freelance que cubriese el evento.
En una carpeta, decorada con tela de corteza de morera con grabados étnicos que me hicieron llegar, encontré, además del dossier, los billetes de avión, reserva de hotel y la acreditación de prensa para el acceso a la exposición, así como las instrucciones y claves de una aplicación de VTC que debía instalar en mi teléfono, para tener transporte mientras durase mi estancia haciendo el reportaje.
La exposición se abría a los medios el jueves por la tarde, adelantándose a la apertura general que sería el viernes por la mañana y que duraría diez días. Luego, la exposición se haría itinerante por otras ciudades de Europa.
Cuando el transporte me dejó en el hotel era casi la hora de comer. Calculé, que mientras hacía el check-in y subía a la habitación a dejar la maleta y organizar el equipo de fotografía, sería la hora de comer y podría aprovechar a hacerlo en el propio hotel.
El mismo VTC de la mañana me esperaba cuando bajé de la habitación para dirigirme a la exposición.


Como era habitual, me fui antes de la hora. Siempre me gustó llegar pronto a los eventos o entrevistas. De mis compañeros veteranos, curtidos en estas lides, aprendí que el llegar pronto te permite, la mayoría de las veces, poder entrar sin tanta aglomeración, y otras, adelantar trabajo de entrevistas o contactos.

Al llegar al pabellón, a la entrada, ya estaban muchos medios entrando, sobre todo de televisión que acarreaban con los equipos más voluminosos. Tras pasar mi equipo por el escáner y acreditarme, pregunté por los dos contactos que tenía para entrevistar. Tras mirar en las agendas y verificar mi nombre, me dijeron que debía de guardar el protocolo, pues mis contactos estaban atendiendo a los medios en riguroso orden. Tenía concertada una entrevista el jueves a media tarde, y otra, el viernes por la mañana. De las dos entrevistas, una era con un comisario de la exposición y la otra con una agregado cultural.
Saqué mi cámara y me dispuse a ir haciendo fotos, aprovechando que aún los espacios estaban muy poco transitados. En algunas fotografías tuve que usar el trípode, la poca luz con que iluminaban los expositores y urnas para proteger su contenido no permitía hacer buenas capturas, ni aun subiendo la sensibilidad y bajando la velocidad. Estuve entretenido bastante rato, hasta que sonó mi teléfono recordándome que tenía próxima la entrevista. Guardé el equipo de fotografía y me fui a la sala donde se me había indicado la entrevista. En la puerta de la sala, al llegar, una asistente vestida con un tupenu* me indicó que pasase dentro.
                                                                                                                        (*Tupenu: Pareo)
Durante un largo rato me quedé ensimismado mirando la máscara, no fui consciente del tiempo que pasé observándola. Un movimiento que se reflejó en el cristal de la urna que protegía la máscara me sacó de mi estado hipnótico. Me giré y vi la cara cubierta por una mascarilla de una mujer con rasgos orientales. Ella se giró a la vez e intuí que bajo la mascarilla me sonrió, al ver que sus ojos se cerraban volviéndose más orientales aún. Le devolví la sonrisa acompañándola de un espontaneo –¡hola!– en español y me volví a mirar la máscara otra vez.
Tenga cuidado -, me dijo en español, – no debe mantener mucho tiempo la mirada en ella, o se adueñará de sus sueños. –
Me sorprendió la voz dulce y sin acento con la que la mujer que acababa de llegar a mi lado me habló.
-, le contesté, – llevo un rato mirándola y noto como hipnotiza. Me cuesta despegar la mirada de ella.-
Me separé un poco hacia atrás, dejando distancia con la urna que guardaba la máscara, como queriendo romper el embrujo con que me mantenía sin despegar la mirada de ella. La mujer se separó también.
Es una máscara auténtica, no es una copia. Es mágica. Con ella, mi pueblo realiza rituales místicos desde hace siglos. –
Me sorprendió que la extraña se dirigiese a mí y me diese tantos detalles sin preguntarle. Tras conseguir despegar mi mirada de la urna y fijarme en mi interlocutora, vi que tenía una tarjeta de acreditación diferente a la mía. Una línea roja destacaba las letras de su nombre y las de su cargo como comisaria principal. Comprendí entonces que tuviese tantos datos sobre lo expuesto dentro de aquella urna.
Al verla más de lejos, me percaté de que su estatura no era, como podría preverse, tan baja como la media en las que las fotos del dossier dejaban entrever a las mujeres de su cultura, o a las que se asocia a las razas de aquel archipiélago. Me pareció alta y con algunos rasgos que no asociaba a su pueblo, incluidos unos grandes ojos verdes rasgados.
¿Ha participado usted en el montaje de la exposición? -, le solté casi sin pensarlo, los años de profesión me habían hecho ser rápido en preguntar e informarme.
Sí, participé en el montaje y su diseño -, contestó, sin perder la sonrisa que dejaba atisbar bajo su mascarilla.
Me gusta lo que estoy viendo, creo que muestra bien el mundo de las tradiciones de su pueblo. Hay mucho mural y piezas que hacen que uno se dé cuenta de la complejidad de las tradiciones de pueblos como el suyo.
Sí, esa fue la idea sobre la que se montó la exposición. Mostrar el mundo de las tradiciones y el folklore, y como estos van en paralelo a la sociedad, entremezclándose a veces, evolucionando otras y a veces manteniéndose intactos.
¿Y, costó mucho tiempo montarla?
Desde que surgió la idea hasta que estuvo preparada pasaron casi tres años. Hubo una labor de documentación muy importante. Se intentó no dejar ninguna tradición ni parte de folklore, ni a ninguno de los pueblos sin hacerlos constar. Se ha querido dar una visión amplia de nuestra cultura, de todos los pueblos que suman la Polinesia.
Cruzamos alguna frase más en la que intenté obtener más datos para el artículo. Aunque, con lo que me quedé a punto de preguntarle era por la mezcla de sus rasgos, por sus orígenes, pero una llamada a su teléfono la reclamaba. Se excusó amablemente por tener que dejar la conversación, argumentando que solicitaban su presencia en otro lugar.


Volví a coincidir con Alicee en las mesas del catering. La encontré leyendo en su teléfono reseñas que ya empezaban a aparecer en la prensa digital sobre el evento. Me dirigí a ella en inglés sin darme cuenta, llevaba toda la tarde hablándolo, así que no me di ni cuenta. Le pregunté qué tal iba funcionando todo. Levantó la cabeza, apagando el teléfono mientras lo guardaba y me devolvía una sonrisa.
Bien, todo va saliendo según programa. En la prensa hay ya reportes de la exposición, es lo que miraba. Parece que está gustando. A ver si cuando se abra al público tiene aceptación y gusta.-
Me sorprendió que me contestase en español, imaginé que me reconoció de antes, y lo hizo en un español que ahora me sonó con algo de acento.
Bueno, me alegro. Son buenas noticias -, contesté en español.
Mantuvimos una pequeña conversación durante unos minutos, hasta que requirieron su presencia para el acto de despedida a la prensa. Volvió a disculparse sin perder la sonrisa, prometiéndome que tras el acto por el que la reclamaban, si me parecía, estaría dispuesta a continuar la charla. Asentí, y me dijo que la esperase en el hall de entrada al acabar.
Acompañada del embajador de su país y otros agregados culturales, cerró la velada, explicando, primero en español y luego en inglés, el significado que desde su país se daba a esta exposición, en la que mostrar más que un enfoque turístico, un enfoque cultural, aunque sin dejar entre líneas las peculiaridades que más se conocían de un país tan exótico.

La esperé durante un largo rato. Me entretuve, mientras, sentado en uno de los sofás del hall, en revisar las fotos y notas que había ido tomando durante la visita, incluidas algunas fotos que le hice a la propia Alicee. Me gustaron sus rasgos mezclados entre orientales y caucásicos, pero no lograba definirlos. Me quedé con la intriga de saber su origen. Cuando subió a cerrar el acto le pude hacer unas fotos sin la mascarilla, que se quitó para poder hablar con el micrófono sin que saliese filtrada su voz.
Alguna de las fotos en primer plano mostraban unos ojos algo rasgados y de un color verde intenso, lo que me suscitaba una especial curiosidad. Sus labios y mentón eran una mezcla clara de su origen oriental predominante, y unas líneas de mentón más caucásicas.

Cuando llegó, me sonrío y se excusó por la tardanza. Me indicó que la siguiese y entramos en una sala de prensa que ya estaba vacía. Se sentó en frente de mí en una mesa de reuniones. La distancia era grande, así que me pidió, que si no me importaba, si se podía quitar la mascarilla. Argumentó estar cansada de estar todo el día encerrada y con ella puesta.
Aunque en interiores aún seguía habiendo restricciones en el uso de la mascarilla, las medidas se habían ido relajando, al igual que en los restaurantes a la hora de consumir o en los bares, por lo que no vi inconveniente. Le pedí que si a ella tampoco le importaba que yo también me la quitase, a lo que accedió con un of course, que me hizo gracia.
Grabé la conversación que mantuvimos durante casi cuarenta minutos, en las que descubrí, además, que Alicee era la comisaria a la que tenía que entrevistar al día siguiente, por lo que me alegré de poder adelantar la entrevista, haciéndoselo saber.
Una empleada del recinto nos advirtió que iban a cerrar el pabellón, por lo que tendríamos que abandonarlo. Estábamos en plena explicación de la visión que desde el ministerio de cultura de su país se quería dar a la muestra, con argumentos y trabajos previos. La forma que tenía de contarlo la hacía muy ameno y poco pesado. La irrupción de la empleada nos cortó en plena explicación. Nos miramos unos instantes y me insinúo que podríamos seguir la entrevista fuera.
El pabellón se encontraba en la zona más empresarial de la ciudad, por lo que a esas horas nos costaría encontrar aún abierto algún sitio en el que proseguir la entrevista. Al preguntarle donde se hospedaba, por buscar un sitio cercano, coincidió que lo hacía en mi mismo hotel. La organización había hecho en él la reserva de sus empleados y la prensa invitada. Concertamos seguir hablando mientras cenábamos en el propio hotel.
La esperé en la puerta mientras fue a buscar sus cosas. Alicee llegó con una ropa totalmente distinta a la que tenía en la exposición, más de tipo casual y con el pelo suelto. Subimos al VTC que había llamado mientras esperaba y nos dejó en el hotel pasadas ya las diez de la noche.
Nos fuimos directamente al restaurante del hotel, dada la hora, no quisimos que se hiciese más tarde.
Mientras cenábamos, me contó que estudió antropología en Samoa. Que luego se fue a Estados Unidos y allí hizo un doctorado, basado en el estudio y conservación de las tradiciones autóctonas. Viajó mucho por Latinoamérica, estudiando tradiciones y folklore, donde terminó por aprender el español.
Cuando le pregunté por su mezcla de rasgos, sonrió aún más y sus ojos verdes brillaron. Me contó, que la familia de su padre eran descendientes de colonos alemanes que llegaron a las islas y se quedaron, de ahí sus rasgos y estatura.
El resto de la cena, incluida una copa en el bar del hotel, la dedicamos a hablar, siempre en español, de nuestros trabajos y viajes que habíamos hecho por el mundo.

Durante la velada, no pude dejar de mirar sus ojos mientras hablábamos, me tenían embrujado. Sabía que ella se daba cuenta. A veces sonreía, cerrando aún más sus ojos y ruborizándose, desviando la mirada, mientras manteníamos la conversación. Otras veces, me miraba fijamente y era yo el que no aguantaba esa mirada llena de color.
Al subir en el ascensor, no sé cómo, la mano que me quedaba libre de llevar el equipo de fotografía acabó en una suya. Nos miramos un instante mientras el ascensor subía, ella se abalanzó sobre mí poniéndose de puntillas y me besó. Separó levemente sus labios de los míos mientras me miraba fijamente con una mirada a la que no se puede renunciar. Solté el equipo en el suelo y la abracé besándola, a lo que respondió con otro abrazo.
El ascensor se detuvo en mi planta primero. Le cogí de la mano tirando de ella hacia el pasillo, a lo que no opuso resistencia.
Al entrar en el cuarto, dejé la bolsa con el equipo sobre la mesa auxiliar y volvimos a besarnos, abrazados, sintiendo como el deseo se iba apoderando de nosotros.
Comenzamos a desnudarnos y me pidió entrar al baño primero. Mientras, recogí lo que pude mi equipaje y mi equipo de fotografía, que estaban por medio, y dejé encendida solo una de las lámparas de la cabecera de la cama. Comencé a desnudarme y me quedé solo con el slip puesto. Cuando abría la cama para entrar, Alicee, salió del baño y comenzó a desnudarse de espaldas a mí, dejando su ropa sobre una de las sillas. Al quitarse la camisa vi que no llevaba sujetador, y que en su espalda tenía tatuada una mantarraya, cuya cola guiaba a una tortuga que parecía querer seguirla. Se quedó en tanga al quitarse el pantalón y se giró para meterse también en la cama.

Pude comprobar la geometría de su cuerpo al desnudo al acercarse a la cama, y me gustó. Sus piernas estaban musculadas por el deporte del surf, del que me había contado que era asidua siempre que podía. Sobre uno de sus muslos había otro tatuaje que lo semienvolvía de delante hasta el lateral. No logré identificar que era, aunque me dio la impresión de ser un ave. Sus pechos no eran grandes, pero sí proporcionados a su estatura, con unas areolas rosadas que acababan en unos pezones que llamaban al deseo.
Al tumbarse en la cama nos cubrimos con la sábana, como queriendo ocultar los restos de un pasajero pudor. Nos fundimos en un largo abrazo con besos y caricias a la vez. No tardamos en despojarnos de las prendas que aún teníamos puestas, el deseo, el calor, la excitación, hicieron que todo sobrase, que el pudor se evaporase.
Tumbados de lado, mientras la besaba, jugando a explorar, recorrí acariciando con mi mano su costado, bajando por su cadera hasta el muslo. Subiendo por la línea que separaba los dos glúteos recorrí también su espalda, su hombro, su pecho.
Ella, notó que mi pene era presa de la excitación y buscaba su sexo. Deslizó su mano entre nuestros cuerpos y lo cogió suavemente sobre el extremo, frotando su mano despacio sobre él, acariciándolo. A la vez, separó un poco sus piernas y empezó a acariciar sus labios mayores, jugando a frotar suavemente mi glande con su clítoris, al que cada vez notaba más húmedo. Los jadeos no tardaron en llegar, la excitación se fue apoderando de los dos. Bajé mi mano a su sexo depilado y suave y comencé a acariciarlo, poniéndose boca arriba, mientras hurgaba con mis dedos en sus pliegues. Separé la abertura de su vagina con dos dedos y los hundí, humedeciéndolos en sus fluidos. Extendí el líquido de mis dedos húmedos sobre el exterior de su sexo y lo masajeé a distinta velocidad, entrando a humedecerlos y saliendo, haciendo círculos sobre sus labios. Se contorneaba, gimiendo con un placer que se apoderaba de ella, agarrada a la almohada, a las sábanas, con los ojos cerrados, volando.
Tiró de mi mano para que me pusiese encima. Mientras la besaba puesto encima, apoyado sobre mis codos, mi pene erecto, ardiendo, buscó su sexo húmedo. Fue fácil entrar, un mar de líquido salía del sexo de Alicee invitándome a pasar. Fui penetrándola mientras la besaba, con movimientos cortos y lentos, que fueron incorporando mi pene a una vagina que ardía, en la que los líquidos del placer inundaron nuestros sexos y las sábanas.
Alicee se retorcía de placer, jadeando tras cada acometida. El placer que me proporcionaba la forma en que contorneaba su cadera era puro éxtasis.
Nuestras salivas inundaban unos labios que se besaban a momentos, que se mordían en otros, que se entregaban abiertos a ser penetrados por unas lenguas que se buscaban para jugar.
Aceleré el ritmo y sentí sus dedos apretarse sobre mi espalda, y mi corazón, explotar de latidos que resonaban entre nuestros cuerpos, mientras soltó un – Siiiiiii….– que coincidió con las contracciones que mi pene notó en su vagina, a la vez que una ducha de placer en forma de fluidos.
La observé mientras recuperaba el aliento. Se mantuvo abrazada a mí unos instantes, sin dejarme salir, con los ojos cerrados. Al abrirlos, me miró fijamente y me besó, deshizo el abrazo y me dejó salir de ella y tumbarme boca arriba, a su lado. Se giró, posando su cabeza sobre mi hombro y dejando su brazo sobre mi pecho.
Durante un rato nos mantuvimos así, inmóviles, recuperando el aliento. Sintiendo como el sudor de nuestros cuerpos se iba evaporando.
Luego, se incorporó y se puso sobre mí, besándome suavemente, recorriendo mis labios con los suyos, frotando su sexo húmedo contra mi pubis.
Mis manos, acariciaban mientras sus hombros, su espalda, sus glúteos, su cuello, en movimientos lentos, como sus besos. Mi pene empezó a excitarse otra vez bajo el sexo caliente y húmedo que lo frotaba. La excitación volvió a mi cuerpo con cada caricia que procuraba a mi sexo. Comencé a retorcerme por un placer suave e intenso que me iba poseyendo, agarrándome a las sabanas, a su cabeza, a cualquier sitio, para no caerme del placer que me procuraba.
No recuerdo cuanto estuvo encima de mí, solo que creí, que por momentos, el placer iba muy por delante del resto de los sentidos.
Cuando podía abrir los ojos entre nubes de placer y éxtasis, la veía como ida, a veces con los ojos en blanco, otras, diciendo cosas que no lograba llegar a entender. Su cadera, se movía sin cesar, basculando su pelvis en cada acometida. El placer era tan intenso, tan fuerte, que sentía en mi cabeza como los latidos de mi corazón resonaban.
Mis manos la recorrían, a la vez que los movimientos se iban haciendo más intensos, hasta que un fuerte gemido, acompañado de contracciones en su sexo, fue ralentizando sus movimientos. Se tumbó sobre mí, dejando que mi pene y los fluidos de su sexo saliesen. Cuando recuperó el aliento, se incorporó a medias y me besó. Separó su cara de la mía y me miró fijamente. Me impresionó esa mirada, creo que fue entonces cuando, sin saberlo, me enamoré de Alicee.
Espera, ahorita vuelvo -, fue a la mini nevera, cogió una botella de agua y bebió. Luego me la ofreció para que bebiese yo.
Se tumbó a mi lado, poniendo su cabeza y su brazo sobre mi pecho. Yo, la abracé, hundiendo mi mano entre su pelo, acariciándolo.
Durante un largo rato estuvimos así, en silencio, recomponiéndonos del ultimo lance, sintiéndonos flotar en las sensaciones que aún nos cubrían. Mi mente era incapaz de pensar, estaba como ausente. Solo podía sentir como flotaba, como mi cuerpo estaba preso de una ingravidez que lo atrapaba.
Cuando recuperé las sensaciones de mi cuerpo, me giré sobre ella y comencé a besarla lentamente. Sus ojos, me miraban con un deseo que se apoderó de mí. Nos besamos cada vez más apasionadamente, hasta que me volví a situar encima de ella y la penetré. Su sexo, era un mar de fluidos ardiendo que provocaba en mí un deseo irremediable de entrar y salir de él. Sus manos recorrían mi espalda, mis glúteos, mi cuello, mi cabeza, apretándome contra ella, invitándome a no parar, a continuar con el deseo infinito de entregarme al placer.
La excitación acompañó a nuestros jadeos, que iban en aumento. Nuestras miradas delataron que el placer nos acercaba a un orgasmo mutuo, en el que nos fundimos en un mar de sensaciones, de líquidos y de goce.
Tumbados boca arriba recuperamos el aliento, mientras, su mano y la mía se mantuvieron unidas, entrelazadas, como no queriendo perder aún el vínculo de habernos entregado el uno al otro. Luego, nos abrazamos y nos quedamos dormidos.

Cuando desperté, a primera hora de la mañana, Alicee se había ido ya. Empezaba a entrar luz por la ventana y me despejé. Me levanté y fui al baño, donde cumplí con los rituales del aseo. Eché de menos alguna nota de despedida, algún mensaje en el cristal del baño, como en las películas, pero no encontré nada. Me vestí y abrí las ventanas, para que la habitación se ventilase mientras bajaba a desayunar.

Mientras bajaba en el ascensor miré los mensajes y correos en mi teléfono. Había un correo de Alicee. Se disculpaba por haberse marchado así, aunque decía haberme dejado un beso sobre mi mejilla. ( …dormías tan plácidamente, que me dio pena despertarte. Te dejé un beso sobre tu mejilla. Tengo cosas que preparar para hoy, es un día muy especial. Tal vez nos veamos en la exposición, aunque estaré muy ocupada.
Si quieres, a la salida, podríamos vernos. Te dejo mi teléfono, para que nos comuniquemos por WhatsApp.

Si pasas por donde la máscara no la mires más fijamente, solo de pasada. Ya hizo lo que tenía que hacer. Si quieres te lo contaré.
Me gustó conocerte, espero que nos veamos más.
                                                Atte. Alicee).

Durante el desayuno, mientras miraba correos y mensajes, el recuerdo de la noche anterior se mantuvo como un ruido de fondo que no se iba. Dudé si llamarla directamente o mandarle un WhatsApp. Decidí darme un tiempo de respuesta, de reflexión. Quería saber si la sensación que había quedado en mí era solo deseo de un encuentro sexual casual o de que había algo más. Esa duda me acompañó toda la mañana, mientras volvía a la exposición y seguía con mi reportaje, hasta que al final de la mañana no pude aguantar más y le mandé un mensaje, pidiéndole verla al acabar la jornada. Necesitaba saber, teniéndola de frente, si lo que me había hecho sentir, lo que aún sentía, era real, causado por nuestros deseos, por nuestros corazones, si ella sentía lo mismo, o, si entre medias, la máscara había dejado alguna intención, como dejaba entrever en su mensaje.
Me contestó al mensaje mientras comía. Decía que me avisaría al llegar al hotel, quería antes asearse después de un día largo de trabajo.
Le contesté con un OK y le deseé que todo fuese bien.

Le hice caso, y en las dos ocasiones que pasé cerca de la máscara apenas me fijé en ella. En la última, una guía explicaba a un grupo, que ese tipo de máscaras tenía poderes que los brujos utilizaban para sanar. Que, a través de los rituales, se infiltraban en los sueños de la gente y una vez en ellos hacían que su cuerpo sanase, dándole instrucciones de cómo hacerlo. Pero, que también actuaban a su voluntad, según la necesidad de quien estuviese cerca y la identificasen a través de su mirada.
Eso me aclaró en parte lo que Alicee me contaba en su escrito, aunque lo que deseaba era oír de su propia voz la explicación.

Mientras escribía en el portátil texto para el artículo, sentado en el bar del hotel, me llegó un mensaje de Alicee anunciándome que en diez minutos bajaba. Me preguntaba dónde encontrarnos. Le contesté que en el bar, que estaba al lado del restaurante.
Cerré el portátil, y, mientras lo guardaba, sentí que mi pulso se aceleraba. Sabía, que esa noche habría muchas respuestas por oír, y mucho deseo por calmar.
Al saludarla, cuando llegó, vi en sus ojos, que esa noche y otras muchas más, darían contestación a lo que nace de los sentimientos y se convierte en un deseo desaforado de entregarse y recibir. Supe, supimos, que la magia de encontrar a personas con las que estás destinado a encontrarte, nace, de lo más profundo de nuestro ser, de lo que en esos espacios se guarda como deseos, como sueños, como realidades por cumplir, tal vez como herencias de otras vidas, y, que en ocasiones, hay quien te lo hace ver, tal vez, a través de los propios sueños.

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