
Nunca lo había contado. Forma parte de mi patrimonio de secretos.
No hace tanto me perdí en la mezquita. Me perdí adrede, queriendo, huyendo de la gente, como me gusta hacer en esos sitios.
Buscaba los espacios vacíos, el silencio, los rayos de luz que se colaban sin pedir permiso.
Tras la columna del cautivo salió ella. Llevaba la cabeza cubierta con un pañuelo azul y un vestido morado de telas que volaban con sus pasos. Se fijó en mi y se me acercó. De su mano tatuada con gena colgaba un cordón con una figura de círculos. Me la ofreció, con una mirada tan azul, que aún hoy me estremece la tristeza con la que me miró.
– Llévala siempre contigo – me dijo mientras me la ofrecía. Al levantar la vista del colgante en mi mano ella ya no estaba.
Se me aparece en sueños a menudo. Me reclama que vuelva para terminar lo que el destino no quiso cumplir.
Volveré. Lo haré cuando sea capaz de mirar esos ojos sin perder mi valor. Sin temer caer preso de lo que veo en ellos cuando los veo en sueños, cuando sea capaz de pronunciar su nombre.
