La hermana Críspula me acompañó a la velocidad que sus piernas le dejaban moverse. Era la más joven del convento, aunque como confesaba, ocultaba bajo la toca sus canas por respeto y pudor, pero su edad no, porque en eso la orden y el señor no ponían objeción. Decía haber cumplido hace dos años los ochenta, casi sin darse cuenta, si no fuese por algún detalle, como el notar que le pesaban más las piernas y que alguna arruga le venía a visitar y se quedaba.
Me llevó hasta la sala que llamaban de la ascensión, de ella se subía al coro, a la torre de la cruz y a la del campanario y reloj.
Mientras se encaminaba a la esquina que daba paso a la escalera del campanario sacó de entre sus hábitos un manojo de llaves. Sin mirarlo, mientras andaba, fue pasando llaves como si fuesen las cuentas de un rosario, hasta que seleccionó una con la que abrió la reja que daba paso a la escalera que subía al campanario.
– Ea, que se te dé bien la ascensión, yo te espero aquí, rezando. Mis piernas no me ayudan a subir, y tengo mucho que rezar.-
Aunque entró en la orden de joven, los años de vocación no habían podido con el acento de su Caí, como ella decía, y ese humor al hablar que le brotaba por unos ojos verdes llenos de vida.
Le contesté con un –Gracias– mientras empecé la subida.
Había que ir con calma, la escalera giraba sobre sí misma sin que pareciera tener fin, y los escalones eran pequeños, por lo que convenía buscar bien el apoyo al pisar.
La trampilla crujió al levantarla y se sujetó contra el muro. Una bandada de palomas salió volando al notar mi presencia dejando un rastro de plumones flotando. Las vistas del valle merecían la pena, me dieron ganas de sacar el teléfono para hacer fotos, pero no era buen momento. El encargo de la madre superiora tenía preferencia y no quería tardar. Su carácter recio y seco de castellana, y la forma como te miraba fijamente a los ojos imponía, cosa que el cargo y los años habían acentuado.
Me quité la mochila y la dejé colgada de un gancho de la pared, el suelo estaba sucio, con restos de las deposiciones de las palomas y de plumas. Saqué el arnés y me lo puse, y luego até la cuerda a una de las columnas del muro. Salté la pequeña reja que daba paso al tejado, y pasé la cuerda por el mosquetón que me sujetaba. El camino de tejas hacia el nido era fácil, subir a él era otro tema.
A mitad de camino me detuve a mirar. Entre la estructura del nido, sobresalía la forma de una cruz enredada entre palos barro y trozos de telas, la tarea se me presentaba ardua.
Mi entrada en el despacho de sor Prudencia, la madre superiora, levantó algo de revuelo. Se oían pasos y cuchicheos que venían del pasillo que daba al claustro.
La hermana Críspula me acompañó hasta la puerta, y me indicó que esperase a la madre Prudencia dentro.
El despacho de la superiora, una antigua celda de clausura reformada, estaba decorado de manera muy sobria. Una estantería, un aparador, una mesa con dos sillas y un sillón con respaldo alto componían el mobiliario, al que la lámpara de aceite sobre la mesa ayudaba a iluminar creando sombras. Una pequeña ventana que daba a un patio apenas dejaba pasar luz por la orientación y la hora que era. En las paredes, un cuadro con la imagen de San Agustín, otro con la de la madre fundadora, una cruz de madera y un mural, con una de las reglas en latín de la orden: Dilige, et quod vis fac *, adornaban las paredes en penumbra.
Mientras esperaba de pie, intentaba acostumbrar mis ojos a la oscuridad y ver con más detenimiento los detalles del despacho, pero la penumbra casi no lo permitía. Me acerqué a la cómoda, me llamó la atención una caja negra labrada que estaba sobre ella. Era de madera de ébano, labrada en relieves con detalles florales. La precisión de los motivos le confería un valor artístico innegable. Una rosa destacaba en el centro de la tapa, como adornando el regalo de lo que contenía la caja.
– En esa caja descansaron muchos años las reliquias más sagradas de nuestra orden.–
La voz seca de Sor Prudencia entrando a mis espaldas me sobresaltó, sacándome de mis observaciones. Creí ver bajo esa mirada dura un atisbo de sonrisa por mi reacción a su voz, pero la penumbra de la estancia no dejaba ver mucho detalle de las expresiones.
–Es una verdadera preciosidad, es una joya en si misma-, atiné a decir mientras me indicaba que me sentase.
Durante unos segundos, sor Prudencia, me miró en silencio, quieta, con la espalda apoyada y erguida sobre el respaldo del sillón. Uno de esos silencios incómodos que uno no sabe interpretar si son para comenzar a hablar o para seguir callado. Le pude sostener la mirada durante unos instantes en los que la pude observar. Me parecía como una figura sacada de un retablo, sentada inmóvil, posando sus manos sobre los reposabrazos del sillón, la mirada fija, como si la vida no fuese con ella.
– Y bien. ¿Qué cree usted que son esos restos? –
Su templada voz me devolvió a la realidad, esta vez más sosegadamente.
– Pues hasta donde he podido comprobar, los restos del nido de las cigüeñas son los adornos del coro y creo que algunos del altar. Son de hierro y bronce. Están muy cubiertos por el nido, pero se pueden recuperar con alguna dificultad. Habría que llegar desde una plataforma y probablemente deshacer parte del nido, por lo que habría que pedir permiso para hacerlo fuera de época de cría. Me puedo ocupar de todos los trámites, si quiere. Con respecto a las reliquias que me mencionó no he visto nada, ni creo que puedan estar en el nido -.
La cara de sor Prudencia se tornó aún más seria de lo que pensé que podría expresar. Dio un golpe seco con sus manos al posarlas sobre los reposabrazos del sillón y se levantó. No podía calcular su edad, pero sabía por la hermana Críspula que sor Prudencia era de las eméritas del convento, por lo me sorprendió la agilidad con la que se levantó y se fue hacia la cómoda. Se detuvo ante ella, abrió uno de los cajones y sacó una carpeta. La trajo a la mesa y sacó de ella un manuscrito. Me miró fijamente y me dijo:
– Mire, esto que le voy a decir a permanecido en secreto muchos años, le pido que sea discreto con lo que le voy a contar…– me miró con una mirada penetrante y seria a la que pude contestar asintiendo con la cabeza y un – no se preocupe -, mi garganta estaba seca con la tensión que esa mirada era capaz de provocar.
– Los objetos que hay en el nido, así como las reliquias que le conté que también desparecieron, fueron sacados una noche a escondidas por el capellán y una de las hermanas y ocultados, cuando las tropas republicanas se acercaban al pueblo, y se sabía que saquearían la iglesia y el convento, sin respetar lo sagrado. El capellán, al esconderlas, cuando ya había acabado, resbaló cansado del esfuerzo y cayó al suelo desde el tejado. Antes de morir por el golpe de la caída fue asistido por la hermana que le ayudó, y la que dejó escrita esta hoja con lo que en esa noche hicieron, y con lo que interpretó de los susurros del capellán antes de morir. Creo que podrá interpretarla, aunque no especifica el lugar exacto donde los guardó. Ese se lo llevó el padre Damián a la tumba.
La orden ha hecho varios intentos de dar con las reliquias, pero nunca se consiguió nada. Creemos que ahora, el que aparezcan algunas de los objetos que se ocultaron, es una señal que nos manda el Señor para que volvamos a intentarlo. –
Cogí la hoja amarillenta, la leí y le hice una foto con el teléfono sobre la mesa. Se la devolví a sor Prudencia, que agradeció el detalle de la pronta devolución con un asentimiento de su cabeza, mientras la devolvía a su carpeta.
Tras convenir el inicio de las pesquisas salimos al pasillo, donde los cuchicheos lejanos cesaron al sentir la presencia de la madre superiora. Me despedí de ella y la hermana Críspula, que me esperaba, me hizo señas para que la siguiera a la salida.
Al abrir la puerta de la reja que daba paso al atrio de salida, sacó una bolsa de entre los hábitos y me la dio.
– Son unas magdalenas que hacemos aquí, están muy buenas. Hechas con huevos de nuestras gallinas. El próximo día que vengas te las acompaño de café.– me dijo con ese acento del sur al que siempre acompañaba guiñando un ojo en las despedidas.
Esa mañana el convento era un hervidero de hermanas yendo y viniendo. La presentación de los objetos encontrados del coro y del altar devueltos a su ubicación original, y la exposición de las reliquias encontradas habían levantado un revuelo mediático que había trascendido más de lo esperado.
Hermanas de la orden, procedentes de otros conventos, habían llegado con el fin de ayudar a preparar el acontecimiento.
Sor Encarna, la superiora general de la orden, había llegado dos días antes con el fin de tener todo lo más preparado posible, intentando que la repercusión mediática que había tenido no se les escapase de las manos. Esperaba que le sirviese de propaganda y que alguna vocación se dejase guiar a la orden al verla en los medios, así como alguna subvención de los representantes de las instituciones que habían confirmado su presencia.
Sor Encarna, atesoraba bajo sus hábitos y baja estatura un carácter recio y seco, herencia de un padre castellano que le enseñó a conseguir lo que se propusiese a base de esfuerzo y trabajo duro. No le gustaba dejar nada a la improvisación, y se devanaba los sesos pensando en cómo conseguir que todo estuviese perfecto.
Para la celebración, reunió a un pequeño ejército de hermanas que rescató de otros conventos de la orden, para que ayudasen a preparar la presentación. Las fue seleccionando según estimó que sería necesario para llevar a buen fin dicha celebración.
Una de las peculiaridades de la orden era su afamada vocación repostera, así que rescató del convento de Almagro a la hermana Rianxeira, experta repostera que había hecho del torno de su convento, una parada obligatoria para aprovisionarse de dulces hecho con recetas de toda la vida. En el acto habría una degustación que seguro, a más de uno, le tentaría y haría sucumbir a la gula.
Para el tema de dar a conocer en los medios la presentación, pidió a la hermana Mercedes que publicase en la web de la orden y en el Facebook todo lo relacionado con el acto. La hermana Mercedes era toda una experta en lo relativo al universo de Internet, como decía sor Encarna. Sintió la vocación tardíamente, cambió sus petos, su pelo ensortijado, adornos corporales y una vida de retiro en la India, donde encontró la vocación, por un hábito que no podía ocultar su carácter inquieto, rebelde y reivindicativo, pero que le hacía toda una experta comunicadora en los medios.
Como ayudantes de plena confianza, sor Encarna hizo venir a las hermanas Emilia y Ángeles del convento del Roncal. Eran de las más antiguas de la orden. Procedían de barrios humildes y conflictivos de Madrid, cosa que las marcó con una apariencia externa dura, pero un alma noble y sensible por dentro. Se habían ganado la fama de ser muy diligentes en los que se le mandaba, capaces de reorganizar un convento en una semana como de ponerse en chándal y poner patas arriba un claustro y dejarlo para exposición. No era la primera vez que sor Encarna les pedía ayuda para sacar adelante algún trabajo de los que llamaba «delicados».
Fui el primero en aparecer, con la insana pretensión de dejarme caer por la cocina y mendigar un café y algún dulce. No había desayunado aún, y ya la memoria de mi estómago me recordaba que los cafés y magdalenas de la hermana Críspula reconstituían un cuerpo a cualquier hora.
Me abrió la puerta la hermana Aurora. Por la cara que tenía al abrir sabía que la había sacado de una de sus siestas. La habían puesto al control de la puerta, a sabiendas que alguna cabezada daría entre visita y visita, pero la preferían ahí que molestando a las otras hermanas, pues era de oído duro y conversación reiterante, como decía la hermana Emilia, cuando argumentaba sobre su decisión de quitarla de en medio.
Se le escapó un bostezo al confirmarme que la hermana Críspula andaría por la cocina, tratando de disimularlo señalándome la dirección con el brazo. Al girar el pasillo miré atrás y la vi sentada mirándose las manos recogidas sobre las piernas, me sorprendió lo poco que tardo en volverse a quedar dormida.
El olor que salía de la cocina al engalanado claustro hacía que aún con los ojos cerrados pudiese llegar. Al verme, la hermana Críspula me hizo un hueco en las mesas para que me sentase, apartando bandejas repletas de dulces de todo tipo. No hizo falta que le dijese a qué iba, me guiñó un ojo y me dijo con ese acento que tanto me gustaba: –¡Ea, hoy como es festivo te voy a dar otra cosa, a ver si engordas chiquillo, que no se te ve ni de cerca!–
La hermana Rianxeira, remangada hasta los codos y con las manos llenas de masa me miró muy seria, como si hubiese invadido su territorio.
– ¿Usted es el que encontrado todo eso? – me preguntó si cambiar la expresión.
– Sí. He sido yo -.
Miró a la hermana Críspula y le dijo: – Hermana, dele usted un Bartolín, creo que es verdad que está muy delgado. A ver si se nos va a desmayar hoy –
Al beber el café, noté, que otra vez se le había escurrido un chorrito de coñac dentro a alguna de las hermanas. Así decían que lo bendecían. Era la broma a pagar, como otras veces, por pasar de invitado por la cocina.
Según avanzó la mañana el claustro se fue llenando de invitados. Sor Encarna y sor Prudencia no paraban de atender a todos los invitados, y mientras, las hermanas Emilia y Ángeles se preocupaban de que todo estuviese correcto.
La presentación fue dentro de la iglesia. Antes de comenzar una video proyección sobre cómo se habían descubierto los adornos y reliquias, con fotos históricas y actuales, el padre Simón hizo una pequeña introducción a modo de sermón. Vi, a las hermanas Emilia y Ángeles, reírse escondidas dentro de la sacristía por el rastro de azúcar que llevaba el padre de Simón en la sotana. Era conocida su afición a las delicias de Santa Teresa, y creo que también pagó el tributo de pasar por la cocina y probar un café mañanero.
La hermana Mercedes, improvisó una pantalla en el lateral del altar y proyectó allí el montaje.
La primera fila la ocuparon las autoridades civiles y eclesiásticas, incluido el obispo Miguel, hombre sonriente y de pocas palabras, que se mostró encantado y mostró su apoyo a que la orden quisiese dar un aspecto más moderno y de integración en la sociedad, con actos como este.
La iglesia estaba llena, incluido el coro y las naves laterales. El acto había conseguido reunir a mucha gente, incluso de fuera de la provincia.
Durante la celebración posterior, el padre Simón me llamó aparte y me preguntó si estaría dispuesto a escribir un libro sobre toda la indagación y descubrimiento, desde el principio. Me aseguró que él se encargaría de editarlo. – Tengo contactos divinos…– me dijo.
– Seguro que a ti se te da bien escribir, y te puede servir en tu carrera. –
– Uf, lo tengo que pensar, padre – contesté y me quedé dudando con la propuesta.
– Bueno, tómate tu tiempo, pero no lo olvides. Estas cosas hay que dejarlas por escrito y cuanto antes mejor, para no perder datos -. La entonación final me sonó a sermón. Defecto de profesión me dije.
Sor Prudencia me despidió de mi con una sonrisa que nunca le había visto. Me sorprendió como le cambiaba la expresión. Tras esa mirada dura, guardaba una dulzura que aprendió a disimular.
– Gracias por su interés. Ha sido muy importante para la orden y todas nosotras el haber podido encontrar todo y devolverlo a su sitio. Le agradezco mucho su interés y dedicación este tiempo –
Sacó un envuelto dentro de los hábitos y me lo dio.
– Espero que le guste, es de parte de todas las hermanas y mío –
– Gracias, no se tenían que haber molestado –
Me sentí reconfortado al despedirme de sor Prudencia y la hermana Críspula en la puerta.
Al llegar al coche abrí el envuelto y me sorprendió ver que era una reproducción a escala de la caja de ébano que estaba en el despacho de sor Prudencia. Sonreí y levanté la cabeza, la veleta de la iglesia apuntaba aún al hueco donde el padre Damián había escondido las reliquias. La muesca en su rodamiento aún coincidía con el punto donde rozaba y marcaba el sitio que tantos años había permanecido oculto.
Tal vez, me dije, podría escribir sobre como la casualidad te puede hacer ver lo oculto, aun teniéndolo delante.
Guardé la caja en su envuelto y me despedí del convento al pasar con el coche por delante, supe, que no tardaría en volver a tomar un café bendecido en su cocina.
*Ama y haz lo que quieras
