Las Vacaciones

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En la aldea parecía no existir el tiempo.
Envuelta en una nube gris que amenazaba agua, la mañana pasaba entre sus calles y casas de piedra.
Alicia y yo llegamos pronto. Mi idea ese día era ver varias aldeas más por la mañana, la de Alicia, dormir todo lo posible, por lo que aún iba renegando por haberse levantado tan pronto.
El olor a café recién hecho nos guio al único bar de la aldea. En una casa a doble altura, el portón abierto de lo que en otros tiempos fue la boyeriza invitaba a pasar, guiados por el olor. El bar, que hacía la vez de tienda de pueblo, estaba regentada por la señora Eulalia.
Definir su edad era complicado. Envuelta en una bata de guatiné y un mandil reatado por encima, atizaba las brasas de la chimenea que calentaba la estancia y a la cafetera, que humeante, invitaba a pedir uno de los dulces caseros que sobre una bandeja había en el mostrador, y que se ofrecían a emparejar con un buen café caliente, como le hicimos saber.
Muy bien. Hay que coger fuerzas – nos dijo al solicitarle el emparejamiento.
El acento de la señora Eulalia, al contestar, hizo sonreír por fin a Alicia, que empezaba a verle sentido a la mañana.
No habíamos acabado los dulces con el café, cuando la señora Eulalia apareció con unas perrunillas y nos rellenó las tazas de café.
Estas son regalo de la casa. Que las hice hace una semana y me da pena que se pongan duras. Llevan castañas. Una receta de mi abuela.-
Le agradecimos la invitación y probamos las deliciosas perrunillas. Alicia, las saboreó con agrado de dulcera profesional.
Ainsss, un segundo en la boca y toda la vida aquí – dijo, señalándose las caderas. Le guiñé un ojo como cómplice de su sacrilegio.
Nos despedimos de la señora Eulalia, agradeciéndole la invitación de las perrunillas y la bolsa de castañas que nos regaló.
La mañana seguía cerrada, lo que proporcionaba un aspecto de intemporalidad a la aldea, donde al final, se nos pasó media mañana, entre hacer fotos y curiosear las casas que los vecinos que la habitaban nos ofrecieron a verlas, como gesto de hospitalidad.
Al llegar al coche, abracé a Alicia y la besé. Las vibraciones del lugar y la sobredosis de azúcar me dieron unas ganas tremendas de decirle, entre besos y abrazos, que su compañía, era lo mejor del viaje.
Ella, con esa sonrisa que siempre me enamora, me besó, mientras me dijo te quieros con sabor a vacaciones.

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