Eulalia veía pasar la tarde a través del ventanal de la sala. Allí sola, aislada por decisión propia, lejos del bullicio de las actividades vespertinas y las visitas, Eulalia se aislaba en su mundo interior. Dejaba a su mente libre, y como una espectadora externa se recreaba en ver los pensamientos y recuerdos que por ella transitaban, agradeciendo que los últimos rayos de sol le calentasen las piernas que últimamente, con los fríos del invierno, estaban quejicosas y le molestaban por la mañana al levantarse, acompañadas por los crujidos de unas rodillas cada vez más huesudas y entumecidas.
Aprendió desde niña a no exteriorizar el dolor dejándolo en segundo plano. Siempre se decía a ella misma que tenía en muchas más cosas que pensar y dedicar su tiempo, como en no sentir hambre y frio o estar atenta para que su madre la reprendiese por no hacer sus obligaciones. Eso la hizo madurar muy pronto y tener un carácter recio y seco.
Se crio en lo más duro de la posguerra. Sus tripas infantiles vivieron uno de los peores años de esa época, un año plagado de muertes y de un hambre atroz que hacían rugir esas tipas a cualquier hora.
Pero esa fuerza interior que la hizo sobrevivir en un entorno duro y cruel, la preparó para afrontar una vida en la que ahora se apoyaba en sus casi cien años.
Sus manos entrelazadas en el regazo, sujetando un libro, atesoraban las marcas del tiempo. Un tiempo que llevo la llevó de acá para allá, convirtiéndola en mujer, antes de que apenas supiese el valor de estar viva en un mundo que la sacrificaría, en su mayor parte, a servir a los demás. Primero a los señores del Rincón, los ricos del pueblo, que a cambio de darle de comer la tenían como criada con sus apenas diez años.
A los catorce, una hermana de la señora, doña Eufemia, viuda de un coronel del ejército, la convenció y se la llevó a servir a su casa de Madrid. Pensó, que salir del pueblo que la tenía presa era un regalo y más si se iba a la ciudad donde todo sería diferente y mejor. Se equivocó. En lo único que salió ganado fue en no pasar tanto frio.
Doña Eufemia que no llegó a tener hijos, se encariñó con Eulalia y quiso que aprendiese a leer y escribir, lo que le vendría bien para que la ayudase en la casa, así que la llevó a un piso del mismo edificio, donde enseñaba un maestro retirado a chicas como ella lo más básico de leer escribir y algo de cuentas, a cambio de que le diesen algunas monedas para complementar su exigua paga.
Eulalia, que era muy inteligente y constante, se fue soltando a leer, descubriendo un mundo nuevo en los libros de la biblioteca que doña Eufemia tenía y que le dejaba leer, siempre y cuando cumpliese con sus tareas. En esos pocos ratos Eulalia era feliz. Su mente se sumergía en la lectura y dejaba el mundo que la tenía presa, dentro de un cuerpo delgaducho y huesudo, para hacer lo que ella quisiera, perdida en las lecturas que la hacían libre.
Es de lo poco que en su vida nunca quiso prescindir, desde entonces, de la lectura y el placer de soñar despierta.
Podía pasar días sin apenas comer, de renunciar al agua caliente para lavarse y hacerlo si era necesario con agua fría aún en lo más duro del invierno, de pasar horas enteras de pie planchando ropa, sábanas y cortinas mientras sus piernas la mataban de dolor, pero de leer no podía pasar, como tampoco de soñar despierta.
Durante años, su cuerpo aguantó el trabajo duro de mantener ella sola la casa impecable, limpiando, cocinando, comprando, lavando y planchando, hasta que conoció a Luisi.
Luisi era la asistenta de Margarita, una actriz de cabaret que pasaba de ciento en viento por casa de doña Eufemia cuando paraba por Madrid. Margarita “La Argentina”, era una conocida actriz que se paseaba su arte por los escenarios además de España, por Francia y Suramérica.
Luisi, que ya rondaba los sesenta, quería dejar de asistir a Margarita, cansada de años de no parar para volverse a su pueblo, pero no encontraba el momento ni la ocasión y vio en Eulalia esa oportunidad.
Le vendió un mundo de viajes y lujo al que Eulalia no pudo decir que no. Su idea de escapar de la pobreza, del hambre y del frio nunca se le había pasado.
Margarita, informada por Luisi, convenció a su amiga para que le dejase llevarse a Eulalia, lo que hizo a regañadientes.
Eulalia empezó a descubrir otros mundos, otras vidas. Siguiendo a Margarita por el mundo, creía que estaba inmersa en alguna de las historias de los libros que leía a todas horas. Ya casi no soñaba despierta, lo vivía en la realidad.
Aprendió a hablar francés, pues pasaban temporadas muy largas en París, entre gira y gira.
En una de esas paradas en París conoció a otra chica española, Fernanda, que trabajaba en una fábrica. Su familia se fue de España durante la guerra civil, cuando se veía venir lo peor.
Con Fernanda, empezó a frecuentar grupos de expatriados, muchos de ellos metidos en movimientos políticos comunistas y anarquistas.
Empezó a leer libros que le prestaban cuando quedaban. Leía todo lo que le llegaba a su mano. Desde Trostki a manifiestos por la vuelta de la república a España. Todo le venía bien y le gustaba.
Siempre que podía, se acercaba a echar una mano a la casa de España, como la llamaban, donde aportaba su granito de arena, preparando manifiestos dada su soltura con la escritura, cosiendo banderas republicanas, pasando recados de contenido sensibles, etc.
En sus periplos por el mundo fue conociendo a todo tipo de gente relacionada con el espectáculo, en su mayoría, gente con una visión del mundo que abrió aún más las ventanas en las que podía mirar Eulalia. Un mundo abierto a otros pensamientos y lleno de opciones.
Conoció el amor que hombres y mujeres dejaron en su menudo cuerpo, pero nunca quiso atarse a nadie mucho tiempo. Quería vivir, ver, aprender, leer, seguir volando ahora que podía por fin.
Los médicos, le dijeron a Eulalia que si quería sacar el embarazo adelante tenía que guardar reposo, pues podía perder el bebé que venía de camino. Su cuerpo no estaba del todo preparado para aguantar que otro ser viviese dentro, y temían que lo rechazase, perdiéndolo.
Al contrario de lo que pensó, Margarita reaccionó bien, diciéndole que se tenía que cuidar y que cogería a otra chica para que cuidase de las dos, que no se preocupase y se cuidase.
Nunca había leído tanto y se había sentido tan cuidada. Margarita se volcó en ella y la cuidó como a una hija.
Se permitió el lujo de dejarse querer, mientras pasaban las horas y los días y su tripa no dejaba de crecer, pareciendo que si no se sujetaba al levantarse se caería hacia delante de lo abultada que estaba.
En un entre sueño, soñó que volvía a pasar por la estatua de la Libertad, entrando a Nueva York. En ese momento una patada en la tripa la devolvió a la realidad. Puso sus manos encima de su tripa y sonriendo le dijo: –Ya sé cómo te llamarás. Libertad –
– ¡Hola mamá! ¿Cómo estás? dijo mientras se acercaba a su madre sacándola de uno de sus entresueños.
Eulalia alargó sus brazos hacia su hija y le dio un beso largo en la mejilla.
–Bien hija. Viendo pasar la tarde.
– ¿Sabes mamá?, he hablado con la dirección de la residencia y con el doctor. No han puesto problemas. El viernes vengo por ti al mediodía y nos vamos a la mani del día de la mujer. Te llevo en tu silla de ruedas. Cuando acabe nos vamos a casa a cenar y lo celebramos con un vinito que he comprado y te quedas. Te traigo el sábado.
Eulalia encogió los hombros, dándose por derrotada y aceptando la propuesta. Libertad había heredado su determinación, no había nada que hacer.
–Mira, le dijo Libertad a su madre mientras sacaba un envuelto de una bolsa, tu nieta te ha hecho este poncho morado con lana gruesa para que vayas calentita, y te ha comprado un pintalabios morado, para que vayas a juego. Vas a estar superguapa.
Eulalia sonrió hacia fuera y hacia dentro como pocas veces recordó haber hecho. Sintió que toda su vida de lucha y trabajo había servido para algo.
Se sintió feliz, pero esta vez sin soñar, sin imaginarlo. Pensar que estaría con sus mujeres, con Libertad y con Valeria, de la mano, para seguir la lucha por los derechos de la mujer le daba la vida.
A mis mujeres.
8 de Marzo de 2024


Para cuando un libro?
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