Los Avisos

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Durante un rato me quedé oyendo la historia de Filípides. Mi mente desvió la atención de lo que la radio seguía comentando y me perdí, para variar, en disquisiciones personales sobre lo que había oído.
Pensaba, sobre cómo funciona nuestro cuerpo y nuestra mente. Sobre cómo a veces manda el uno sobre la otra o viceversa, que suele ser lo habitual.
Pensaba, en cómo la mente, sujeta a pensamientos de supervivencia, puede llegar a controlar y a hacer que un cuerpo llegue a recorrer cuarenta y dos kilómetros sin parar, con lo que físicamente eso conlleva.
Me veía en esa situación, cubriendo esa distancia, a mi edad, en mis circunstancias actuales.
Reflexionaba, en cómo mi mente tendría que «drogar» a mi cuerpo para conseguir la proeza de recorrer esa distancia, sin una preparación específica previa, y lo que es mejor, llegar al final sin morir en el intento.
Imaginaba, a un atleta o guerrero griego de aquella época, sin una preparación específica, con la ropa y el calzado que se estilaba en aquel tiempo (si es que llevaba calzado), y en la que las cámaras de aire aún quedaban muy lejanas.
Me metía en su mente, imaginando su puro pensamiento de supervivencia, que prevalecía sobre los demás, para conseguir su objetivo, avisar del triunfo en la batalla.
Inmerso en estos pensamientos, el paso de un camión que casi arranca el espejo retrovisor de mi coche, me sacó del estado de ausencia terrenal en el que me encontraba.
Bajé del coche y atravesé la calle, buscando el kiosco, donde rellenar una primitiva exitosa a la que acudo siempre, en busca de que apadrine mis sueños de rico postulante. Al guardar el ticket en la cartera me llegó un fuerte olor a incienso. Me sentí atraído por él, a tal punto, que me encontré curioseando en el escaparate de la tienda de la que procedía el olor.
La tienda, por dentro, era un mini bazar de todo tipo de complementos y adornos indios. Me llamó la atención la esquina donde quedaban los expositores de pendientes, a los que me dirigí.
Andar por aquellos pasillos angostos era toda una proeza. La saturación de todo tipo de piedras, colgantes, cajas, inciensos, tobilleras, lámparas, etc., expuestas en las mesas y estanterías, asomándose a los bordes pidiendo contacto e intentar evitarlo, hacía, que a veces, me pareciese estar en alguna escena de matrix, andando a cámara lenta, con movimientos, que vistos desde fuera, pareciesen que mi cuerpo estaba poseído por algún trastorno.
Al llegar a los expositores de los pendientes me quedé inmóvil ante ellos, mirándolos e intentando, al girar el expositor, que este fuese lo único que se moviera.
Mirar los pendientes me llevó un rato. Mis recuerdos, de pronto, me llevaron lejos, en la distancia y en el tiempo. Fue, fijándome en unos pendientes con el símbolo del trisquel, cuando recordé a Eva.

Eva, era una joven actriz con la que coincidí en una compañía, durante una gira, en mis principios como técnico de sonido e iluminación. Giramos una temporada larga, en la que los meses de veranos fueron muy intensos, con actuaciones por casi todas las provincias de España.
Al poco de empezar a trabajar ya fuimos intimando, quedando a veces para tomar algo al acabar las actuaciones o los ensayos.
Tenía mucha facilidad para cambiar de conversación, lo que hacía entretenido pasarse con ella las horas entre cervezas y parrafadas, cosa que a mí tampoco se me daba mal.
Recordé una noche en una ciudad de playa, creo que Benidorm, en la que hacíamos varias funciones. Esas noches, tras las funciones, sin prisas para desmontar y volver a la carretera, se hacían de día cerrando bares y garitos, tras los cuales, como si fuésemos vampiros, desaparecíamos de la luz hasta la hora de comer.
Recordé que en una de esas madrugadas acabé con Eva en una playa, sentados entre las butacas amontonadas de un puesto de los que las alquilan de día, reguarnecidos de la brisa, que a esas horas te hacía echar en falta llevar mangas largas.
Mientras hablábamos de lo humano y lo divino, como acostumbrábamos, el sol empezó a despuntar en el horizonte. Sentado tras ella, abrazándola para mitigar el frio del amanecer, vi por primera vez el tatuaje que llevaba cerca del omóplato derecho, y que el tirante de su vestido dejaba al aire.
Cuando le pregunté por el significado del símbolo, que por aquel entonces desconocía, sonrió y me pidió que esperase en silencio a que el sol nos obligase a retirarnos a nuestra guarida. Quería disfrutar de un sol anaranjado que iba ganando altura en el horizonte. Creo, que fue durante ese amanecer, cuando vi que tras su melena rizada y dorada por el sol, mis sentimientos comenzaron a quererse enredar en ella.


– Es un trisquel, un símbolo celta.- Eva comenzó a contarme, cogida de mi brazo mientras volvíamos al hotel.
Mis padres son gallegos, de aldeas donde aún se conservan muchas tradiciones y ritos que se han ido transmitiendo oralmente durante generaciones.
El trisquel es un símbolo que aparece aquí y allá, por cualquier sitio. En la aldea de mi madre, hay rocas con petroglifos con este símbolo. Se dice que eran rocas donde los druidas realizaban rituales. A mí, siempre me llamó la atención este símbolo desde niña, así que, de alguna forma, quise incorporarlo en mí.
Mi abuela lo dibujaba sobre los postres cuando los hacía. Decía, que así, además de alimentar sanaban. Son esas cosas que las tradiciones fueron dejando como credos.-

Mirando los pendientes, se me hizo presente ese y otros recuerdos con Eva. Elegí un juego de pendientes de trisquel y otro con el símbolo de ohm, para mi hija.
Cuando pagaba, Jaffer, el dueño de la tienda, un pakistaní que llevaba más de media vida en España, me miró y me sonrió.
– Llivas unos piendientis muy bonitus. Son simbulus muy potentis que si se saben utilisarlos dan suerte y podier. –
Le agradecí su explicación, y mientras me envolvía los pendientes intenté mantener una charla con él, esforzándome en entender lo que me contó sobre su vida y como esta giraba alrededor de su negocio.
En ningún momento perdió la sonrisa y la locuacidad, lo que denotaba ese arte de los buenos vendedores que saben captar tu atención y venderte lo que tú mismo has elegido como la mejor opción de compra. Para agradecer mi atención al interés que mostré cuando me contaba su vida, sacó de un cajón una caja de madera con unas pulseras de colores organizadas por tonos de color.
– Amigu, eligi una pulsiera para ti y otra más para quien te hizo piensar dilante de los piendientis. Son un riegalo. Has de atiarlas en la muñeca izquierdia con sietie nudos.-
La mía, la elegí sin pensarlo mucho, me decanté por la que más me llamaba más la atención. Al elegir la otra, pensé en lo que Jaffer me dijo sobre quién me hizo pensar delante de los pendientes. Me volvió la imagen de Eva a mi cabeza esa madrugada en la playa, con su vestido morado de tirantes y unos pendientes de aros grandes, que sobresalían de su melena rubia y rizada.
Busqué entre las pulseras la que más morados tuviese y la elegí. Jaffer, me sonrió y movió la cabeza con ese gesto al que solo los hindúes he visto saber hacer, balanceándola en un gesto de afirmación.
Al salir a la calle, antes de subir al coche, pregunté en varios grupos de wasap de la profesión, si alguien tenía referencias de Eva. Durante algún tiempo la había visto como actriz de reparto en series. Pensaba, que con suerte, alguien podría pasarme su contacto.
Cuando llegué a casa, al mediodía, miré, y en uno de los grupos me pasaron su teléfono. Lo añadí a los contactos y pensé, que mejor que llamar, le pondría un mensaje de wasap.
Tras un saludo corto me presenté dándole pistas sobre mí, por si me había olvidado, y mi intención de vernos y saludarnos si era posible.
Contestó al rato, – Jo, Manu. Claro que me acuerdo de ti. Justo esta mañana, no sé por qué, me acordé de ti. De la gira que hicimos con la obra de Miralles, la de Versos de arte menor por un varón ilustre.
Sí, claro. Hacemos por vernos. Te digo la semana que viene.
Volví a dar clases en la universidad y estoy liada ahora con exámenes. Me apetece quedar y nos ponemos al día. ¿Vale? –
Le contesté con un OK. Perfecto. Ya me dices, y una carita sonriente.

Al entrar por la tarde al teatro, por la puerta de técnicos y artistas, un cartel que habían pegado en la pared lateral del acceso, advertía de una feria de productos gallegos la semana siguiente en la plaza de Opera. El símbolo del trisquel, como marca de agua, era fácil de reconocer en el cartel. Me hizo gracia tanta casualidad en un mismo día. Pensé, si todo formaba parte de una misma casualidad, o, si tal vez, era una señal, como en otras ocasiones, en la que el destino me ponía delante un aviso.

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