
Lucía, lloraba desconsolada en una esquina del vagón del metro. Sus sollozos, me sacaron de la lectura de un artículo sobre el sesgo de supervivencia, en un vagón apenas ocupado por la hora que era.
Aunque la lectura del artículo me tenía abstraído, mi compasión pudo a mi timidez y a las ganas de no meterme en líos, pero había algo en aquella joven chica negra, sumida en una llantina inacabable, que me hizo acercarme a ella y ofrecerle mi ayuda.
¡Hola! ¿Estás bien? ¿Necesitas ayuda?
En sus manos, casi deshecho, tenía un pañuelo de papel. Saqué un paquete de pañuelos de mi mochila y le ofrecí uno. Lo cogió y se secó las lágrimas que humedecían sus mejillas. Tardó un instante en levantar la cara y darme unas gracias que sonaron a derrota, volviendo a bajar la mirada.
Me senté a su lado y esperé. Sabía, por mi experiencia, que en momentos así sentirse acompañada, en silencio, logra que se ablanden los miedos y se verbalice más fácil el dolor.
Tuve que ofrecerle algún pañuelo más. Me fijé, que las lágrimas que secaba eran más grandes que las que nunca había visto, y que debían corresponder al tamaño de los ojos negros y enormes de los que brotaban.
Cuando su llanto empezó a cesar, le volví a preguntar: ¿Mejor?
Lucía, me miró fijamente a los ojos manteniendo la mirada por primera vez. Mientras el metro avanzaba por una inacabable línea seis, me contó, con voz entrecortada, que la habían engañado con un trabajo, que le prometieron que le iban a arreglar los papeles de la residencia mientras trabajaba limpiando casas, pero que al final, se terminó dando cuenta que todo había sido un engaño.
Se le acababa el permiso de residencia y no tenía solucionado nada, se veía repatriada a un país del que huyó.
Me bajé en la estación a la que ella iba, para terminar de oír su historia y ofrecerle una ayuda, a la que, por desgracia, ya estaba acostumbrado a ofrecer. Durante años, trabajé con jóvenes que provenían de entornos desfavorecidos, acostumbrados en su curriculum a este tipo de cosas.
Le di las señas de una ONG que se ofrecía de intermediaria en lo que podía, para ayudar a buscar trabajo y darles ayuda jurídica gratuita.
Con esa ONG, conseguí insertar al mundo laboral más de un caso dado por perdido de chicos y chicas, a los que, sin esa ayuda y motivación, su vida les hubiese guiado a un extremo de lo que hoy tenemos como sociedad.
Lucía, al coger el papel en el que le escribí la dirección y el teléfono de la ONG, me miró con una cara de agradecimiento que pagó mi retraso en llegar a cenar.
Varios meses más tarde, la ONG se puso en contacto conmigo. Me preguntaban si podían darle mi teléfono a Lucía, que quería agradecerme en persona mi intervención y ayuda, a lo que accedí.
Una semana más tarde me llamó y quedé con ella en una terraza de la latina, cerca de donde vivía.
Lucía llegó con un corte de pelo que había dejado sus trenzas a la mitad. Decía que le resultaban más cómodas en su nuevo trabajo, pero, aun así, no había perdido nada del misterio que acompañaba esa mirada.
Charlamos durante un largo rato, donde le dio tiempo a agradecerme mi intervención aquel día y contarme, que ahora sí, sus papeles estaban en marcha, y que en unos meses podría tener su permiso en regla.
Me contó, que conoció a mucha gente como ella en la ONG, haciendo unos talleres en los que se les explicaban los procedimientos a seguir en los trámites de la obtención de la residencia, así como formación en habilidades sociales. Me relató que allí conoció a Marga, con la que mantenía ahora una relación de pareja y con la que convivía.
Los ojos de Lucía brillaban contándome toda esta nueva etapa de su vida, lo que me proporcionó ese regustillo olvidado de haber podido ayudar a alguien a conseguir su objetivo. Cuando me dijo que no sabía cómo agradecerme lo que había hecho por ella, le pregunté si estaría dispuesta a posar para mí, en un estudio que recién había montado. Su afirmación endulzó aún más una tarde de reencuentro.
Hace unos días le devolví un book digital con fotos de aquella tarde noche que vino a posar. Me dio permiso para exponer y publicar en mi web algunas de aquellas fotos, lo que ahora hago.
Gracias Lucía. La recompensa de tu risa en aquella sesión espero que te sirviese, en parte, para dejar en el olvido el dolor por lo vivido.

Acabo de encontrarme con un relato y una foto en mi WhatsApp, justo cuando empezaba a cenar, no he podido dejarlo para más tarde, me ha atrapado de tal manera que me olvidé de todo, mis gatos encontraron algo que les llenó, ya lo creo jj…….pero yo también!!! Gracias
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