Tú y Yo

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Nuestros cuerpos, aún rezumaban el aroma del goce que largas horas de sexo habían dejado en forma de sudor y humedad en la cama. Acostados boca arriba, el jadeo de nuestras respiraciones desacompasadas, era lo único que se oía en la calurosa noche de verano que nos envolvía.
Cogí tu mano, y noté su calor al cerrar y entrelazar mis dedos entre los tuyos. Suspiré, expresando todo el placer de estar contigo, volviste tu cabeza hacia mí y me sonreíste, expresando en esa sonrisa la complicidad del placer compartido.
Supe entonces, que recorrer el camino hacia tus labios fue lo fácil, lo difícil, sería aplacar las llamas que prendieron y que se convirtieron en las brasas que nos hacían brillar en la oscuridad de una noche tórrida, en la que el deseo nos empujaba a ir más allá.
Con el tiempo, había aprendido a no hablar en estas ocasiones, expresando toda la retahíla de sensaciones y de deseos que frutos del subidón se me venían a la cabeza y a la necesidad de contarte. Callé, y pensé en cómo empezó todo entre tú y yo.
Fue en una charla sobre meditación espiritualidad y sanación emocional. Los bajos de una antigua zapatería, ahora transformada en un local de actividades orientadas a terapias, estaba casi lleno, y la casualidad (o causalidad) hizo que ocupásemos sillas contiguas. Te miré, mientras leías la hoja que encontramos en las sillas al entrar. Absorta en la lectura no te diste cuenta que te miraba.
Antes de comenzar la charla, intercambiamos algunas frases a modo de cortesía y de expectativas sobre el evento, sin mucha transcendencia, haciendo tiempo. Fue al finalizar la charla, cuando nos quedamos hablando sobre algunas de las cuestiones que más nos habían llamado la atención, habías ido apuntando en una libreta frases cogidas al vuelo durante toda la charla.
Al acabar el acto las leías en voz baja. Te interrumpí en una pausa de tu lectura, dando la aprobación de lo que leías, y diciendo yo una frase de las que memoricé en la charla y que me había gustado.
La felicidad, la podemos definir como la ausencia de miedo, al igual que la belleza es la ausencia de dolor. –
– La neurología moderna, arremete contra el postulado de que el cerebro, gasta casi toda su energía en percibir el mundo exterior con gran detalle.-
– El cerebro, pasa casi todo el tiempo haciendo algo que nos ha hecho famosos a los humanos por hacerlo rematadamente mal: predecir el futuro.-
– La armonía es la verdadera dicha.-
– Las cinco fuentes básicas de energía son: la alimentación sana, la respiración correcta, el descanso adecuado, el sueño profundo y reparador y las actitudes mentales sanas.-
– La falta de madurez, se traslada siempre al ámbito de los afectos, antes o después por mucho que la persona se empeña en simular o fingir.
– Apresurémonos lentamente,- te interrumpí.

Me miraste sonriendo y sorprendida a la vez, y cabeceaste mientras lo copiabas.
Esta no lo había pillado – contestaste.
Seguimos hablando de lo que más nos había llamado la atención, sobre citas y explicaciones dichas y comentadas, mientras salíamos por la angosta escalera de lo que antaño fue el almacén de la renovada zapatería.
De pronto, nos dimos cuenta que estábamos parados desde hacía un buen rato en la puerta del local. Habíamos estado hablando sobre los temas tratados y como estos habían ido derivando de lo que en un principio fue a lo que entendíamos posteriormente, filtrándolo todo por nuestras experiencias personales y profesionales.
Oye – te dije, – ¿y si nos vamos a tomar algo?, estoy seco. –
– Sí, yo también –, contestaste, y nos encaminamos tras previo acuerdo calle abajo, perdiéndonos por la Latina hasta llegar a una plaza repleta de terrazas, donde nos fue fácil encontrar sitio en una tarde que perdía la luz, buscando la noche y que invitaba a celebrarlo así.
No nos hemos presentado,- dijiste entre risas,  -llevamos un rato hablando y ni nos hemos presentado -.
Sí, es cierto, – afirmé. Tras intercambiar nuestros nombres nos besamos rozando las mejillas.

Me llamó la atención el olor afrutado de tu perfume al acercarme para el ritual de rozar las mejillas. No lo había detectado antes por la lejanía, ni tampoco luego supe identificar los matices por mi falta de olfato.

Durante un largo rato nos fuimos contando cosas de nuestra vida, como presentándonos para lo que irremediablemente luego ha sido.
Acabamos dándonos nuestros números de teléfono, con la incertidumbre de si el WhatsApp nos volvería a comunicar. Luego, todo vino rodado. Mensajes aislados de WhatsApp con frases que hacían referencia al tema de la charla, citas y reflexiones que fueron aumentando el historial de las conversaciones, a la vez que disminuían los intervalos entre ellos, hasta que dimos el paso de volver a quedar.


Fue en esa segunda cita cuando ya no pude superar la intensidad de tu mirada enfrentada a la mía, mientras hablábamos sin cesar entre risas y cervezas en otra terraza de la Latina.
Esa mirada tuya me acompañó de vuelta a casa, como indagándome sobre cuestiones que con el tiempo serías capaz de preguntarme. Aún ahora, cuando me miras así, enciendes las llamas de mis sentidos, y me reafirmo en sentir lo que al principio pensé que eran incertidumbres y el tiempo me ha confirmado que es el deseo de estar contigo, de estar en ti. Lo peor no fue descubrir que no supe que para mí lo eras todo, sino que yo sin ti no era nada.


Descubrí, que mis sentimientos ya no estaban buscando hipotecarse en algún otro descuido, sino que estaban orientados exclusivamente a todo lo que te rodeaba y te hacía venir a mí.
Se dice, que el amor dura tanto como lo cuidamos y lo cuidamos tanto como lo que queremos. Así, por ser humanos, a veces cometemos errores que pueden llevarnos a equívocos en relación con nuestro afecto. Lo cierto, es que no podemos permitirnos dejar escapar a las personas valiosas para nosotros, o cometeremos un error.

Tristemente, es común que ignoremos a personas importantes por pura desidia, por falta de tiempo o por cierto desinterés teñido de egoísmo. Solemos cometer el error de no dedicar el tiempo necesario a demostrar a esas personas lo importantes que son. Debemos aprovechar el momento y decir a esa persona lo mucho que nos importa. Y al decirlo, recibir la aprobación de los sentimientos devueltos por igual, en la misma forma, con la misma intensidad. Y así, tú apareciste en mi vida y yo en la tuya. Y a sorbos de ratos, de días, de noches, hicimos sueños nuestras realidades.

En silencio, nos prometimos sin hablar que nuestras miradas no ocultarían más lo que nuestros sentimientos habían esparcido sin control, sin querer, pero con la certeza que no era más que el principio del relato que finalizar cada noche, que empezar cada día.

El sexo, las lecturas compartidas, las rutas por la sierra nos fueron haciendo cada vez más indispensables el uno del otro. Hasta que la duda de si vivir juntos empezó a asaltarnos. Ninguno de los dos quiso plantear la pregunta directamente al otro.
Rodeábamos con indirectas y argucias la forma de entresacarnos si podía existir la posibilidad de compartir algo más que citas, algún que otro fin de semana en común o alguna salida a modo de escapada.
Una noche, derrumbados en el sofá, la pereza te atrapó y confirmaste que te quedarías a dormir, que te daba mucha pereza el tener que volver tan tarde.
¿Y si te quedas para siempre?– Te solté a bocajarro, casi sin pensarlo.
En el fondo creo que era lo que deseábamos. Me miraste sonriendo, te abalanzaste sobre mí y me besaste.
Bueno, vamos a dormir esta noche y luego ya veremos-, contestaste, mientras tirabas de mi mano camino de la habitación.
No era la primera vez que dormíamos juntos, tu casa y la mía eran testigos de esos fines de semana, que cuando nuestras familias nos lo permitían, habíamos estado juntos. Convertíamos los encuentros en una terapia a las semanas llenas de estrés laboral, de mensajes encadenados de WhatsApp y llamadas de teléfono, que marcaban un prólogo a lo que el fin de semana diese de si.
Desayunando al día siguiente me miraste fijamente y me preguntaste:
– ¿Lo que decías anoche de vivir juntos,…, lo decías de verdad?
– ¡Claro! –, contesté, – ¿lo dudabas?
Desviaste la mirada al café, tomaste un sorbo, y al dejar la taza sobre la mesa volviste a mirarme y me contestaste:
¿Sabes? No sé si aún sería pronto o ya es tarde. No sé si debemos seguir viéndonos así, estando como estamos. No sé,…, quizás por lo que hemos vivido antes debemos pensar bien lo que hacemos. Es algo que de vez en cuando he pensado y sobre lo que me asaltan dudas.
Más que nada, porque no me gustaría estropear lo que hasta ahora tenemos. No sé. Te confieso que a mí en el fondo sí que me apetecería… pero… ¿que lío?… cambiar de casa, los ritmos para las entradas y salidas, el cambio de barrio,…, no sé. –
No te preocupes –, te interrumpí mientras jugabas con tu taza, intentando ponerla dentro del cerco que había dejado sobre la mesa al mancharla. – Todas esas incertidumbres son naturales. Tampoco tiene que ser ahora, ni de golpe. Podríamos probar unas semanas a ver qué tal. –
Nuestras miradas volvieron a coincidir en silencio, con el sabor en el paladar que deja el café, anticipo de su efecto excitante.
El fin de semana transcurrió sin que volviésemos a plantearnos el tema, aunque sé que en el pensamiento de los dos continuaba pendiente seguir hablando de ello.

Durante toda nuestra relación posterior, siempre me he alegrado de ir haciendo las cosas en común con calma. Meditándolas y sopesándolas, discutiéndolas sin agobios. Creo que por eso, en lo fundamental, siempre hemos estado de acuerdo y nunca ha habido mayores discrepancias.
Que recuerde ahora, solo una vez discutimos más acaloradamente por distinto enfoque ante una historia de una obra de teatro que fuimos a ver. Tú defendías al personaje de la musa y yo al del pintor, como opciones de vida. Fuera de esa vez, creo que no hemos tenido tan grandes diferencias que nos llevasen más de algunos minutos ponernos de acuerdo.

Incluso en lo sexual, con todas sus connotaciones y matices fue fácil ponernos de acuerdo e interpretarnos para casi todo.

Recuerdo el día, que vencida tu primera reticencia, entre risas, entramos en un Sex-shop con la intención de comprar algún extra a nuestras actividades más íntimas, y acabamos descubriendo formas de incentivar nuestras veladas más pasionales.

Pero en lo que de verdad siempre hemos coincidido plenamente es en el deseo de estar juntos y de compartir, de sentir, de entregarlos y darnos, compensando esa parte nuestra que nos hace sociales con respecto a tener a alguien a quien entregarse, con quien sincerarse. Alguien que nos ayude a salir de las derrotas o hacer partícipes de las victorias. Y esa persona en mi caso eres tú.
Tienes esa capacidad de hacerme influir en la dirección del amor y del deseo, canalizando todo a su través, haciendo que el filtro que me das gratuitamente en cada gesto, cada brazo, cada palabra, sea para sentirme cada vez más unido a ti, y a la vez más independiente.

De lo poco en lo que somos diferentes es en la forma en que manifestamos nuestros sentimientos hacia el otro, aunque para la relación no ha sido determinante. Yo soy muy espontáneo en cómo expreso lo que siento sin tener en cuenta el sitio y la forma. Tú eres más retraída en manifestarlo ya sea en público o en privado, aunque lo compensas con tu actitud de sobreprotección y preocupación por mí (y por los demás).
A cada uno nos definen ciertas cualidades y características. Creo que las diferencias entre ellas nos hacen ser complementarios.

Tumbados boca arriba, en la cama, con nuestras manos unidas, disfrutando del postrero goce sexual que se iba disipando, a la vez que el calor de nuestros cuerpos, te miré, y sentí el placer de ese momento contigo, de estar poseído del secreto veneno que me das, cada vez que nos compartimos al dar rienda suelta a nuestros sentidos.
Abriste los ojos y no me dio tiempo a decirte lo que sentía, cubriste el inicio de un te quiero con un largo beso. No hizo falta contestar. Nuestros labios lo dijeron atrapando el instante, sellando el compromiso de lo que no es necesario decir, de lo que tú y yo sabemos darnos, sin frases que reafirmen nuestros sentimientos.
Y así, entre besos y abrazos, la noche terminó por cubrirnos, con la certeza de que cada acto que compartimos no es otra cosa que la forma que tenemos de darnos el amor que nos sentimos.

 

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