
Según cuenta la leyenda, la princesa Zahara, hija del emir, se sintió desconsolada al saber que su padre le había concertado una boda con el hijo de un príncipe aliado.
Zahara, enamorada de un joven cristiano que la instruía y que no sabía los desvelos de la princesa por él, sufría al verse alejada de la posibilidad de acabar con su amado.
Lloraba desconsolada por los rincones de palacio evitando que nadie fuese testigo de su desdicha, pues temía que su padre, un hombre de carácter muy recio, se enterase y que esto la pudiese separar de la persona que amaba.
En una puesta de sol, se refugió al lado de la fuente de los nueve chorros. Envueltas en los susurros del agua cayendo, sus lágrimas de desconsuelo pasaban desapercibidas para casi todos los que por allí pasaban, excepto para una anciana doncella de su servicio que la cuidó desde niña.
Al saber de la desdicha de su ama, la anciana le contó como hacer un amarre de amor.
– Has de escribir su nombre en una tela de seda con tu sangre. Doblarás la tela tres veces y dormirás con ella en tu pecho en la próxima luna nueva. Tu amado caerá rendido a ti y os unirá un amor muy fuerte.–
La princesa, dominada por el desasosiego, realizó el ritual en la luna negra sin tener en cuenta las instrucciones del ama.
Días más tarde, la princesa supo que su amado había caído muy enfermo y que la cabeza de este dejó de estar con razón. Lo trasladaron al convento donde fue instruido y allí quedó al cuidado de los monjes de la orden, en tierras lejanas.
La princesa, no se recuperó del dolor que le propició la noticia, y la culpa que la invadió para el resto de sus días, al saber de su precipitación.
Se dice, que en la fuente, en un lugar escondido, la princesa escribió el nombre de su amado, a quien nunca olvidó y al que lloraba desconsolada escondiendo los sollozos en el sonido de los chorros.
